14/03/2026

Longevidad y razón pública: Habermas ante el presente demográfico

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La muerte de Jürgen Habermas no cierra su conversación con nuestro tiempo; la vuelve más urgente.

No solo porque desaparece uno de los grandes pensadores europeos del último siglo, sino porque muchas de las preguntas que ayudó a formular siguen ahí, intactas, y algunas resultan hoy más necesarias que nunca. Entre ellas, una que rara vez se plantea con la seriedad que merece: qué ocurre con una democracia cuando la vida se prolonga y, sin embargo, la conversación pública sigue funcionando con categorías envejecidas.

El cambio demográfico no es solo una curva estadística. Es un desafío cultural, institucional y político de primera magnitud. Vivimos más años, pero todavía no hemos aprendido del todo a pensar colectivamente ese tiempo nuevo. La longevidad amplía nuestras biografías mientras muchas instituciones, relatos sociales y decisiones públicas permanecen anclados en marcos diseñados para sociedades más breves.

Y en ese desajuste se juega mucho más que la sostenibilidad de un sistema. Se juega la idea misma de convivencia. Se juega qué valor damos a la experiencia, a la vulnerabilidad, a la contribución social, al cuidado, al trabajo, al tiempo. Se juega, en definitiva, cómo se entiende una democracia a sí misma cuando descubre que la vida de sus ciudadanos ya no cabe en los viejos moldes.

Aunque Habermas no convirtiera el envejecimiento en objeto central de su obra, algunos de sus conceptos más fértiles ayudan poderosamente a pensar este presente. La racionalidad comunicativa, la centralidad del espacio público y la legitimidad democrática basada en la deliberación ofrecen una vía muy precisa para abordar la longevidad no como un asunto sectorial, sino como una cuestión de razón pública.

Cuando la longevidad no entra de verdad en la conversación

Habermas defendió siempre una idea exigente de democracia: las decisiones colectivas no deberían emanar simplemente del poder, de la técnica o de la inercia institucional, sino de procesos de deliberación entre ciudadanos libres e iguales. La legitimidad, en ese marco, no se decreta. Se construye.

La pregunta, entonces, es incómoda pero inevitable: ¿estamos deliberando realmente sobre la longevidad?

La respuesta, siendo sinceros, es que todavía muy poco. La longevidad sigue apareciendo a menudo como problema contable, como amenaza presupuestaria o como cuestión asistencial asociada a un supuesto grupo aparte al que seguimos llamando, con demasiada facilidad, “los mayores”. Es un encuadre pobre. Y, además, intelectualmente perezoso.

Porque la longevidad no es un apéndice de la agenda pública. Es una transformación estructural de la condición humana contemporánea. Afecta al trabajo y a su duración, a los aprendizajes a lo largo de la vida, a la organización de los cuidados, al sistema sanitario, a la vivienda, a las relaciones intergeneracionales, a la participación cívica, al diseño del Estado del bienestar y al modo en que interpretamos el paso del tiempo.

No puede abordarse con una hoja de cálculo y un par de remiendos normativos. Exige otra conversación. Más amplia, más honesta y más exigente.

Biografías extensas, instituciones breves

Hay una imagen que resume con bastante precisión el problema: nuestras vidas se han alargado, pero muchas de nuestras instituciones siguen siendo cortas.

Durante décadas, el esquema vital dominante parecía relativamente estable: educación, trabajo, jubilación. Era una secuencia construida para sociedades con menor esperanza de vida, trayectorias más lineales y menor diversidad de situaciones. Hoy ese marco ha saltado por los aires. Millones de personas viven durante décadas después de su retiro laboral, conservan capacidades valiosas durante más tiempo y atraviesan etapas vitales mucho más complejas, discontinuas y heterogéneas.

Habermas advirtió del riesgo de que las instituciones queden rezagadas respecto a las transformaciones sociales. Cuando eso sucede, los sistemas administrativos y económicos continúan operando con lógicas que ya no responden a la realidad. La longevidad hace visible ese desfase con una claridad casi brutal: las biografías se expanden y las instituciones no llegan.

Por eso, el reto no consiste simplemente en “gestionar el envejecimiento”. Esa expresión, además de fea, suele delatar una mirada defensiva. El reto real es reimaginar instituciones para vidas más largas, más diversas y menos lineales. No basta con alargar reglas viejas. Hay que repensar el marco entero.

Más generaciones, más democracia… o más conflicto

Otro aspecto decisivo del pensamiento habermasiano es su comprensión de la democracia como proyecto que atraviesa el tiempo. Las sociedades democráticas no pertenecen solo a quienes las habitan en un momento dado; se sostienen en un pacto entre generaciones, en una responsabilidad compartida respecto al presente y al futuro.

La longevidad amplía precisamente esa simultaneidad. Nunca habían coexistido tantas generaciones adultas durante tanto tiempo. Abuelos, padres e hijos —y, cada vez más, bisabuelos— comparten décadas de vida, decisiones económicas, responsabilidades familiares, memorias distintas y expectativas que a veces convergen y a veces chocan.

Eso puede leerse de dos maneras. La mala lectura es la del enfrentamiento automático: jóvenes contra mayores, activos contra pasivos, productividad contra dependencia. Es una caricatura útil para el ruido político, pero inútil para comprender la realidad.

La buena lectura es otra: la longevidad multiplica el tiempo compartido y, con él, la necesidad de una cooperación intergeneracional más inteligente. No estamos ante una guerra de edades, sino ante una ampliación del espacio de corresponsabilidad. Y cuanto más amplio sea ese tiempo compartido, mayor debería ser nuestra capacidad para deliberar juntos sobre cómo queremos organizarlo.

Una cultura democrática a la altura del tiempo vivido

Habermas insistió en que una democracia no se sostiene solo con leyes, procedimientos o arquitectura institucional. Necesita una cultura pública capaz de valorar el diálogo, el respeto mutuo y la búsqueda compartida de soluciones. Sin esa cultura, las instituciones se vacían por dentro.

También aquí la longevidad obliga a revisar viejos hábitos. Porque seguimos arrastrando una cultura que mira la edad con demasiados prejuicios: a veces como pérdida, a veces como carga, a veces como irrelevancia social. Y así resulta imposible comprender lo que está ocurriendo.

Las sociedades longevas exigen otra mirada. Una que reconozca la pluralidad de trayectorias, la diversidad de capacidades y la multiplicidad de aportaciones posibles a lo largo de toda la vida. No para idealizar ninguna edad —eso sería otro tópico, solo que más elegante—, sino para desactivar simplificaciones y ensanchar el campo de lo pensable.

Abrir la conversación que falta

En los últimos años, algunas iniciativas han intentado precisamente abrir ese espacio de reflexión pública. Entre ellas, el trabajo del CENIE ha contribuido a situar la longevidad en un terreno más amplio que el de la estadística o la gestión administrativa: el terreno del debate cultural, social y político.

Esa orientación importa. Porque comprender las sociedades longevas no consiste solo en producir datos, aunque los datos sean imprescindibles. Consiste también en construir marcos de interpretación, generar conversación pública y promover una deliberación más seria sobre qué significa vivir más y cómo queremos vivir ese tiempo añadido. Desde los estudios sobre economía de la longevidad hasta proyectos de investigación como IBERLONGEVA o el desarrollo del Observatorio OLAS, el hilo de fondo es claro: la longevidad solo puede entenderse bien cuando ciencia, reflexión social y conversación pública dejan de ir cada una por su lado.

En eso, quizá, hay una afinidad profunda con Habermas. Los grandes cambios de época no se gobiernan solo con técnica. Necesitan lenguaje, interpretación, controversia pública y voluntad de construir legitimidad compartida.

La urgencia de pensar juntos

El siglo XXI será, en buena medida, el siglo de la longevidad. No porque todo vaya a mejorar automáticamente —ojalá fuera tan fácil—, sino porque nunca antes tantas personas habían tenido la posibilidad de vivir tantas décadas.

La cuestión decisiva ya no es si nuestras sociedades van a cambiar. Están cambiando. La cuestión es si sabremos pensar ese cambio con la altura necesaria. Qué instituciones construiremos. Qué idea de justicia consideraremos razonable. Qué lugar concederemos al cuidado, a la contribución social, a la prevención, a la participación y al tiempo mismo de la vida.

Habermas nos enseñó que las democracias se fortalecen cuando una sociedad acepta la tarea de pensarse en común. La longevidad no es una nota al pie de esa tarea. Es una de sus pruebas mayores.

Y tal vez por eso, precisamente hoy, su ausencia pesa tanto. Porque al despedir a Habermas comprendemos mejor hasta qué punto seguimos necesitando lo que su filosofía defendió con tenacidad: una esfera pública capaz de discutir con seriedad aquello que verdaderamente define nuestro futuro compartido.

La longevidad ya está reorganizando la vida. Lo extraño no es que tengamos que hablar de ella. Lo extraño es que todavía no lo estemos haciendo como merece.


Si la longevidad está redefiniendo el curso de la vida, ¿por qué seguimos tratándola como un asunto secundario en el debate público?