¿Lo viejo es feo? El pesado ideal de la belleza de la juventud (o la importancia de las croquetas)

En una sociedad que glorifica la juventud y rechaza las marcas del paso del tiempo en el cuerpo (en el propio y en el ajeno), que te echen menos años de los que marca tu certificado de nacimiento, se considera un gran halago. Así, un "pareces más joven" o peor, el terrible “está muy bien para la edad que tiene” se perciben como elogios de gran valor. En teoría, lo es: asumiendo las buenas intenciones de quien nos lanza este “piropo”, implica que cumplimos (o aparentamos cumplir) con un ideal social que se asocia a lo que es bello, sano y deseable: la juventud, la edad que se dejó atrás. De alguna manera, es como si aparentar menos edad de la que en realidad se tiene, fuese una muestra de (o un premio a) lo “bien” que estamos haciendo las cosas. Sean lo que sean esas cosas. Sea lo que signifique “hacer bien las cosas” en el contexto (subjetivo y cambiante) de la belleza.
El problema de estos halagos no radica en la intención de quien los dice (o no lo hace casi nunca, malintencionados hay en todos lados), sino en la creencia arraigada de que la juventud es el único estado deseable, mientras que la vejez es algo a evitar. La exaltación de la juventud no solo se traduce en ideales de belleza inalcanzables (incluso para los propios jóvenes, sabemos), sino también en una discriminación implícita (o explícita) hacia el avance de la edad. La frase "qué joven te ves" solo tiene sentido si se parte de la premisa de que envejecer es algo negativo. En otras palabras, si parecer joven es bueno, es porque parecer viejo es malo.
La contradicción se hace aún más evidente cuando observamos el mundo del cine, la televisión o la publicidad; sobre esto hemos hablado antes, pero merece repasarlo de vez en cuando. Aunque cada vez es más común ver a personas mayores en el cine o la televisión, muchas veces están sujetas a roles muy específicos o a una imagen que disimula los signos de la edad. Pensemos en actrices icónicas como Elizabeth Taylor: su imagen más recordada no es la de sus 60 años, sino la de su juventud en películas como Cleopatra o La gata sobre el tejado de zinc. Esto no significa que a los 60 años no fuera bella (que lo era, como lo sigue siendo Jane Fonda), sino que nuestra percepción de la belleza está fuertemente influenciada por un canon que asocia lo atractivo, lo hermoso, con la juventud. Del mismo modo, la estética de cada época impone sus propios estándares. En el siglo XVII, los cuerpos voluptuosos y naturales que pintaba Rubens representaban el ideal de belleza; en cambio, en los años 90, una modelo extremadamente delgada como Kate Moss (esa que decía que nada sabía tan bien como estar delgada, imagino que ajena a las croquetas de mi madre) encarnaba lo deseable. Esto demuestra que los parámetros de belleza son construcciones sociales y no verdades absolutas. Y que, especialmente en el momento presente, están fuertemente marcadas por el mercado. ¡Ay, capitalismo, qué haríamos sin ti!
Otro aspecto importante de este fenómeno es cómo se relaciona la edad con el comportamiento. No solo se juzga el físico, sino también las actitudes. Existen comportamientos que se consideran “de jóvenes” y otros que se asocian con la vejez. Una persona de 66 años que viste de manera llamativa y colorida, disfruta la vida nocturna o inicia un nuevo proyecto profesional puede ser vista como “fuera de lugar”, como si ciertos derechos o libertades estuvieran limitados por la edad. En este sentido, aparentar menos edad también puede ser visto como una forma de conservar cierta legitimidad social en áreas que, de otro modo, parecerían restringidas a los más jóvenes.
La percepción del envejecimiento no solo afecta la autoestima individual, sino también la manera en que interactuamos con los demás. Un ejemplo revelador es el diferente trato que reciben las personas dependiendo de cómo son percibidas en términos de edad. Si alguien parece más joven, es posible que lo traten con mayor entusiasmo o interés, mientras que sí parece mayor, puede enfrentar cierta condescendencia o incluso desinterés (pensemos a quién le ponen la copa primero en la barra del bar). Esta idea se refuerza en un sinfín de aspectos de la vida cotidiana: desde la industria de la moda, que rara vez diseña pensando en cuerpos envejecidos, hasta la medicina estética, que encuentra en la lucha contra las arrugas una fuente inagotable de negocio.
La percepción del envejecimiento también influye en la valoración de la salud. Las marcas del tiempo en la piel o en el cuerpo se asocian muchas veces con hábitos negativos: “Está muy “arrugado”, seguro que ha fumado o bebido mucho”, como si la edad fuera una consecuencia directa de decisiones individuales y no un proceso natural e inevitable. Que comer sano y protegerse del sol es estupendo, pero pareciera que estamos penalizando envejecer de cierta forma. Este tipo de comentarios refuerza la idea de que envejecer es un fracaso personal, un error que debe corregirse o, al menos, disimularse. Vamos, otro gran triunfo para el mercado de la estética.
La presión por mantenerse joven no solo afecta a quienes han superado cierta edad, sino que comienza desde edades cada vez más tempranas. En una sociedad que valora la eterna lozanía, y más en el marco de la construcción social de medios muy visuales como Instagram, nos cuentan que los antiarrugas, cuanto antes, mejor. Esta obsesión por la juventud se traduce en un control estricto sobre la alimentación, el ejercicio y la estética en general, con el objetivo de cumplir con un estándar que, por definición, es efímero (si es que llega a serlo) y, para la gran mayoría, inalcanzable, y que se apoya en imágenes de personas que ni siquiera se parecen a sí mismas (pensemos en todo el clan Kardashian, por poner un ejemplo sencillo).
Pudiera ser que estén apareciendo leves formas en las que la interacción con el envejecimiento es distinta. En mi experiencia viviendo en Estados Unidos, me sorprendió la frecuencia con la que personas desconocidas hacían comentarios positivos sobre pequeños detalles de mi aspecto o del de otras personas, como un par de botas llamativas, un bordado en un pantalón o el color de una prenda. No eran cumplidos con dobles intenciones, sino simples expresiones de aprecio hacia cuestiones puntuales del aspecto de los otros, como si fuesen formas de hacer sentir bien a la persona que pasa frente a ti. Este contraste (en mi país no es habitual que un desconocido te pare para decirte que tus botas son preciosas o que un labial resalta el tono de tu piel) me llevó a reflexionar sobre cómo podríamos indagar en formas de reconocimiento de la belleza o la singularidad de una persona que no estén necesariamente vinculado a su edad, sino a la actitud con la que se presenta al mundo. Pero sigo sin ninguna aportación en claro, tengo que decir.
En última instancia, el problema no está en desear sentirse bien con la propia imagen ni en cuidar la apariencia personal. Lo bello seguirá teniendo una parte social y una parte subjetiva. Lo problemático es la obsesión por la juventud como único referente de belleza y éxito. El hecho de que la vejez siga siendo vista con recelo nos impide valorarla en su justa medida: como una etapa natural de la vida, cargada de experiencias, aprendizajes y oportunidades. Mientras sigamos considerando un halago el hecho de aparentar menos años, estaremos perpetuando la idea de que envejecer es algo que debe evitarse a toda costa.
En lugar de buscar la aprobación externa mediante la ilusión de una juventud eterna, deberíamos centrarnos en construir una autoestima que no dependa de estándares inalcanzables. El envejecimiento no debería ser visto como un castigo ni como una pérdida, sino como un proceso digno de ser vivido con plenitud. La verdadera revolución no está en borrar las arrugas, sino en cambiar la forma en que las miramos. Solo cuando aprendamos a ver la belleza en todas las edades, habremos dado un paso real hacia una sociedad más inclusiva y justa. Y si es con croquetas, mejor aún.