Sociedades con personas de todas las edades: la intergeneracionalidad

En un mundo nuevo, lleno de desafíos (y aventuras), la perspectiva intergeneracional resulta clave si queremos construir sociedades integradoras e inclusivas donde personas de todas las edades puedan sentirse parte de algo mayor (bajo esa idea tan potente que nos dice que la sociedad es mayor que la suma de las personas que la componen). Fomentar relaciones y cooperación entre generaciones no solo ayuda a abordar los retos de la longevidad, sino que también convierte estos retos en oportunidades. De ahí que quiera reflexionar de nuevo en este concepto y en esta consideración, haciendo referencia a algunos ejemplos que podemos encontrar en diferentes países. En realidad, el límite para fomentar la intergeneracionalidad es nuestra imaginación. O, mejor dicho, las ganas.
La longevidad, lejos de ser un problema, representa uno de los mayores logros de las sociedades avanzadas. La democratización de la vejez y el aumento de la esperanza de vida, acompañados por una buena calidad de salud, son indicadores del progreso social de un país, como insisto una y otra vez en respuesta a discursos negativistas. Sin embargo, y este es el matiz, este fenómeno también nos plantea la necesidad de revisar y adaptar las estructuras sociales, laborales y educativas para responder a las nuevas realidades demográficas. Cuando digo laborales (ojo) no me refiero a extender ad infinitum el inicio de la jubilación, sino a responder mejor a los deseos y a las necesidades que tienen las personas trabajadoras, cuestión que el ámbito laboral (esa especie de tirano todopoderoso) parece olvidar, olvidando a su vez que las personas infelices en sus trabajos nunca serán productivas.
Una cuestión fundamental para comprender y abordar este cambio es la necesaria redefinición de las etapas del ciclo vital. Vivimos más años y, por tanto, es esencial repensar conceptos como "juventud" o "mediana edad", y promover una comprensión más flexible y adaptada de estas fases. Esta adaptación ayudaría también a mejorar las relaciones entre generaciones y a fomentar la inclusión de personas de todas las edades en los diferentes ámbitos sociales, pero, sobre todo, a que por fin comprendamos que la duración de la vida y los hitos asociados han cambiado.
La intergeneracionalidad no debe entenderse como una respuesta simplona a ese discurso (terrible, errado) sobre confrontación entre personas jóvenes y mayores, sino como una oportunidad de cooperación mutua. La colaboración entre personas de distintas edades genera beneficios colectivos, como la transmisión de conocimientos, habilidades y valores, y refuerza el sentido de comunidad. Además, la interdependencia entre generaciones es un factor clave para combatir el individualismo y el aislamiento social, promoviendo un bienestar colectivo donde todas las personas ganan. Por ejemplo, en el ámbito educativo, se pueden implementar programas donde mayores y jóvenes comparten actividades formativas, fortaleciendo el aprendizaje mutuo. En mi experiencia, cuando he sido profesora en grupos universitarios con personas de muy diferentes edades (con la inclusión de algunas personas jubiladas que deseaban realizar una carrera por el mero placer de hacerlo) resultaba muy positivo para el conjunto del grupo. Las clases y las dinámicas de grupo ganaban en riqueza.
Existen otro tipo de iniciativas (infinitas) que aplican la perspectiva intergeneracional en ámbitos como la salud, la educación, el mercado laboral y la participación social. Como decía, la imaginación y las ganas son el límite. Algunos programas en el ámbito laboral, por ejemplo, han mostrado cómo los mentores mayores pueden transmitir su experiencia a los más jóvenes, mientras que estos últimos aportan otras ideas frescas, tal vez innovación tecnológica y su propia manera de entender las coas. En el área de la salud, desde CENIE, por ejemplo, hemos visto proyectos donde generaciones colaboran en actividades físicas y talleres de bienestar o contra la soledad, mejorando la salud física y mental de ambas partes.
A nivel internacional, hay numerosos ejemplos que destacan cómo la intergeneracionalidad tiene la potencialidad de transformar sociedades. En la Nagaya Tower, en Kagoshima (Japón), se ha implementado un programa donde estudiantes universitarios viven en residencias de personas mayores a un precio reducido a cambio de pasar tiempo con los residentes mayores; esto permite no solo compartir historias de vida (y, por lo tanto, conocimiento) sino que permite crear vínculos emocionales que benefician a ambas generaciones. Esto resulta especialmente relevante en un contexto en el que esto de los vínculos y la sociabilidad parece estarse desmoronando. Así, este modelo no solo combate el aislamiento social de los mayores, sino que también brinda a las personas jóvenes un entorno más “humano”, por así decirlo, más aterrizado. En Países Bajos, el proyecto "Humanitas" (en Deventer) aplica una filosofía similar a la de la Nagaya Tower; estudiantes universitarios viven en residencias de mayores, contribuyendo a cambio durante 30 horas al mes en actividades diarias con las personas mayores.
Otra posible inspiración, que podría ser muy bonito y enriquecedor, es la Residencia intergeneracional SOMPO CARE en Japón, que comparte espacio con una escuela infantil para niños de entre 0 y 5 años. Este tipo de medidas sería una forma de dejar de limitar la interacción entre el principio y el fin de la vida, como si una etapa fuera ajena a la otra. En la línea de las guarderías intergeneracionales también tenemos ejemplo en Estados Unidos, donde podemos encontrar instalaciones “mixtas en edad” que permiten que personas “pequeñas” y personas mayores compartan tiempo y espacio, participen en actividades conjuntas como jardinería, arte o juegos, y se beneficien del contacto mutuo. Las investigaciones realizadas en este tipo de modelos intergeneracionales han demostrado que los mayores experimentan menos depresiones y se sienten más útiles, mientras que los niños desarrollan una mayor empatía y comprensión hacia las personas mayores (que, me diréis, es algo bastante necesario en esta “sociedad de la prisa” en la que vivimos).
Para que calase esta idea de la intergeneracionalidad como abordaje necesario sería necesario plantear este abordaje también a otras edades; por ejemplo, en Canadá, se han establecido espacios comunitarios donde personas mayores enseñan a los jóvenes habilidades tradicionales en las que son “expertas por experiencia”, como la carpintería, la costura y la cocina. Por su parte, las personas más jóvenes ayudan a las mayores a aprender sobre tecnología y redes sociales. También se ha demostrado que intercambio fortalece los lazos comunitarios y elimina prejuicios (sobre jóvenes y sobre mayores). Desde lo laboral (para que continuemos con todas las etapas vitales), en países como Alemania varias empresas han introducido programas de mentoría en los que los empleados más veteranos capacitan a las personas recién llegadas, generando así un flujo de conocimiento que mejora la productividad y la cohesión dentro de las organizaciones. Esto, claro, incluiría necesariamente desarrollar iniciativas que, por fin, entiendan la necesidad de flexibilizar las jornadas laborales para las personas mayores que deseen seguir activas (de nuevo, como respuesta a un deseo, no como una imposición).
La intergeneracionalidad entendida y practicada en todas las etapas vitales, con actuaciones como estas (o tantas otras) nos permitiría evolucionar desde el mero concepto teórico, vacío (o vaciado) de contenido hacia la dimensión práctica. La importancia y el interés de los programas que he referido radica en su capacidad de unir generaciones, lo que supone un beneficio mutuo entre las generaciones que participan, pero también de la sociedad en general. La idea que subyace en todas estas medidas es comprender la intergeneracionalidad como una herramienta práctica y necesaria para construir una sociedad más cohesionada e inclusiva. Pero claro; aprovechar las oportunidades que ofrece la longevidad en este intercambio entre generaciones requiere un cambio de perspectiva: dejar de ver la vejez como una carga y comenzar a valorarla como un recurso, también para el desarrollo social y económico. Si no damos ese pequeño salto, la intergeneracionalidad seguirá siendo solo una palabra difícil de pronunciar, con grandes aspiraciones, pero pequeñas posibilidades.