Pensé comenzar este post de forma provocativa, diciendo que la vejez no existe, pero me parecía muy tramposo. Lo que no existe es la idea de vejez que parece ofrecerse desde ciertos marcos conceptuales, pero la vejez, como etapa vital, y el envejecimiento, como proceso que vivimos a diario, existen.
Hay algo profundamente curioso en cómo abordamos y pensamos socialmente la edad. Nadie piensa que la infancia o la juventud sean experimentadas para todos de la misma manera. Aceptamos que las experiencias son diferentes ya que están atravesadas por clase social, género, territorio (¿la experiencia de la juventud es igual en ámbito rural y urbano?), salud (y eso sin hablar de discapacidad), experiencias vitales o trayectorias educativas. Sin embargo, cuando hablamos de vejez parece que todo eso desaparece de golpe y que las diferencias anteriores sobrevuelan a las personas mayores, sí, pero sin posarse. Como si la vejez de Amancio Ortega fuese igual que la de tu vecino del quinto.
Basándonos en este “olvido “de las diferentes experiencias vitales y condiciones que las acompañan, millones de personas (muy distintas entre sí) pasan a formar parte de una única categoría: “las personas mayores”. Como si alcanzar cierta edad borrase las diferencias previas. Como si a partir de los 65 años todas las personas compartiesen los mismos problemas, las mismas necesidades, los mismos deseos y las mismas formas de vivir.
Pero ¿qué tienen realmente en común una persona de 66 años y otra de 102?
La pregunta parece absurda cuando se formula así pues las diferencias pueden parecernos evidentes, aunque en realidad nuestro pensamiento se iría automáticamente a cuestiones como la fragilidad, la dependencia, la vista, el oído, obviando cuestiones más profundas. Esas dos personas han vivido contextos históricos radicalmente diferentes y puede que (no necesariamente derivado de lo anterior) tengan situaciones económicas opuestas, trayectorias vitales incompatibles e incluso formas muy distintas de comprender el mundo. Pertenecen a generaciones distintas (su relación también sería “intergeneracional”, esa palabra que a veces se priva de contenido real, reduciéndola a una cuestión de oposición). Y, sin embargo, hablamos de ambas como si formasen parte del mismo grupo social homogéneo.
No estamos solo ante una diferencia de edad. Es una diferencia de experiencia histórica. De vidas. Una persona nacida hace un siglo ha vivido una guerra, una dictadura, cambios radicales en el papel de las mujeres, transformaciones tecnológicas y formas de relación completamente distintas. Incluso la experiencia de cuestiones aparentemente universales —la viudez, el trabajo, la jubilación, la maternidad o el cuidado— cambia enormemente dependiendo de la generación concreta a la que pertenezcas. Me atrevo a decir que incluso los duelos se experimentan de forma diferente, y no porque duelan menos, no se me ocurriría pensar eso, sino porque socialmente cómo los entendemos, es diferente. Esto es algo que pienso desde que entrevisté a mujeres muy mayores que seguían en duelo por la pérdida de un hermano en la infancia, pero que hablaban de ello con cierta normalidad, pues perder a un hermano no era inusual. De nuevo: eran mujeres de 90 años que aún echaban de menos a su hermano fallecido a los 8.
Volviendo a nuestro tema: a pesar de estas diferencias, seguimos pensando en una única vejez, desde un abordaje reduccionista que (no puede ser de otra forma) tiene consecuencias sobre la efectividad de los abordajes públicos y sociales que se hagan de la misma. Cuando reducimos la vejez a una categoría uniforme, terminamos construyendo soluciones únicas (enlatadas, diría) para problemas muy diversos, y que se dirigen a personas con grandes diferencias entre sí, sin prestar ningún tipo de atención a sus diferencias. Se habla de “los mayores” como si compartiesen idénticas necesidades tecnológicas (si es que las tuvieran), los mismos problemas de soledad o la misma relación con la autonomía y la dependencia. Como si compartiesen identidad, incluso.
Sin embargo, ni la soledad, ni la vulnerabilidad, ni siquiera la experiencia física del envejecimiento es igual para todas las personas. No lo es en ningún momento de la vida y no lo es tampoco al envejecer.
Algunas personas de más de 80 años tienen una vida social intensísima y personas mucho más jóvenes profundamente aisladas. Hay personas mayores que experimentan su vejez atravesada por la precariedad y otras que disponen de enormes recursos económicos. Hay quienes viven la jubilación como liberación (o como recuperación de sí mismos, de su tiempo) y quienes la experimentan como pérdida de identidad. Hay mujeres mayores sosteniendo cuidados de hijos, nietos o maridos dependientes mientras seguimos representando la vejez exclusivamente desde la fragilidad y la pasividad, como receptores y nunca como emisores. Insistimos en imaginar “la vejez” como una especie de territorio uniforme.
No creo que haya maldad en sí bajo el edadismo anterior; creo que es simple desconocimiento. Quizá la categoría vejez, cuando se comprende como homogénea, funciona como una simplificación cómoda. Y en un mundo tan sumamente complejo, es comprensible que ciertas personas aboguen por la simplificación conceptual. Ojo, es comprensible, pero no defendible, ni inevitable. Sigue sin estar bien, por cómodo que pueda resultarles a cerebros agotados de recibir información infinita.
El planteamiento anterior estaría asumiendo que, a partir de cierto momento, la trayectoria vital, la experiencia, dejasen de importar. Como si al envejecer las personas dejasen de ser en concreto para pasar a ser en abstracto, convirtiéndose simplemente en “una persona mayor”. Vejez comprendida como estadio que diluyen las diferencias de clase, de género, de territorio o de biografía bajo una identidad colectiva aparentemente homogénea.
Y claro. Todo lo que se diseñe pensando en esa homogeneidad que todo lo cubre (y a todos, y a todas), será por fuerza equivocado, limitado.
Esto resulta especialmente visible (recuperando aquí las ideas que me sobrevuelan en mis últimos posts) cuando observamos cómo se diseñan muchas tecnologías dirigidas a personas mayores. Da la sensación de que muchas de ellas parten de una idea de vejez que ya no existe. Una vejez construida desde la pasividad, el aislamiento, la incapacidad tecnológica y la dependencia absoluta. Como si todas las personas mayores tuviesen exactamente la misma relación con el cuerpo, con la tecnología o con el mundo.
Pero el problema no es únicamente tecnológico, claro. También sucede en los discursos públicos. La asociación automática entre vejez y soledad es un buen ejemplo. Hemos repetido tantas veces que las personas mayores están solas que casi hemos convertido la soledad en una característica natural del envejecimiento. Como si cumplir años implicase necesariamente aislamiento, tristeza o desconexión social.
Quizá una de las consecuencias más perversas de todo esta asimilación de la homogeneidad impuesta sea precisamente esa: dejar de preguntar qué hay detrás de cada vida concreta. Inevitablemente, cuando convertimos a millones de personas en una categoría abstracta dejamos de mirar las condiciones materiales, las trayectorias previas y las desigualdades acumuladas que atraviesan el envejecimiento.
No envejece igual quien tiene una pensión no contributiva que quien posee patrimonio, pero esto se nos olvida. Quizá es este olvido el que lleva a algunos a defender reformas de pensiones que empeorarían la vida de tantas y tantas personas. Quizá es esto lo que les haga olvidar a algunos que no envejece igual quien ha trabajado toda su vida en empleos físicamente duros que quien ha tenido recursos y tiempo, que no envejece igual una mujer que ha sostenido décadas de cuidados invisibles que quien nunca tuvo que cuidar de otros. Y que las vejeces de unos y otros es, por fuerza, muy diferente.
Por el contrario, reconocer la heterogeneidad de la vejez nos obliga a reconocer que las desigualdades sociales no desaparecen con la edad y que la vejez no sirve de parapeto para los sinsabores e la vida. Reconocer la heterogeneidad intragrupo de la vejez nos permitiría diseñar abordajes de las problemáticas que la atraviesan de una manera más eficaz, más inclusiva, más justa.
Necesitamos dejar de pensar la vejez como una categoría cerrada y empezar a pensarla como lo que realmente es: una experiencia profundamente diversa, atravesada por desigualdades, trayectorias y formas distintas de habitar el mundo.