Vivimos inmersos en una realidad muy negativa sobre lo que significa el propio avance en el tiempo: el envejecimiento se plantea como enemigo. Estamos continuamente expuestos a narrativas que nos dicen que envejecer es una especie de abismo que nos desconecta de los demás, incluso de nosotros mismos y de lo que somos: es una pérdida, un deterioro, un final. El cine, la publicidad y hasta cierta conversación pública han construido una imagen profundamente distorsionada de lo que significa vivir muchos años. Hemos aprendido a temer la vejez. ¿Cómo no hacerlo si lo que nos dicen de ella es tan malo? Es comprensible, sin duda. A fuerza de repetir la consigna, el relato negativo se convierte en realidad impuesta. Lo que me planteo es ¿Y si nos estamos creyendo descripciones de lo que es y significa envejecer que no son reales? ¿y si el problema no fuera envejecer, sino la forma en que la estamos entendiendo?
En El castillo ambulante (novela de Dianna W. Jones, aunque es más conocida por haberla llevado Miyazaki con los estudios Ghibli al cine en 2004) su protagonista (Sophie) es transformada en una anciana de 80 años por una maldición. El ejemplo me parece bueno porque en una novela para niños el envejecimiento aparece como castigo, como una condena. Pero también como un terrible símil: Sophie no envejece solo por el hechizo, sino porque está atrapada en una vida que no desea, aislada, sin propósito, sin vínculos.
Ese mito negativo sigue muy presente también para los adultos. La vejez como final, como límite, como pérdida del yo. No nos damos cuenta de que muchas de las cosas que atribuimos a la edad tienen mucho más que ver con las condiciones en las que vivimos, con la propia marcha de la sociedad o con la falta de oportunidades, que con el paso del tiempo en sí. Gran parte de lo que tememos no es la edad en sí, sino lo que creemos que significa. No es tanto la arruga que refleja el espejo de casa, sino el temor a cómo lo evaluarán los ojos de fuera.
Indudablemente nos enfrentamos a un cambio demográfico sin precedentes, pero seguimos hablando de “los mayores” (“los otros”) como si fueran un grupo homogéneo, lejano, casi una categoría aparte y muy alejados de nosotros. Algunas personas en redes sociales llegan a construir una “identidad digital”, una popularidad a base de demonizar a este grupo (como extractivos, además). Nos cuesta imaginar que algún día —si tenemos suerte— también estaremos allí, también seremos parte de ese grupo. ¿Significa eso que nos encontraremos abocados a esa homogeneidad? ¿desapareceré en el grupo de “los otros” al envejecer? ¿Me convertiré por definición en un ser extractivo al jubilarme? Yo sigo pensando en Taro Aso y su crítica descarnada a los viejos por vivir “demasiado”, crítica que olvida aplicarse cuando sigue cumpliendo años.
Esta distancia simbólica con “los otros” tiene efectos reales: nos impide ver la diversidad dentro de la vejez y legitima políticas basadas en la idea de que son una carga. Mientras tanto, retrasamos cualquier conversación sobre cómo queremos vivir esa etapa. Nos preparamos para otros hitos del ciclo vital —para trabajar, para tener hijos, para ser adultos — excepto para envejecer, como si fuesen espacios atomizados y desconectados unos de otros. Como si quien produjo y aportó a las arcas del estado y a la construcción del país, de la sociedad ya no fuese parte de esta, como si ahora estorbase y no se recordase cómo participó en la construcción de lo que hoy existe. Como si una vez desligados del trabajo ya no fuésemos merecedores de la formar parte del conjunto.
Esto explica en gran medida (aunque no de forma exclusiva) ese vacío existencial tras la jubilación. Hemos organizado nuestras vidas alrededor del trabajo. Y cuando el trabajo desaparece, no sabemos qué hacer con el tiempo y, sobre todo, con la identidad. Sociabilizar se vuelve difícil porque nunca lo hemos practicado sin la estructura laboral, sin la obligatoriedad. ¡No teníamos tiempo! Y de pronto, aparece una especie de tiempo suspendido, que, aun pudiendo convertirse en oportunidad y en conexión con uno mismo, se convierte en vacío.
En ausencia de uno mismo.
La pregunta no es solo qué haremos “cuando nos jubilemos”, sino cómo pensamos construir una vida con sentido más allá del empleo. ¿Dónde cultivamos amistades? ¿Qué espacios nos permiten sentirnos parte? ¿Cómo imaginamos un día que no gira alrededor de producir? En algunos de mis trabajos he intentado ahondar en la importancia de cultivar relaciones antes de que la estructura laboral desaparezca. Pero tal vez no sea suficiente desearlo para que sea real.
Quiero insistir en esto. Las relaciones importan. Son, probablemente, uno de los aspectos más importantes para vivir una vida plena. Pero ¿cuánto tiempo real nos deja el trabajo —y las desigualdades del día a día— para construir comunidad? Para tener amistades a los 80 hay que tener oportunidades de construirlas a los 40, a los 50, a los 60. Por eso insisto (y me repito) en que no basta con desear esa sociabilidad para poder desarrollarla, llevarla a cabo.
Como he dicho en algún post reciente, el buen envejecer no es solo una responsabilidad individual. Hablamos mucho de hábitos: hacer ejercicio, comer bien, mantenerse activo. Pero hablamos muy poco de contexto. Envejecer bien también es tener estabilidad emocional, no vivir en pobreza, disponer de transporte, vivienda adecuada, espacios para participar y redes de apoyo. Y de amistades, sentido y significado, de pertenencia y de integración en el complejo entramado social del que no formamos parte solo nominativamente. Insistir en reducir el envejecimiento de calidad a una cuestión individual es tremendamente injusto. No se puede “envejecer bien” si toda la estructura alrededor empuja en la dirección contraria.
En línea con esta cuestión, recordemos de nuevo que envejecer no es un evento marcado por un umbral mágico; es un proceso. La longevidad es una conquista, pero no nos lo parecerá si no somos capaces, como sociedad, de convertirla en una oportunidad colectiva: implicar a las personas mayores en la toma de decisiones, reforzar su presencia en la vida pública, repensar entornos, ciudades, servicios y modos de convivir. Alargar la vida no sirve de nada si no estamos, primero, incorporando “buenos años”, con bienestar físico y económico, con salud, y, en segundo lugar, si no somos capaces de adaptar la sociedad a esta nueva realidad temporal.
La responsabilidad compartida es construir sociedades donde vivir más años sea sinónimo de hacerlo con calidad.