¿Seguir en activo más allá de los 65? Obstáculos, beneficios… y un utópico ideal

La heterogeneidad es una de las características del grupo de población de más de 60 o 65 años. Laura Coll Planas, profesora de Salud Pública en la UVic-UCC e investigadora en envejecimiento, me contaba hace unos meses que “cuanta más edad tiene un grupo de población, más heterogéneo es”. Por eso, la jubilación se debe pensar y planificar de forma individual, personalizada y condicionada por el grado de precariedad que atraviese a cada uno al final de la vida laboral.
Las situaciones personales difieren enormemente, pero los datos generales dicen que la precarización del trabajo más allá de los 50 años es grave en nuestro país, “es mucho mayor en España que la de países como Francia, Italia o el Reino Unido”, según el estudio El impacto de la edad en el mercado de trabajo y en la resiliencia de las empresas en España de Oxford Economics y la Universidad de Salamanca para el CENIE. En este contexto, las políticas públicas tienen el gran reto de mejorar la situación de los más mayores en el mercado laboral, formarlos para que sigan aportando valor en el entorno profesional, flexibilizar las condiciones de trabajo de este colectivo para que puedan permanecer más tiempo en activo y explorar otras acciones complementarias al retraso de la edad de jubilación. El retraso de esa edad de retiro, sin otras políticas adicionales, puede llegar a ser peligrosa para la salud. Así lo advertía Cristina Bellés-Obrero, doctora en economía e investigadora, y autora, junto a otros colegas de la Fundación de Estudios de Economía Aplicada (Fedea), del estudio The Effect of Removing Early Retirement on Mortality.
Reflexionando sobre un ideal de jubilación, recuerdo algunas intervenciones de la I Cumbre España - Japón de Longevidad y Sociedades Longevas organizada por el CENIE en la Universidad de Salamanca: la gerontóloga nipona Hiroko Akiyama impactó a la audiencia. Akiyama me explicaba que una encuesta a 5.000 japoneses y japonesas de 50 a 64 años, preguntaron qué deseaban hacer a partir de los 65. “Más de la mitad querían trabajar a tiempo parcial, y expresaban que querían seguir aprendiendo; y la mayoría no lo hacen por dinero, quieren seguir conectados con la sociedad y contribuir a ella”. Y es que en Japón hay muchas opciones para llevar a cabo “pequeños trabajos parciales en la comunidad donde vive cada ciudadano mayor”. La llamada “segunda vida laboral” allí es muy diversa, las personas pueden elegir el trabajo que quieren hacer, el tiempo diario dedicado y su horario, que es completamente flexible; pueden realizar servicios municipales, cuidados en los colegios, tareas de apoyo en fincas agrícolas… Así, las conclusiones que relataba la gerontóloga están en el otro extremo que las de Fedea en España: “hemos visto efectos de salud positivos en quienes trabajan (voluntariamente) más allá de los 65”.
Con todas esas ideas sobre la mesa se puede empezar a imaginar o a esbozar un ideal de cómo debería ser es última etapa de nuestra vida laboral, o esa jubilación activa. Idealmente, no se deberían vivir los años de más experiencia y sabiduría con precariedad, ni tampoco bajo el prisma edadista que todavía impera, desgraciadamente, en las empresas. Sería deseable que la edad de jubilación, como proponía el grupo de trabajo de Cristina Bellés-Obrero, se pudiese personalizar para adaptar el momento del retiro a cada persona, sin basarse solo en el esfuerzo físico requerido para realizar cada profesión. Sería recomendable, así mismo, la voluntariedad en el alargamiento de la vida laboral, así como la flexibilización de horarios, tareas y rol a desarrollar, en una edad avanzada. Todo ello debería ayudar a acercar posiciones entre administración, empresas y trabajadores para alargar la vida laboral, contribuir a que el sistema de pensiones se mantenga y se pueda aprovechar el talento sénior, tan necesario y tan denostado en nuestros tiempos.
Es evidente que el nuevo paradigma de longevidad implica múltiples retos individuales y colectivos, personales y sociales. A nivel personal, seguir motivado para trabajar voluntariamente —pongamos el acento en este adverbio—, en algo que nos ilusiona, tanto tiempo como la salud nos permita, nos aportaría múltiples beneficios. Entre ellos, debería implicar una compensación económica efectiva que permitiría completar la pensión. Para continuar, representaría una estimulación cognitiva continuada que contribuiría a mantener nuestro cerebro en constante actividad. El hecho de seguir en activo ayuda enormemente, además, a mantener unos vínculos relacionales que van más allá del ámbito familiar y de amistades o vecinos, vínculos con personas con las que se comparten un mismo contexto de actividad o intereses. Asimismo, la sensación de aportar valor y sentirse útil es una de las mejores experiencias del ser humano. Todo ello contribuiría, sin duda, a tener un grupo de población sénior conectada con el presente, con el entorno y con su objetivo vital.