El calor no afecta a todos los cuerpos por igual: mujeres mayores, desigualdad y vulnerabilidad climática
Cuando viví en Massachusetts, donde las temperaturas en invierno son tan bajas que alcanzan la sensación térmica de hasta 20 grados bajo cero, me sorprendió lo poco preparadas que estaban para el frío las casas, inclusos los edificios públicos. En la universidad, por los enchufes entraba aire, así que los estudiantes conectaban el ordenador, aunque tuviesen batería suficiente. En mi dormitorio (compartía casa con un matrimonio), puse cinta aislante entre las lamas del suelo, porque desde ahí subía un aire frío terrible. Un investigador sueco lo sintetizó con facilidad: “En Boston cada año el invierno les pilla por sorpresa, así que nunca están preparados”.
En España no alcanzamos esos niveles de frío, lo que podría explicar no estemos preparados en ciertas zonas para las heladas (como una filomena). De alguna manera, debemos poner los recursos al servicio de lo probable (insisto; en ciertas zonas). Lo que me sorprende es que a esa ausencia de previsión que parecían tener los bostonianos con sus casas mal aisladas, le hacemos eco con peores resultados en lo que al calor se refiere.
El calor no es únicamente un fenómeno meteorológico o una incomodidad estacional. Yo ni siquiera hablaré aquí del cambio climático, porque hay muchos otros que lo hacen mejor que yo. De lo que quiero hablar aquí es de como las olas de calor no son solo episodios de temperatura extrema, sino situaciones de riesgo social, incluso cuando no se relacionan con incendios, como estamos viendo estos días. Y, el calor (o los incendios, podríamos también aclarar), como sucede con casi todas las crisis, no afecta a todas las personas del mismo modo.
El calor encuentra cuerpos distintos, con distinta salud, pero también con viviendas, ingresos, trabajos y redes de apoyo que son diferentes. Por eso, cuando hablamos de vulnerabilidad climática, no basta con mirar el termómetro o los árboles -tan necesarios- a nuestro alrededor. Hay que observar también las condiciones de vida. Y ahí el género importa.
El género constituye una dimensión relevante de la vulnerabilidad social frente al cambio climático, aunque nunca actúa de forma aislada. Se cruza con la edad, la renta, la discapacidad, la salud, el empleo, las condiciones residenciales y las redes de apoyo. Las desigualdades de género pueden traducirse en un acceso desigual a los recursos económicos, la información, la protección social, la movilidad. Condicionan, por tanto, tanto la exposición al riesgo como la posibilidad efectiva de protegerse frente a él. Incluso la oportunidad de previsión.
Esta interacción es especialmente relevante en el caso de las mujeres mayores. No porque todas sean vulnerables por definición ni porque la vejez deba identificarse automáticamente con la fragilidad (sobre eso ya hemos debatido otras veces). La vulnerabilidad ante el calor no aparece de repente al cumplir 70, 80, 90 años, aunque a esas edades seamos, efectivamente, más sensibles y vulnerables al cambio de temperatura. El problema es otro que también he referido antes: la vejez supone el momento cúspide de muchas formas de desigualdad que se experimentan y acumulan a lo largo de la vida. El cuerpo importa, claro, -y con él, su edad- pero siempre “habita” en un contexto.
El cambio climático no crea las desigualdades, pero sí puede intensificarlas. Amplifica riesgos que ya existían y hace más visibles las grietas previas. Una ola de calor no golpea igual a quien vive en una vivienda bien aislada, dispone de climatización, ingresos suficientes y compañía cercana que a quien vive sola, con una pensión baja, en una casa mal ventilada, sin sombra urbana y con miedo a encender el aire acondicionado (si es que lo tiene) por el coste de la electricidad.
Respecto a las diferencias entre hombres y mujeres ante las altas temperaturas, estas son el resultado de factores fisiológicos, sociales y laborales. Algunas investigaciones sugieren que las mujeres mayores y de mediana edad pueden ser más vulnerables al calor en determinadas condiciones, aunque estas diferencias dependen también de otros mecanismos de regulación térmica y de factores sociales que influyen en la exposición y la capacidad de protección frente al calor.
Sin embargo, sería un error explicar estas diferencias solo por la biología. Como indicaba antes, el cuerpo importa, pero siempre está condicionado por el entorno en el que vivimos: el tipo de vivienda que tenemos, nuestros ingresos, nuestra trayectoria laboral o el apoyo familiar y comunitario del que disponemos. La biología puede aumentar la sensibilidad al calor, pero las desigualdades sociales influyen en gran medida en quién puede protegerse mejor y quién tiene más dificultades para hacerlo.
También hay que tener en cuenta que los hombres pueden afrontar mayores riesgos asociados al calor en determinados grupos de edad, aunque no necesariamente en la vejez (gracias a la jubilación, ese logro social que algunos parecen poner en duda). Por ejemplo, en edad laboral, es más habitual su presencia en trabajos realizados al aire libre o en entornos especialmente expuestos a las altas temperaturas, como la agricultura o la construcción. Así, en algunos grupos de edad el riesgo es mayor para los hombres, mientras que en edades muy avanzadas puede ser más elevado para las mujeres y no solo por su mayor longevidad (es decir; no se debe a su mayor representación a edades avanzadas).
¿Por qué importa esto? No se trata de establecer si los hombres o las mujeres son más vulnerables al calor, sino de entender en qué circunstancias lo son para poder buscar soluciones adecuadas.
Hablaba antes de acumulación de desigualdades: muchas mujeres mayores han tenido trayectorias laborales marcadas por salarios bajos, empleos informales o interrupciones relacionadas con los cuidados. Estas trayectorias tienen consecuencias duraderas: pensiones más bajas, menor capacidad de ahorro, menos margen para adaptar la vivienda y más dificultades para asumir gastos energéticos extraordinarios. Son, como podemos ver en las estadísticas sobre condiciones de vida, más pobres. Y la pobreza nos hace vulnerables también ante el calor extremo: la población en situación de pobreza puede presentar un riesgo hasta cuatro veces mayor de sufrir los efectos del calor.
Si a la desigualdad económica y a comportamientos que evitan el coste (como no poner el aire, si es que se tiene, y sé que me repito, pero me parece importante insistir) le añadimos la mayor tendencia a vivir en hogares unipersonales, cuidar a otros…La combinación puede ser mortal en su sentido más literal. Recordemos que estas personas, las que son vulnerables al calor, no tienen una casa en un pueblo al que huir en medio del calor, no tienen conciencia de eso que ahora llamamos refugios climáticos…no cuentan con estrategias con las que hacer frente a un calor que nos agota incluso cuando sí contamos con ellas.
Estos ejemplos, especialmente el de los bajos ingresos, nos permite desplazar el foco desde la mera exposición a las altas temperaturas (que puede ser relativamente similar en poblaciones con misma edad) hacia la capacidad real de responder. No todas las personas pueden adaptar su vivienda, modificar sus rutinas, reducir su exposición o asumir el coste energético necesario para mantener una temperatura segura en el hogar.
Recupero también la cuestión de los hogares unipersonales; aquí no estamos hablando de su una persona se siente o no sola, sino de su cuenta con ayuda en caso de necesidad. Por ejemplo, durante una ola de calor puede reducir la disponibilidad inmediata de ayuda, de modo que nadie detecte a tiempo una deshidratación, una confusión repentina, una caída, un golpe de calor o el empeoramiento de una enfermedad previa. Puede provocar también que pedir ayuda dependa exclusivamente de la capacidad de la propia persona para reconocer el riesgo. Y no siempre somos capaces de detectar las manifestaciones de un golpe de calor con tiempo suficiente.
Aquí las redes de apoyo resultan fundamentales. No solo las familiares, sino también las vecinales, comunitarias y las proporcionadas por los servicios públicos. El problema es que esas redes no siempre existen, no siempre llegan a tiempo o a quienes las necesitan.
Quisiera también recordar que las mujeres no son solo receptoras de cuidado, sino que en gran proporción son quienes los proveen. Cuidar de nietos puede suponer en este sentido una forma de protección, pero no lo es cuando cuidan de parejas dependientes, familiares enfermos o incluso de otras personas más mayores. Durante una ola de calor, cuidar puede incrementar la exposición, lo que hace que tengan una doble posición de riesgo: los propios y los que se derivan de sostener el bienestar cotidiano de los otros.
Por supuesto, recordarmos las veces que haga falta que no es la combinación edad y género la que nos hace vulnerable: una mujer de 70 años que vive sola, con una pensión reducida, movilidad limitada y una vivienda mal aislada no afronta el mismo riesgo que otra de 82 años con buena salud, climatización y una red familiar cercana.
El calor extremo obliga a mirar la vejez de otra manera: no como una etapa homogénea de fragilidad, sino como un momento del curso de vida en el que se hacen visibles desigualdades acumuladas durante décadas. El calor que nos devora este verano cae sobre una sociedad muy desigual. Cuando afecta a las mujeres de edad avanzada no se limita a incrementar los riesgos fisiológicos de la vejez; encuentra una biografía entera de cuidados y trabajos invisibles, pensiones más bajas, viviendas poco adecuadas y redes que no siempre están disponibles.