¿Se pueden hacer amigos de verdad después de los 50? ¿Y a los 70, a los 80 o a los 90? ¿Puede alguien que acabamos de conocer llegar a ocupar un lugar importante en nuestra vida?
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Durante la infancia y la juventud hacemos amigos casi sin proponérnoslo. El colegio, la universidad, el barrio o los primeros trabajos nos sientan una y otra vez junto a las mismas personas. Compartimos tiempo, descubrimientos, miedos y primeras veces. Algunas de aquellas relaciones nos acompañan durante décadas.
Después, algo cambia. El trabajo, los hijos, las separaciones, las mudanzas, el cuidado de nuestros padres o nuestra propia evolución transforman también nuestras relaciones. Algunos amigos permanecen. Otros se alejan sin que haya pasado nada grave. Y aparecen personas nuevas con las que, para nuestra sorpresa, sentimos más afinidad que con quienes conocemos desde hace media vida.
La edad que tenemos y la que sentimos
Tener la misma edad no significa estar en el mismo lugar. La edad cronológica cuenta los años que han pasado desde que nacimos. Dice bastante poco de quiénes somos.
Dos personas de 60 años pueden estar en momentos vitales opuestos. Una piensa en jubilarse; la otra arranca un proyecto. Una cuida de sus padres; la otra viaja. Una busca tranquilidad; la otra se apunta a teatro por primera vez.
Junto a la edad cronológica, los investigadores hablan de la edad biológica y de la edad subjetiva, que es la que sentimos tener. Un metaanálisis que reunió 294 estudios concluyó que, a partir de los 60, las personas se sienten de media entre un 13 % y un 18 % más jóvenes de lo que marca su DNI. Traducido a años, entre 10 y 21 menos1.
Puede que nuestras amistades respondan también a esa otra edad. No siempre nos une haber nacido el mismo año. Nos unen los intereses, la curiosidad, los valores y el momento vital.
Los amigos que se quedan y los que se van
Hay otra cara de cumplir años de la que se habla menos, la de perder amigos que siguen vivos. No hace falta una discusión ni una traición. Algunas relaciones, simplemente, se apagan. Hay amistades construidas alrededor del colegio, de una profesión, de los hijos, de una pareja, de un barrio o de una determinada versión de nosotros mismos. Cuando desaparece aquello que nos unía, algunas encuentran nuevas razones para seguir. Otras no. Y no tenemos por qué leer su final como un fracaso. Una amistad puede haber sido auténtica, aunque no dure toda la vida.
La psicóloga Laura Carstensen, profesora de la Universidad de Stanford y una de las grandes investigadoras del envejecimiento, lleva décadas estudiando cómo cambian nuestras relaciones con el paso del tiempo. Su teoría de la selectividad socioemocional sostiene que lo que reordena nuestras prioridades no es tanto la edad como la percepción del tiempo que nos queda. Cuando sentimos el futuro abierto, exploramos y ampliamos horizontes. Cuando empezamos a percibirlo como limitado, seleccionamos más y nos quedamos con las relaciones que tienen significado emocional. La red se hace más pequeña. No necesariamente más pobre.
Empezar de nuevo
A veces basta con cambiar una rutina para que aparezca un mundo nuevo. Enri y Toni tienen 68 y 72 años. Hace unos dos años, coincidiendo con su jubilación, empezaron a apuntarse a actividades en un casal. Entre ellas, un curso de baile. Allí conocieron a otras personas. Hoy forman un grupo de unos diez amigos de entre 65 y 80 años. Viajan juntos y quedan a cenar prácticamente cada semana. Unas veces aparecen los diez; otras, cuatro o cinco. Hace tres años no se conocían. Ahora forman parte de sus vidas.
No son una excepción. Ana tenía 66 años cuando, tras prejubilarse, empezó a participar en actividades y caminatas por Barcelona y construyó una nueva red de amigos. Aquellos vínculos adquirieron un significado inesperado cuando su marido murió de repente. Sus nuevos amigos la acompañaron, la animaron a salir y evitaron que se encerrara en casa. Ella misma decía que aquellas relaciones le habían "rejuvenecido el alma".
Isabel, de 76 años, explica algo parecido. Cuando sus hijos se independizaron y llegó la jubilación, empezó a apuntarse a cursos y talleres relacionados con sus intereses. Allí encontró las que considera las amistades más auténticas y profundas de su vida. Con dos de esas amigas empezó a ir de camping por la costa mediterránea, algo que nunca había hecho y que acabaron convirtiendo en una tradición anual.
¿La amistad también forma parte de la longevidad?
Hemos aprendido a hablar de longevidad con palabras como ejercicio, fuerza muscular, alimentación, sueño, inflamación o salud cerebral. Convendría añadir otra: amistad.
Un estudio longitudinal con 12.998 adultos mayores de 50 años midió el tamaño de sus redes de amistad, la frecuencia del contacto y la calidad de esas relaciones. Quienes fortalecieron sus amistades presentaron años después mejores resultados en indicadores de bienestar psicológico, en algunos hábitos saludables y en algunos indicadores de salud física, entre ellos un menor riesgo de mortalidad. El mismo trabajo detectó también una cara menos amable: las amistades más fuertes se asociaron con 43% más probabilidad de fumar. Los amigos nos influyen, para bien y para mal.
Pero la relación es más compleja de lo que parece. Uno de los autores de aquel estudio, el psicólogo William Chopik, siguió a más de 23.000 adultos de mediana y avanzada edad durante 16 años. Los efectos de la amistad sobre la salud fueron pequeños, y la evidencia más sólida apuntaba en la dirección contraria: estar sano facilita mantener amistades, salir de casa y relacionarse. Probablemente ambas cosas se retroalimentan. Y tampoco hace falta convertir a los amigos en otra receta para vivir cien años. La amistad tiene valor por sí misma.
Una amistad a los 91
Marujita tenía 91 años cuando conoció a Enrique. Vivía en Madrid y cada vez le costaba más salir sola de casa. A través de Grandes Amigos, una ONG que acompaña a personas mayores en situación de soledad no deseada, empezó a participar en sus actividades. En unas vacaciones organizadas por la entidad conoció a Enrique, uno de sus voluntarios. No habían compartido infancia, ni universidad, ni trabajo, ni décadas de recuerdos. Pero se hicieron amigos. Desde entonces, cuenta la organización son "uña y carne". Esa es, tal vez, la respuesta a la pregunta con la que empezábamos: no hay una edad a partir de la cual nuestra biografía afectiva quede cerrada.
De niños, hacer amigos resulta relativamente sencillo porque la vida organiza los encuentros por nosotros. De adultos tenemos que provocarlos: apuntarnos a algo, aprender, viajar, colaborar, volver a estudiar, aceptar una invitación. Y después, hacer algo todavía más sencillo y, a veces, más difícil: volver a quedar.
Mientras unas personas llegan, otras se irán. Envejecer también consiste en aceptar que no hace falta conservar todas nuestras relaciones para demostrar que fueron importantes. Algunas personas pertenecen a una etapa de nuestra vida. Otras permanecen durante décadas. Y algunas aparecen cuando pensábamos que los personajes principales de nuestra historia ya habían sido presentados.
Por suerte, nunca sabemos quién será el siguiente. Solo hace falta estar ahí cuando llegue.
1 - Subjective age from childhood to advanced old age: A meta-analysis. Martin Pinquart y Hans-Werner Wahl
https://doi.org/10.1037/pag0000600
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