Desplazar lo humano, imponer lo tecnológico. Un nuevo modelo social.
Hace ya años (aunque me pareciese que fuera ayer, lo que me lleva a pensar en la relatividad del paso del tiempo) reflexioné en este blog sobre cómo muchas tecnologías - aparentemente diseñadas para facilitarnos la vida- terminaban trasladando trabajo y responsabilidad sobre su uso hacia las personas usuarias (el post está aquí, si quieres leerlo). Mi reflexión partía de un ejemplo cotidiano, como era la sustitución de trabajadores de banca por cajeros automáticos y cómo, ante un mal funcionamiento, lo que se ponía en duda era la capacidad del usuario. El uso de los cajeros automáticos, además, introduce cambios en nuestras relaciones sociales: ya no necesitamos dar los buenos días para sacar nuestro dinero. Se produce un desplazamiento del trabajo (ya no hay una persona cobrando un salario por ayudar a otra en sus gestiones bancarias) y un cambio en las relaciones sociales cotidianas. Otro ejemplo de ese desplazamiento del trabajo sería cuando pesamos nuestra propia fruta en el supermercado y después nos cobramos nuestra propia compra en la máquina de autopago.
En estos casos (y tantos otros) lo cierto es que la tecnología no necesariamente elimina tareas; simplemente desplaza quién las realiza. Mi sensación es que esa lógica no solo se ha consolidado, sino que además se ha naturalizado profundamente. Las generaciones más jóvenes ya no tienen que pedirle el tipo de corte de los filetes al carnicero; vienen ya precortados envasados en plásticos de un solo uso. No necesitan pedir la vez en la frutería ni podrán preguntar al charcutero cuál es el queso más rico para el bocadillo.
Ya casi ni pensamos en ello.
Nos hemos acostumbrado a hacer nosotros mismos una enorme cantidad de microtrabajos cotidianos que hace apenas unos años estaban distribuidos de otra manera. Reservamos citas, resolvemos incidencias en la recepción de paquetes de mensajeros que no hemos visto, enviados por personas con quienes nunca hemos hablado.
También gestionamos trámites administrativos y otras tantas cuestiones que nos requieren recordar contraseñas infinitas, validar nuestra identidad, demostrarle a una máquina que no somos un robot, aprender interfaces nuevas constantemente o resolver problemas técnicos que aparecen en mitad de cualquier actividad cotidiana.
Todo ello suele presentarse bajo una narrativa muy concreta: comodidad, autonomía, innovación, eficiencia. Solamente la parte de recordar contraseñas (“esa no vale; esa tampoco”) me supone más incomodidad que tener que hablar con el carnicero y evitar que se cuele Paca la del tercero C, pero en realidad ya no me dan la oportunidad.
Tal vez convenga recapacitar sobre una cuestión central: ¿para quién es realmente cómoda esta forma de organización de las actividades cotidianas? Insisto en que tengo muchas dudas acerca de que mi vida sea más cómoda ahora. Más sencilla estoy segura de que no es, pero a veces tengo la sensación de que no se puede reconocer en voz alta que tanta cosa automática me incomoda. Que no me parece un adelanto. Que nos quita más de lo que nos da. Que nuestra parte relacional ha desaparecido y que las generaciones más jóvenes ya no saben gestionar determinadas interacciones porque no lo necesitan. Hasta que lo necesitan.
Quizá una de las cuestiones más ¿interesantes? (no sé si es la palabra idónea) del envejecimiento es que vuelve visibles muchas fricciones que el resto de la sociedad todavía consigue invisibilizar. Cuando una persona mayor duda frente a un cajero automático, tarda en completar un trámite online o necesita ayuda para usar una aplicación, rápidamente aparece una explicación aparentemente obvia: “no sabe usar la tecnología”. Está siendo culpabilizada por un mal diseño, pero poniendo sobre la mesa cierta cuestión: esto que nos están diciendo que es comodísimo y que ha venido a simplificar la vida, no lo es y no lo hace así para todo el mundo.
La vuelta de tuerca es que “quizá” (siendo generosos) no estemos ante un déficit individual, sino ante sistemas diseñados bajo presupuestos extremadamente estrechos sobre cómo deben ser las capacidades de quienes los utilizan. Pero los cuerpos, los ritmos, los abordajes de los problemas cotidianos. Como si fuésemos mucho más homogénos de lo que que somos.
La tecnología contemporánea parece diseñada para sujetos permanentemente disponibles, cognitivamente ágiles (muy ágiles, de hecho), capaces de aprender interfaces nuevas de manera continua y preparados para adaptarse constantemente a cambios tecnológicos. Sujetos con buena visión, buena motricidad, tiempo disponible y suficiente seguridad como para resolver cualquier incidencia digital sin demasiada dificultad. Supongo que es obvio que la vida real no es eso; no funciona así. Y quizá, siendo aquí positiva y dando una pirueta conceptual grande, la vejez, precisamente, nos permite recordar esto.
Que no todos podemos todo. Que no todos podemos estar adaptándonos al cambio permanente. Que no es, o no solo, una cuestión de capacidad de absorber lo nuevo, sino que hay otras cuestiones que necesitamos tener en cuenta y que no dependen del usuario. Que la artrosis de las manos que impiden usar una tableta digital no puede ser solucionada desde el individuo (Ojalá) sino que las tecnologías no son todopoderosas. Y que no deben serlo. Que existe algo que podríamos denominar vulnerabilidad tecnológica y que impone la necesidad de repensar qué tipo de sociedad estamos creando, a quién estamos dejando fuera y cuál es la compensación de todo esto.
En realidad, todos atravesamos momentos de vulnerabilidad tecnológica a lo largo de la vida. Enfermedad, maternidad, cuidados intensivos, estrés, duelo o simplemente agotamiento cotidiano. La diferencia, quizá, es que la vejez hace estructural algo que el resto todavía puede experimentar de forma temporal.
Se me ocurre, a raíz de esto anterior, que hay momentos en los que cualquier trámite aparentemente sencillo (la declaración de la renta, por ejemplo, cuando hay algo un poco más complejo) se convierte en una carga enorme y que (quizá) eso de la vejez y las personas mayores (los otros, ya sabemos) funcionan en este contexto como un espejo futuro de nuestras propias dependencias.
Hemos huido de la interdependencia personal (en ese camino a la supuesta autosuficiencia) pero tenemos una profunda dependencia de lo tecnológico. Sin embargo, una vez impuesta esta dependencia sin alternativas, consideramos un fallo individual la falta de capacidad de adaptación. Insisto en algo que ya dije en el post que refería al principio: en cualquier otro ámbito, si un producto no funciona adecuadamente para buena parte de quienes deben utilizarlo, probablemente revisaríamos el diseño del producto.
Si nadie consigue abrir una puerta, el problema está en la puerta. Sin embargo, con la tecnología sucede algo extraño: damos por hecho que el problema está siempre en quien no consigue adaptarse suficientemente rápido.
Pero muchas de las soluciones tecnológicas dirigidas a personas mayores parten de una idea muy concreta de autonomía. Sensores, aplicaciones, robots, asistentes virtuales o sistemas de monitorización prometen la independencia en la vejez. Pero rara vez nos preguntamos qué significa exactamente esa independencia. ¿Será que estamos confundiendo autonomía e independencia con ausencia de vínculos o ausencia de necesidad de ayuda humana? ¿Puede ser que estemos considerando que depender de otras personas sea un fracaso, pero estemos validando la dependencia de la tecnología? ¿era un problema tener que depender de la persona que te pesaba la fruta en el supermercado?
No tengo claro que este modelo de dependencia me guste, la verdad. Tal vez más que el problema tecnológico, necesitemos pensar en qué forma de organización social hemos normalizado y si realmente nos interesa.
Quizá también debamos preguntarnos por qué estamos construyendo un mundo que exige tanta adaptación constante simplemente para poder participar en la vida cotidiana y a quién le sale rentable este sistema.
Tal vez este nuevo modelo social dependiente de la tecnología (pero tan independiente de lo humano) no sea tan positivo como nos habíamos creído.