Todavía estamos imaginando la longevidad con imágenes del siglo pasado: Cambiar el relato para cambiar la mirada
¿En qué momento aprendemos qué significa hacerse mayor?
No suele ocurrir de golpe. Nadie nos sienta un día para explicárnoslo. Lo aprendemos poco a poco. En las películas que vemos desde pequeños, en las conversaciones familiares, en las noticias, en los anuncios que aparecen entre un programa y otro. Incluso en los cumpleaños, cuando empezamos a escuchar frases como “ya no tienes edad para eso” o “es normal, son cosas de la edad”.
Cada una de esas historias deja una pequeña huella. Y, juntas, terminan construyendo un imaginario colectivo sobre cómo se supone que es la vejez. El problema es que ese imaginario ya no siempre coincide con la realidad.
Vivimos más años que ninguna generación anterior. Una persona que hoy cumple 65 años puede tener por delante dos o incluso tres décadas de vida. Muchas siguen trabajando, emprenden nuevos proyectos, cuidan de sus nietos, hacen voluntariado, estudian idiomas, viajan, practican deporte o descubren aficiones que nunca antes habían tenido tiempo de explorar. Sin embargo, buena parte de los relatos que consumimos continúan hablando de la vejez como si fuera el principio del final. Quizá ese sea uno de los grandes retos culturales del siglo XXI.
No solo necesitamos adaptar nuestros sistemas de salud, nuestras ciudades o nuestras políticas públicas a una sociedad cada vez más longeva. También necesitamos actualizar las historias con las que explicamos qué significa vivir más años. Porque las narrativas nunca son inocentes.
Las historias que escuchamos condicionan las expectativas que construimos sobre nuestro propio futuro. Si durante décadas asociamos envejecer con desaparecer, depender o dejar de aportar, acabamos creyendo que ese será nuestro destino. Si, por el contrario, empezamos a mostrar la longevidad como una etapa compleja, diversa y llena de posibilidades, ampliamos el horizonte de lo que creemos posible para nosotros mismos.
No se trata de pintar una vejez perfecta. Sería un error sustituir un estereotipo negativo por otro excesivamente optimista. Envejecer implica pérdidas, cambios, incertidumbres y también fragilidad. Pero también significa experiencia, criterio, libertad, vínculos, tiempo para elegir y, en muchas ocasiones, una forma distinta y más consciente de estar en el mundo.
La realidad nunca cabe en un único relato. Por eso importa tanto preguntarnos qué historias estamos contando hoy.
Cuando una película convierte a la persona mayor en un personaje secundario cuya única función es hacer de abuelo o de enfermo, está transmitiendo una idea sobre el envejecimiento. Cuando una serie solo muestra la juventud como sinónimo de belleza, éxito o deseo, también lo está haciendo. Y cuando una campaña de publicidad se atreve a presentar a una persona mayor como protagonista de su propia vida, no solo está vendiendo un producto: está ampliando nuestra manera de imaginar el futuro.
Porque las imágenes que vemos cada día acaban convirtiéndose en el álbum mental con el que imaginamos nuestra propia vida. Y esa construcción importa más de lo que creemos.
Algún día todos habitaremos las historias que hoy estamos escribiendo sobre la longevidad.
Quizá la gran revolución de nuestra época consista en dotar de nuevos significados a esos años. En dejar de preguntarnos únicamente cuánto vamos a vivir para empezar a preguntarnos cómo queremos vivir, cómo queremos mirarnos y cómo queremos ser mirados.
Como periodista, llevo años entrevistando a personas que desafían muchos de los prejuicios que aún tenemos sobre la edad. Científicos, artistas, médicos, filósofos, deportistas o ciudadanos anónimos que me han enseñado que no existe una única manera de envejecer. Como investigadora, esa misma pregunta me ha acompañado hasta convertirse en una línea de investigación: comprender cómo los relatos que construimos sobre la longevidad influyen en la forma en que la imaginamos.
Y cuanto más escucho, más convencida estoy de una idea. La longevidad no empieza cuando cumplimos una determinada edad. Empieza mucho antes. Empieza el día en que decidimos cambiar la historia que nos contamos sobre lo que significa hacerse mayor.