Esperanza de vida saludable: una geografía de la desigualdad en España
En las últimas décadas, España se ha consolidado como uno de los países con mayor esperanza de vida del mundo, que en 2024 fue de 84,0 años (81,3 años para los hombres y 86,5 años para las mujeres). Sin embargo, hablar solo de esperanza de vida no basta para comprender la calidad del envejecimiento. Es importante saber si esos años adicionales de vida se viven en buenas condiciones de salud. Para medir los años vividos en buena y mala salud, contamos con la esperanza de vida saludable, que se ha convertido en un aspecto central de la investigación demográfica y de las políticas de salud pública. España ha logrado que una buena parte de esos años ganados de esperanza de vida se vivan de forma saludable, aunque la mejora no ha sido homogénea en todo el territorio. Las comunidades autónomas presentan diferencias significativas tanto en la duración de la vida como en los años libres de limitaciones o enfermedades.
La esperanza de vida saludable se puede medir de muchas formas, una de ellas es observando la presencia de enfermedades o condiciones crónicas, lo que nos permite calcular el promedio de años vividos con y sin enfermedades de una población. Centrándonos en este indicador, su evolución desde comienzos del siglo XXI muestra un panorama complejo. En general, tanto la esperanza de vida como la esperanza de vida sin enfermedades han aumentado, aunque no siempre al mismo ritmo. El avance ha sido sostenido durante buena parte de las dos últimas décadas, con un paréntesis marcado por la crisis económica iniciada en 2008 que en España alcanzó su peor momento alrededor de 2013, cuando la mejora de la esperanza de vida saludable se ralentizó mientras la esperanza de vida aumentaba al mismo ritmo. El otro gran retroceso se produjo en 2020, cuando la esperanza de vida cayó de manera abrupta debido a la pandemia de COVID-19. Tras este último golpe, la recuperación ha sido relativamente rápida, lo que confirma la solidez de la tendencia de fondo.
No obstante, cuando se observa la evolución temporal de la esperanza de vida libre de enfermedad a los 65 años a escala regional, la trayectoria ha sido desigual (Zueras y Rentería, 2021). En 2017, esta mostraba máximos en La Rioja, Castilla-León y las Islas Baleares para los hombres y en el País Vasco, La Rioja y Castilla-León para las mujeres, con más de 4 años de esperanza de vida libre de enfermedad. Al mismo tiempo, este indicador era mínimo en Galicia, con apenas un año para las mujeres y dos para los hombres, seguido por Valencia y Aragón (hombres), y Asturias y Canarias (mujeres). La tendencia temporal muestra que, entre 2006 y 2012, los años vividos sin enfermedad mejoraron en la mayoría de las regiones, tanto entre hombres como entre mujeres. Sin embargo, este indicador empeoró entre 2012 y 2017, especialmente para los hombres, que experimentaron una ligera expansión de la presencia de enfermedades cardiovasculares y de diabetes. Por el contrario, la tendencia de aumento de años de vida saludable fue más estable y continuada entre las mujeres, aunque con una carga persistente de dolencias que limitan más su movilidad, como la presencia de dolor de espalda.
Las razones de estas divergencias son múltiples y operan en distintos niveles, lo que demuestra que el progreso en salud no depende solo de los avances médicos, sino también de las condiciones sociales y políticas. A nivel individual influyen los estilos de vida (dieta, actividad física, tabaquismo y consumo de alcohol), las características biológicas y los factores socioeconómicos como la renta o la estabilidad laboral. En el ámbito urbano, la calidad del aire, la accesibilidad a servicios sanitarios, la disponibilidad de transporte público y zonas verdes, la calidad de la vivienda y la cohesión social de los barrios marcan la diferencia en la salud cotidiana. Por último, a nivel regional destacan las desigualdades estructurales, como el nivel de renta, la distribución de recursos sanitarios, los recursos de la atención primaria, las políticas de prevención y la inversión en servicios sociales (Rentería y Zueras, 2022). En concreto, España es un país con una de las desigualdades socioeconómicas entre regiones más elevadas de Europa (Díez-Minguela et al., 2018), lo que se suma al carácter descentralizado del sistema de salud español, en que gran parte de las competencias en la gestión de los servicios sanitarios y en la planificación de la salud pública recaen en las Comunidades Autónomas. El estudio de Rentería y Zueras (2022) reveló que el gasto público en salud fue una de las variables más importantes para explicar los cambios temporales en la esperanza de vida con y sin enfermedades en las diferentes regiones de España durante el periodo de 2006 a 2019, en el que se produjo la crisis financiera de 2008 y los posteriores recortes del gasto sanitario. Otras variables socioeconómicas como el PIB per cápita, o el nivel educativo de la región también fueron relevantes para explicar las tendencias temporales, aunque con un papel menor y siendo más relevantes en el caso de los hombres que de las mujeres.
En este contexto, el reto futuro es transformar el éxito en términos de esperanza de vida en una mejora efectiva y equitativa de la calidad de vida garantizando que los avances lleguen a todas las regiones por igual. No se trata únicamente de vivir más, sino de vivir bien. Esto implica reducir los años vividos con enfermedad o discapacidad, especialmente para las mujeres y las personas mayores, y reducir las brechas regionales y sociales. Para lograrlo, será necesario reforzar la prevención, invertir en servicios de atención primaria y salud pública, promover estilos de vida saludables y, sobre todo, reducir las desigualdades sociales y territoriales que impiden que todas las personas y comunidades disfruten por igual de los avances en salud. Así pues, es importante reforzar aquellas políticas que protejan la financiación y la universalidad del sistema, aumenten los recursos en los territorios más desfavorecidos y sitúen la equidad social en el centro de la planificación y la evaluación de las intervenciones. La experiencia de los últimos años ha demostrado que los contextos adversos, como las crisis económicas o las pandemias, tienden a agravar las desigualdades ya existentes. Por eso, garantizar una vida más larga y saludable para todos pasa por combinar intervenciones desde el nivel individual hasta el estructural, con un objetivo común: que los años ganados a la muerte se conviertan también en años ganados a la enfermedad.
Artículos de referencia:
Díez-Minguela, A., Martínez-Galarraga, J., Tirado-Fabregat, D. A. (2018). Regional Inequality in Spain, 1860–2015. Palgrave Macmillan, Basingstoke. https://doi.org/10.1007/978-3-319-96110-1
Rentería, E., & Zueras, P. (2022). Macro-level factors explaining inequalities in expected years lived free of and with chronic conditions across Spanish regions and over time (2006–2019). SSM-Population Health, 19, 101152. DOI: 10.1016/j.ssmph.2022.101152
Zueras, P., & Renteria, E. (2021). Trends in disease-free life expectancy at age 65 in Spain: Diverging patterns by sex, region and disease (vol 15, e0240923, 2020). PLOS ONE, 16(3). https://doi.org/10.1371/journal.pone.0240923