Investigación · 14 Diciembre 2020

El efecto “Lista de Schindler”

Hoy voy a dejar por un momento de lado la serie de entrevistas a jubilados que vengo compartiendo con los lectores desde el mes de septiembre para dar voz a una colega que lleva años conviviendo con la experiencia de visitar a un familiar allegado en una residencia para mayores con trastornos mentales en la que fenómenos como el aburrimiento o la soledad son el pan de cada día (quédense bien con este último detalle).

El pasado 27 de octubre tuve la suerte de conocer a Mercedes Carrillo (Mer) durante la celebración del Congreso Internacional Sujetos Situados, organizado por el Departamento de Filosofía y Sociedad de la Universidad Complutense de Madrid y en el que presenté una ponencia titulada “Me aburro luego existo”. Enseguida, nuestro interés mutuo por el bienestar de los mayores institucionalizados nos hizo conectar. Hace un par de semanas, esta madrileña tuvo a bien en concederme una entrevista para el blog en la que quiso compartir sus zozobras con respecto a la deriva actual de las residencias para mayores en España desde su perspectiva profesional y personal.  

Mer es psicóloga de formación y artista de profesión. Combina las ciencias de la salud mental con la escritura de guiones cinematográficos, la poesía y la música, junto con variedad de actividades de voluntariado con personas de la tercera edad que viven en diversos tipos de centros. Comprometida con la lucha por el cambio cultural en gerontología y en geriatría para conseguir que todos los mayores alcancen un envejecimiento digno, Mer se esfuerza por compartir su tiempo con los olvidados ayudándoles a ahuyentar el tedio y el aislamiento a través de la escucha activa y la música. 

El bienestar de los mayores dependientes es un tema que le toca de cerca desde que era niña. Tanto su madre como sus dos tías padecieron siempre trastornos mentales que se prolongaron hasta la vejez y que requirieron internamiento en centros especializados en algunos casos. Toda su vida ha estado visitando con regularidad a una de sus tías, al tiempo que se empapaba del funcionamiento y, especialmente, de las carencias del centro para personas con problemas mentales que en esta entrevista viene a denunciar. 

La institución en cuestión con la que Mer ha tenido más contacto por los motivos aducidos está especializada en el cuidado de enfermos mentales, personas con discapacidad física o psíquica y mayores con trastornos de conducta (demencia, esquizofrenia, trastorno delirante crónico, Alzheimer). En lo que respecta a estos últimos, unos 150 internos se encuentran separados por sexos en un pabellón custodiado por enfermeras y monjas que cuenta con habitaciones compartidas, algunas áreas de descanso, un comedor, una cafetería de acceso limitado, una sala de televisión, una cripta y una zona ajardinada con área para gimnasia. El acceso a este complejo asistencial es concertado con la Consejería de Asuntos Sociales. 

La tía de Mer vive en este lugar desde hace más de 20 años. Su rutina diaria oscila entre los rituales de aseo, la dispensa de medicación, las comidas y las pequeñas dosis de ocio facilitadas dos veces por semana durante las sesiones de terapia ocupacional no obligatoria en las que básicamente se realiza papiroflexia, dibujo, artesanía y figuritas con miga de pan. A ello se le suman las visitas esporádicas de la madre de Mer y de la propia Mer, cada vez más distanciadas en el tiempo, y algunos eventos programados de carácter religioso. El restante lo llena deambulando por las zonas comunes o postrada delante del televisor, junto a sus compañeras, la mayor parte de las veces dormida bajo los efectos del Haloperidol. 

La imagen que Mer transmite de su experiencia evoca las clásicas películas de terror en las que un grupo numeroso de mujeres, cada una con una patología distinta, recorre los muros de un centro de bajos recursos, sin rumbo alguno, esperando a que pasen las horas entre gritos y puntuales escenas de violencia. Imaginen la escena con el añadido de la vejez. Distorsiona esta representación el hecho de que las paredes estén repletas de dibujos que han hecho los mayores en las sesiones de terapia ocupacional y la fotografía de varios de ellos haciendo muñecos de pan para el Belén del centro, ahora que se acerca la Navidad, que perpetúa más bien la idea de un colegio de educación infantil. 

A Mer el lugar le recuerda, sin embargo, a una prisión. Una para enfermos mentales abandonados por sus familiares y por los propios responsables cuya única meta es aplanar la curva de actividad de los mayores para que molesten lo menos posible. Una en la que no se tratan personas, sino trastornos; en la que no se hace terapia, sino que se medica. Como profesional, ella clama por un movimiento desde el personal de la residencia hacia los mayores que comience por una mayor presencia, un trato más humano y una atención más directa y personalizada. De entrada, apuesta por ampliar la visión y la misión de la terapia ocupacional de manera que sea capaz de llegar a quienes no quieren o no pueden participar en las actividades propuestas tal y como están planteadas en la actualidad. “No puede pretenderse entretener de la misma manera a personas de edades tan dispares, con trastornos tan distintos y con necesidades tan diversas”, cuenta Mer. 

Lleva toda la razón. “¿A quién le va a interesar acudir a las sesiones para hacer figuras con miga de pan o a hacer dibujitos?”, se pregunta. Su sentimiento me hace volver sobre las palabras de mi propia abuela cuando se lamentaba en sus días lúcidos en la residencia de que se les trataba como a niños. Cuando lo comento con mi hermana y mi madre me dicen: “¡Pero es que son como niños!”, “llevan pañales, hay que darles de comer, duermen la mayor parte del día…” Es cierto; pero bajo este estereotipo de la vejez se nos olvida que estos niños han trabajado toda una vida para conseguir un futuro mejor, han creado sus familias, han sido padres, abuelos y bisabuelos, algunos han vivido guerras, han viajado por el mundo, saben lo que es perder a seres queridos y lo que se siente al hacer el amor con la persona a la que se ama. ¡Saben perfectamente lo que les gusta y lo que no! Y en la mayoría de los casos no es hacer figuras con miga de pan. Como muchos familiares que han pasado por la situación de internar a sus mayores en un centro piensan que la dinámica debe ser la de una guardería: “a los niños nadie les pregunta qué quieren o qué no quieren, simplemente se les pone a hacer actividades que se consideran positivas para su desarrollo”. Con la grandísima diferencia de que los mayores, incluso los que padecen trastornos mentales, tienen una opinión bien fundada en años de vivencias sobre sus preferencias. 

Creo que la comparación es fruto de una acción evasiva del malestar y la mala conciencia que produce el saber que nuestros mayores podrían estar mejor, pero que como familiares no podemos hacer nada o no sabemos qué hacer para promover dicha mejora. Desde luego no ha sido el caso de Mer. Aunque en el centro que viene describiendo nunca le dieron la oportunidad de llevar a los mayores otro tipo de terapias, durante años ha estado acercando la música y practicando la escucha activa en otras residencias y centros sociales. En realidad, ella solo reclama algo tan simple como que se hable con los mayores, que se entre en su mundo y se les permita expresarse. “Es muy difícil hacerles hablar porque no están acostumbrados a que les pregunte, a que se interesen por ellos más allá de su estado de salud”, explica Mer.  

¿Qué sentido tiene no hacer esto? ¿De qué sirve alargar la vida con medicación si no se presta atención personal más allá de la enfermedad en sí? Lo ideal para Mer sería que los profesionales que trabajan en estos centros recibiesen formación sobre terapias que van más allá de la estimulación de las funciones motoras (por ejemplo, las manualidades con miga de pan están indicadas en estos casos para seniors con demencia) y que persigan el trato de persona a persona, el entendimiento del individuo en sí (terapia sistémica, terapia integradora, psicoanálisis…), favoreciendo la ocupación del tiempo en actividades significativas. Se necesita más psicología y menos psiquiatría, incluso nos atrevemos a decir que más filosofía. Pero esto a Mer le parece imposible hoy en día. Por una parte, porque esta formación es muy cara en España; por otra, porque se considera prescindible. De hecho, la mayoría de cuidadoras (porque siempre son mujeres) con las que he tenido contacto hasta el momento reciben un curso de formación de tres meses enfocado casi exclusivamente al cuidado del cuerpo, nunca del alma. 

La visita guiada que Mer nos hace hoy por este penitenciario nos debe de dejar rotos; tan destrozados como lo está ella misma mientras narra su historia. Si he conseguido trasladar su experiencia, aquellos que estamos concienciados y comprometidos con el bienestar de los mayores ahora mismo debemos sufrir lo que ella llama el efecto “Lista de Schindler”: la sensación de que podríamos hacer más, de que tenemos que hacer más. Por suerte, no todos sus contactos con mayores han sido tan desalentadores. Pero eso no consigue aliviar la tristeza de haber conocido el deseo verbalizado de morir de muchos otros. En otro post voy a hablar sobre lo mucho que potencia el aburrimiento el decremento mental y físico de los mayores con trastornos mentales, porque la literatura especializada ha prestado atención a este fenómeno de manera separada. Pero por hoy, con la ayuda del testimonio y las reflexiones de Mer, ya tenemos para pensar un rato. 

 

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