26/09/2026

El derecho a ser útil sin ser productivo

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«¿Y ahora, a qué te dedicas?». La pregunta aparece cuando alguien se jubila, pierde un empleo o reduce su actividad profesional. Parece inocente, pero revela hasta qué punto utilizamos el trabajo remunerado para explicar quiénes somos y cuánto valemos.

Buena parte de lo que sostiene la vida común ocurre fuera del mercado: escuchar, acompañar, cuidar, transmitir experiencia o advertir que un vecino necesita ayuda. Son aportaciones reales, aunque no generen ingresos ni puedan medirse en horas facturadas.

Defender el derecho a ser útil sin ser productivo significa ampliar nuestra idea de contribución. Y exige una precisión esencial: la dignidad de una persona tampoco depende de que consiga demostrar su utilidad. Reconocer lo que aportamos debe abrir posibilidades de participación, no imponer una nueva obligación de rendir.

Cuando el empleo deja de ordenar la vida

El empleo proporciona ingresos, pero también horarios, identidad y reconocimiento. Cuando desaparece, algunas personas pierden algo más que un salario: lugares donde sentirse esperadas y tareas cuyo resultado importa a otros.

No le ocurre a todo el mundo ni solo tras la jubilación. También puede suceder durante el desempleo, una enfermedad, una discapacidad o un periodo de cuidados. El problema es una cultura que convierte la productividad económica en certificado de existencia social.

Aquí hablamos de derecho en un sentido ético y político, no de una figura jurídica autónoma. Los Principios de las Naciones Unidas en favor de las personas de edad promueven la participación conforme a los intereses y capacidades de cada persona y afirman que las personas mayores deben ser valoradas con independencia de su contribución económica.

Lo que las cuentas no cuentan

Una persona coordina las citas médicas de su padre; otra acompaña a un amigo que ha dejado de conducir. Alguien enseña un oficio o conserva la memoria de un barrio. Ninguno de esos gestos necesita una nómina para tener efectos reales.

Un estudio del CENIE, El Derecho al Cuidado y la Economía de los Cuidados en España, estima por coste de reemplazo que los cuidados informales de larga duración que reciben mayores de 65 años con discapacidad equivaldrían al 3,6–4,7 % del PIB español. La estimación excluye el cuidado afectivo y emocional y las tareas de organización y supervisión.

Reconocer no significa idealizar. Sin elección ni servicios, cuidar puede agotar y reducir la libertad. Hacerlo visible debe conducir a repartirlo y sostenerlo con servicios públicos, apoyos y descanso; de lo contrario, el elogio encubre una carga desigual.

La vida común tampoco se agota en el cuidado. La OCDE estudia el bienestar con dimensiones que van más allá de la producción y los ingresos, como la salud, las relaciones sociales y la participación cívica. Lo que no aparece en el producto interior bruto puede seguir siendo decisivo para vivir bien.

Ser útil no es ser productivo

La productividad relaciona los resultados con el tiempo, el dinero o los recursos empleados. Es una medida necesaria en muchos ámbitos. El error comienza cuando se usa para juzgar una conversación, una amistad o una vida entera.

La utilidad social es contextual. Una llamada de diez minutos puede ser el único contacto de alguien durante ese día. Una experiencia compartida puede devolver confianza o ayudar a decidir. Su valor reside en lo que hace posible entre personas.

No se trata de llamar productivo a todo, sino de dejar de llamar irrelevante a lo que no se contabiliza con facilidad. La productividad suele expresarse en indicadores; muchas contribuciones adquieren sentido en relaciones concretas; la dignidad no depende de ninguna de las dos.

Poder participar y seguir formando parte

Participar no equivale a mantenerse ocupado. Consiste en poder decidir, asumir una responsabilidad con sentido o intervenir en los asuntos que afectan a la propia vida. Puede ocurrir en una asociación, una familia o una conversación pública.

La Organización Mundial de la Salud define el envejecimiento saludable por la capacidad funcional que permite el bienestar. Incluye satisfacer necesidades, aprender y decidir, moverse, mantener relaciones y contribuir a la sociedad. No exige ausencia de enfermedad y depende también del entorno.

La investigación encuentra relaciones entre algunas formas de participación y el bienestar, pero aconseja prudencia. Un estudio longitudinal europeo con 19.821 personas halló que el voluntariado frecuente se asociaba con mayor bienestar emocional y menor riesgo de algunas limitaciones funcionales. El análisis también encontró la relación inversa: un mayor bienestar se asociaba con una participación posterior más frecuente, y ciertos problemas de salud, con una participación menor.

No basta, por tanto, con recomendar que la gente participe. Importan la elección, el sentido de la actividad y las barreras que encuentra cada persona. Una oportunidad inaccesible o una tarea impuesta no son participación.

Cuando el envejecimiento activo se vuelve mandato

El envejecimiento activo ha ayudado a cuestionar la imagen de la vejez como pasividad. El problema aparece cuando la actividad, la autonomía y la mejora personal dejan de ser posibilidades y se convierten en obligación. Entonces parece que envejecer bien exige aprender, hacer ejercicio, cuidar, participar y conservar siempre la independencia.

Ese ideal deja poco espacio para la fragilidad, la discapacidad o el deseo de retirarse durante un tiempo. También transforma obstáculos colectivos en fallos personales: si alguien no participa, quizá falten transporte, accesibilidad o una invitación real, no voluntad.

La interdependencia describe mejor la vida: unas veces sostenemos y otras necesitamos ser sostenidos. Necesitar ayuda no elimina el derecho a decidir con los apoyos precisos. Defender la participación también exige respetar el descanso, el derecho a decir que no y la posibilidad de recibir cuidados sin compensarlos con rendimiento.

Reconocer sin imponer

Una política pública coherente no debería pedir a las personas mayores que resuelvan gratuitamente lo que las instituciones no atienden. Crea condiciones para participar y para que quien cuide no quede solo: transporte accesible, espacios próximos, horarios flexibles, apoyos para la comunicación y responsabilidades adaptables.

También exige escuchar antes de diseñar. Una mesa de participación pierde sentido si las decisiones ya están tomadas; un proyecto intergeneracional falla si asigna a cada edad un papel fijo; una propuesta de voluntariado excluye si exige plena movilidad. Participar supone influir, no decorar una iniciativa ajena.

Reconocer el cuidado implica reducir su carga, repartirla y garantizar servicios profesionales de calidad. Reconocer la experiencia no significa pedir disponibilidad permanente. Medir el bienestar más allá del empleo obliga a observar si las personas pueden relacionarse, decidir, descansar y formar parte.

Una sociedad donde la presencia cuenta

En una sociedad longeva convivirán personas con edades, capacidades y trayectorias muy distintas. Esa diversidad no cabe en dos categorías, quienes producen y quienes dependen. Todos necesitamos apoyo alguna vez y todos podemos formar parte, incluso cuando no podemos o no deseamos asumir una aportación concreta.

La pregunta social no debería ser cuánto produce alguien ni si todavía resulta útil. Debería ser si puede elegir, mantener vínculos, hacer oír su voz y recibir ayuda sin perder reconocimiento. A veces hay una aportación concreta; otras veces, basta una presencia que también cuenta y tiene un lugar.

Nadie tendría que volverse imprescindible para sentirse incluido. Reconocer las contribuciones invisibles forma parte del bienestar colectivo; reconocer la dignidad incondicional es lo que nos permite llamarnos comunidad.


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