La falacia de la autonomía y la trampa tecnológica
Hace unos días participé, junto a Eulalia Pérez Sedeño, en una conversación dentro de la jornada “Dislocaciones” sobre tecnología, vulnerabilidad y cuidados, organizada por María Cano Bonilla y Mónica Ramos Toro. La conversación fue muy interesante, la verdad, muy estimulante, y me dejó pensando sobre diversos temas. Destacaría, no obstante, una pregunta en concreto: hasta qué punto muchas de las tecnologías que supuestamente vienen a ayudarnos a vivir de forma “autónoma” parten, en realidad, de una concepción profundamente equivocada de lo que significa vivir en sociedad y de lo que encarna la propia concepción de autonomía. Y, en relación con esto, qué tecnologías supuestamente destinadas a facilitar nuestra vida están haciendo que esta sea más difícil.
Una de las grandes promesas contemporáneas es precisamente esa: cómo la tecnología facilita(rá) nuestra vida, nos hará más resilientes, más autónomos, más...más, en líneas generales. Y, de forma específica, como las tecnologías interaccionarán con el envjecimiento para dar lugar a vejeces más ¿felices?, más plenas, más…autónomas, de nuevo. Y desde este marco pondríamos sobre la mesa casas inteligentes, sensores, robots de asistencia, asistentes virtuales, aplicaciones para monitorizar la salud, dispositivos para combatir la soledad (no insisto de nuevo en qué pienso sobre ello, pero lo puedes ver aquí) o tecnologías diseñadas para permitir que las personas mayores permanezcan más tiempo en sus hogares. Todo parece orientado hacia la misma idea: mantener la independencia individual el mayor tiempo posible.
Pero ¿cómo entendemos esa independencia? ¿Autonomía en qué marco?
Me atrevería a decir que durante las últimas décadas (no sabría a en qué momento remontarme, la verdad, pero desde luego es algo reciente y que ha tomado fuerza en los últimos años) hemos construido una idea muy concreta de autonomía: una persona capaz de resolver sola sus necesidades cotidianas, sin depender de nadie, sin necesitar ayuda, sin, en realidad, interrumpir demasiado el funcionamiento del sistema. Una autonomía profundamente individualizada que, además, suele pensarse desde cuerpos concretos: cuerpos sanos, funcionales, rápidos, cognitivamente ágiles y capaces de adaptarse constantemente a nuevos entornos tecnológicos. Una independencia que no sea (insisto) una “carga” para el resto, para otros, para el sistema.
Pero la vida humana no funciona así. Nunca ha funcionado así y, por mucho que insistamos, no va a funcionar así ahora. No existimos sin contexto social. Y, de forma específica, tampoco va a funcionar así la vejez o el propio proceso de envejecer.
Me atrevería a decir que envejecer implica una serie de cambios sobre la comprensión del mundo. Entre ellos, pienso que nos hace más conscientes (por supuesto, no siempre de manera manifiesta) de algo que siempre ha estado ahí: la interdependencia. Necesitamos de otros constantemente, aunque durante mucho tiempo hayamos fingido que no. No me refiero solo a cuestiones relacionadas con la necesidad de cuidados, atención sociosanitaria…No es ni siquiera mi primer pensamiento. Dependemos de infraestructuras, de vínculos, de cuidados, de barrios habitables, de redes comunitarias, de transporte público, de servicios cercanos, de personas que sostienen la vida cotidiana. Del tendero, de la vecina que nos saluda y se da cuenta de que un día tenemos peor aspecto, del conductor de autobús que nos abre la rampa manual cuando la automática no funciona. También dependemos de personas con las que nunca nos relacionaremos de forma directa, como por ejemplo de quienes diseñan los espacios o las tecnologías que utilizamos.
Y quizá por eso muchas de las soluciones tecnológicas actuales me producen una sensación un tanto extraña: prometen autonomía mientras invisibilizan todas las dependencias que hacen posible la vida.
Para mí hay un ejemplo que me parece especialmente revelador. Podemos tener una vivienda perfectamente domotizada, llena de sensores y tecnologías diseñadas para favorecer la autonomía dentro del hogar. Pero ¿qué ocurre si el edificio no tiene ascensor? ¿Qué pasa si hay escaleras para acceder al portal y no puedo subirlas? ¿Qué sucede si las aceras son demasiado estrechas, si el pavimento está deteriorado o si han desaparecido las tiendas del barrio y no tengo donde comprar lo que necesito?
¿es posible entonces la autonomía? ¿qué vida sería esa, si puedo ser muy autónoma dentro de mi casa, pero no puedo salir de ella, o no puedo dar respuesta a las necesidades que tengo? Entiendo que la autonomía no consiste únicamente en poder prepararse un café o encender una luz mediante una aplicación móvil. La autonomía tiene que ver también con poder seguir formando parte de la vida social. Poder salir a la calle. Relacionarse con otros. Continuar habitando el mundo. Y la tecnología no nos está ayudando a eso.
Mi sensación es que estamos intentando resolver problemas profundamente sociales mediante dispositivos individuales. Como si la dependencia fuese una cuestión exclusivamente corporal y no también urbana, económica, relacional o política.
La desaparición de redes comunitarias, la expulsión de población de determinados barrios, la precarización de los cuidados, la individualización extrema de la vida cotidiana o el deterioro de los servicios públicos (esos que nos proporcionan una mayor longevidad y de los que depende la calidad de la misma) están mucho menos en la conversación pública que la última innovación tecnológica capaz de monitorizar constantes vitales o detectar caídas.
Durante años hemos escuchado que determinadas tecnologías permitirían a las personas mayores vivir de manera más independiente. Pero quizá deberíamos preguntarnos independientes de qué y de quién. Incluso para qué. Porque muchas veces esa supuesta independencia se traduce, en realidad, en una creciente desconexión de las redes humanas y comunitarias que sostienen la vida y que permiten que la longevidad tenga sentido.
Hay una frase que apareció varias veces en la conversación y que me parece importante recuperar: el problema no es la tecnología en sí misma, sino el “imperativo tecnológico”. Esa idea según la cual todo problema social debe tener necesariamente una solución tecnológica. Como si la innovación, los algoritmos y todo lo que se tilda de inteligente fuese siempre equivalente a bienestar.
Esto hace además que cualquier resistencia o cuestionamiento a determinadas formas de digitalización o a ciertos usos tecnológicos se considere automáticamente reaccionaria, freno a la evolución e idealización del pasado.
Creo, sin embargo, que necesitamos recuperar la capacidad de problematizar la tecnología. Preguntarnos para quién funciona realmente, desde qué idea de cuerpo y de existencia ha sido diseñada y qué tipo de sociedad está ayudando a construir.
Porque muchas veces la tecnología no elimina trabajo ni dependencia: simplemente los desplaza. Lo vemos constantemente en la vida cotidiana. Cajeros automáticos que sustituyen atención humana, aplicaciones que trasladan trámites administrativos a las personas usuarias, sistemas digitales que requieren aprendizaje continuo o dispositivos de cuidado que terminan generando nuevas cargas para quienes cuidan (y que invisibiizan aún más su labor). Y que, cuando no funcionan, desplazan responsabilidad (culpa, incluso) a las personas a quienes les cuesta más adaptarse, sin poner en duda el diseño, el sistema, la definición previa del problema al que supuestamente responden. Un poco lo que dije aquí.
Como me parece no solo tremendamente injusto sino ineficiente y hasta un tanto absurdo, me gustaría recuperar la idea de la interdependencia como condición necesaria para un “buen existir”. Porque frente a una sociedad obsesionada con la autosuficiencia como “yo-mí-me-conmigo”, reconocer que necesitamos a otros puede convertirse casi en un gesto revolucionario.
Tal vez el objetivo no debería ser construir personas mayores perfectamente autónomas dentro de hogares hipertecnologizados e hiperinteligentes, sino sociedades capaces de sostener la vida incluso cuando existe vulnerabilidad, sin convertir esa vulnerabilidad en un fracaso individual. Además, la pregunta para mí clave, sería no tanto el cómo la tecnología nos ayuda a vivir más, sino como hacemos para que la longevidad tenga sentido, para que las vidas sean no solo autónomas sino dignas, participativas, que merezcan ser vividas, simplificando mucho.
Y entre las infinitas aplicaciones útiles e inútiles que tengo en mi teléfono móvil, ninguna parece darme respuesta estas cuestiones. No me queda otra que seguir divagando, me temo.