No todo cabe en una etiqueta: lo que el IMC revela y oculta sobre el riesgo de enfermedades crónicas
El índice de masa corporal (IMC) sigue siendo uno de los indicadores más utilizados para estimar riesgos de salud, aunque su capacidad explicativa tiene límites que conviene entender.
Hace un par de años fui a una revisión médica de la empresa. Como es habitual, me pesaron y me midieron. El resultado: un índice de masa corporal (IMC) de 26 kg/m2 y la recomendación del médico—en línea con las tablas de la Organización Mundial de la Salud—de perder peso por tener un ligero sobrepeso (definido como entre 25 y 29,9 kg/m2).
Recuerdo pensar: “¡Es solo 26 y no tengo ningún problema serio de salud!” Al final, todo parecía reducirse a un solo número. ¿De verdad existe un riesgo elevado de problemas de salud en todas las personas con un ligero sobrepeso?
En aquel momento yo estaba trabajando en un proyecto sobre multimorbilidad, así que no dudé en investigarlo con más detalle.
Dicho esto, no podemos negar que la obesidad se ha convertido en una de las grandes preocupaciones de salud pública de las últimas décadas. En la población adulta española, la prevalencia de obesidad (es decir, la proporción de personas que la presentan dentro de una población) pasó del 7,3 % en 1987 al 15,7 % en 2020.
Aunque en los últimos años este aumento parece haberse estabilizado, la obesidad sigue asociándose a numerosas enfermedades crónicas y a una peor calidad de vida.
Sin embargo, la forma en que solemos estudiar esta relación tiene una limitación importante. La mayoría de las investigaciones clasifican a la población en categorías estándar de IMC: bajo peso, peso normal, sobrepeso y obesidad. Son categorías útiles como referencia general, pero simplifican una realidad más compleja: no todas las personas siguen el mismo patrón, ni el riesgo empieza a aumentar exactamente en los límites convencionales de las categorías que se establecen para identificar el aumento de riesgo para la salud. Por eso, en lugar de agrupar a las personas en grandes bloques, conviene observar qué ocurre a lo largo de todo el continuo del IMC.
Más allá de las etiquetas
A partir de seis encuestas nacionales de salud realizadas en España entre 2006 y 2023, analizamos la prevalencia de 23 enfermedades crónicas en la población de 20 a 84 años y su relación con el IMC. Entre ellas había afecciones musculoesqueléticas, respiratorias, cardiovasculares, metabólicas, intestinales y de salud mental.
Primero analizamos cómo se distribuían estas enfermedades según las categorías habituales de IMC. En general, la prevalencia era menor entre las personas con peso normal y mayor en las categorías de obesidad, pero esa visión ocultaba muchos matices.
Por eso, en una segunda fase tratamos el valor exacto del IMC, con valores dentro del rango entre 16 kg/m2 hasta 40 o más kg/m2, con una técnica que permitió identificar con mayor precisión en qué niveles la prevalencia de cada enfermedad era más baja o más alta.
Los resultados muestran que la relación entre IMC y las enfermedades y condiciones crónicas está lejos de ser uniforme. En algunos casos, como la diabetes o el ictus, la prevalencia aumenta de forma bastante continua a medida que sube el IMC. En otros, como la hipertensión, la cardiopatía o la artrosis, el riesgo se mantiene bajo en valores normales o incluso algo inferiores y aumenta con claridad a partir de cierto umbral.
También encontramos otros patrones. Algunas enfermedades, como los problemas crónicos de piel, se mantienen estables hasta llegar al sobrepeso y luego aumentan con rapidez. Otras, como el colesterol alto, los problemas de próstata, la úlcera gástrica o los problemas menopáusicos, aumentan con el IMC hasta cierto punto y después tienden a estabilizarse.
Quizá los casos más llamativos sean que, al representarlos en un gráfico, dibujan una forma de “U” donde la prevalencia es más alta tanto en los valores más bajos como en los más altos del IMC. Este patrón apareció en las enfermedades respiratorias (EPOC) y el asma, así como en los problemas de salud mental, la migraña y las alergias. En otras palabras, tanto el bajo peso como la obesidad parecen asociarse a una mayor frecuencia de estas condiciones.
También observamos diferencias importantes según el sexo o la edad. Las mujeres presentan una mayor prevalencia que los hombres en varias enfermedades crónicas a lo largo de casi todo el rango de IMC, especialmente en osteoporosis, dolor de espalda, migraña, varices, alergias y problemas de salud mental. La edad también marca contrastes claros. Como cabía esperar, las personas mayores concentran una prevalencia más alta de la mayoría de las enfermedades, aunque hay excepciones: la migraña es más frecuente en edades intermedias y las alergias destacan más entre los adultos jóvenes.
Qué puede aportar esto a la salud pública
Estos resultados no son sólo de interés académico. Si cada enfermedad se relaciona de forma distinta con el IMC, las políticas de prevención también deberían ser más precisas. Las categorías amplias son prácticas y fáciles de comunicar, pero desde el punto de vista clínico y preventivo pueden quedarse cortas. Saber que el riesgo de una enfermedad empieza a aumentar en un determinado nivel de IMC—y no necesariamente en el umbral clásico de sobrepeso u obesidad—puede ayudar a detectar antes los problemas, orientar mejor las intervenciones y planificar mejor los recursos sanitarios.
Mirar más allá de la etiqueta
En el debate público, el IMC suele aparecer como una cifra que clasifica a las personas en grupos cerrados. Pero nuestros resultados sugieren que conviene mirar más allá de esa etiqueta.
La relación entre peso corporal y enfermedades crónicas no es uniforme ni simple. A veces el riesgo aumenta de forma gradual. A veces se dispara solo a partir de cierto punto. Y a veces los problemas aparecen tanto en los niveles más bajos como en los más altos.
Por eso, si queremos entender mejor cómo se relaciona el peso con la salud y diseñar políticas más útiles, quizá ha llegado el momento de dejar de pensar solo en categorías y empezar a pensar también en trayectorias y umbrales.
Porque, al final, entre “peso normal” y “obesidad” hay mucha más historia de la que parece. Y sí: después de hacer este trabajo, tengo que admitir que aquel médico probablemente tenía parte de razón cuando señaló en su informe que debía perder algo de peso. Aunque con un IMC de 26 yo no tenía comorbilidades, nuestros resultados sugieren que, en muchas de las enfermedades analizadas, la prevalencia mínima se sitúa por debajo de ese valor y que, a partir de ahí, la asociación empieza a aumentar.
*El IMC se obtiene dividiendo el peso (en kilos) entre la altura (en metros) al cuadrado. De forma general, se habla de bajo peso cuando es menor de 18,5; peso normal, entre 18,5 y 24,9; sobrepeso, entre 25 y 29,9; y obesidad, a partir de 30.
Referencias
Cámara AD, Spijker J (2010). Super size Spain? A cross-sectional and quasi-cohort trend analysis of adult overweight and obesity in an accelerated transition country. Journal of Biosocial Science 42(3):377-93.
Spijker J, Castro-Prieto P. (2024). The prevalence of chronic diseases according to Body Mass Index categories and integer. Paper presented at the Health, Morbidity and Mortality Working Group (EAPS) meeting, Bilbao, 25–27 September. https://hmmwg.vse.cz/wp-content/uploads/page/300/S5_Spijker.pdf