28/03/2025

La revolución de la longevidad: vivir más, vivir mejor

La revolución de la longevidad: vivir más, vivir mejor

Este texto es resumen de la participación en la III edición del Foro Gehiago Biziz + Vida 2025, Bilbao.

Vivimos más que nunca. En España, la esperanza de vida supera ya los 83 años. Y para 2050, más del 40 % de la población tendrá más de 60 años. En 2040, según las proyecciones, nuestro país se convertirá en el más longevo del mundo, por delante incluso de Japón. Pero la cuestión ya no es cuánto viviremos, sino cómo. La longevidad ha dejado de ser una excepción para convertirse en una nueva condición estructural de nuestras sociedades. La revolución no es solo demográfica, es cultural, económica y sanitaria. Y ya está en marcha.

Este cambio no solo transforma las curvas poblacionales, sino que reconfigura la manera en que trabajamos, consumimos, enfermamos, aprendemos y nos relacionamos. Vivir más años no tiene sentido si esos años no se viven con calidad, autonomía y propósito. La clave no está solo en añadir vida a los años, sino en garantizar que esos años adicionales sean plenos. Por eso, más allá de los datos, la verdadera revolución de la longevidad consiste en cambiar la mirada: pasar del envejecimiento como carga a la longevidad como activo.

Durante décadas, hemos abordado el envejecimiento desde un enfoque de crisis: la presión sobre el sistema de pensiones, la saturación de los servicios sanitarios, la presunta pérdida de productividad. Pero esa narrativa ya no sirve. Es hora de preguntarnos si estamos preparados para rediseñar nuestras estructuras económicas, sociales y laborales con una lógica intergeneracional. Y la respuesta no puede esperar. Lo que antes llamábamos futuro, ya está sucediendo.

Los niños que hoy nacen en los países avanzados tienen un 50 % de probabilidad de superar los cien años. Y las generaciones mayores ya no son un bloque homogéneo de pasividad. La historia de Carmen, una mujer de 72 años que tras jubilarse como profesora se reinventa como mentora digital de jóvenes, ilustra bien este cambio. Como ella, millones de personas mayores están redefiniendo lo que significa envejecer. El talento sénior, lejos de estar en retirada, tiene mucho que aportar si se le dan las condiciones adecuadas. El desafío es estructural: debemos pasar del modelo tradicional de “educación-trabajo-jubilación” a ciclos de vida más flexibles, donde se pueda aprender, emprender y contribuir en todas las edades.

Los datos lo confirman. En un estudio elaborado por Oxford Economics y la Universidad de Salamanca para el CENIE, se concluyó que los hogares con personas mayores de 50 años generan el 60 % del consumo nacional y representan ya el 26 % del PIB. En lugar de retraer la economía, la longevidad la dinamiza. Además, durante la última gran crisis económica, las empresas con mayor proporción de trabajadores sénior registraron mejores resultados en ventas, productividad y empleo. Y, sin embargo, España sigue desaprovechando este potencial: solo el 3,4 % de los mayores de 65 años sigue trabajando, frente al 15 % de la media de la OCDE o el 25 % de Japón. No podemos permitirnos este lujo: somos uno de los países con mayor esperanza de vida del mundo… y también uno de los que menos integra a sus mayores en la vida laboral y social.

Uno de los sectores donde esta transformación es especialmente visible es el turismo. En 2019, los turistas mayores de 60 años que visitaron nuestro país aportaron más de 35.000 millones de euros al PIB español y generaron casi 600.000 empleos. Este segmento es menos estacional, más estable y con mayor poder adquisitivo. Además, demanda una oferta diferenciada, centrada en el bienestar, la salud y la cultura. Si combinamos estos factores con nuestro liderazgo en longevidad, tenemos la oportunidad de convertir a España en el gran referente internacional de la economía del bienestar. La longevidad no solo define nuestro perfil demográfico; puede definir también nuestro posicionamiento estratégico como país.

Pero este impulso solo será posible si abordamos con valentía uno de los grandes retos asociados a la longevidad: la fragilidad. No surge de forma repentina a los 80 años, sino que se desarrolla a lo largo de décadas, influida por múltiples factores como el estilo de vida, la nutrición, la actividad física o el entorno emocional. La buena noticia es que la fragilidad es un proceso maleable. Se puede prevenir, ralentizar o incluso revertir. Y aquí la clave se llama prevención.

Si logramos retrasar cinco años la aparición de la fragilidad en una persona, reducimos drásticamente su riesgo de dependencia. Según la OMS, un simple retraso de un año en la discapacidad podría disminuir en un 15 % la demanda de cuidados a largo plazo. En términos económicos, el impacto es gigantesco. Solo en hospitalizaciones y consultas sanitarias, una estrategia preventiva bien aplicada podría generar un ahorro anual superior a los
3.500 millones de euros en España. No se trata de gastar más, sino de reasignar con inteligencia los recursos. Prevenir no es un lujo, es la inversión más rentable.

El problema es que seguimos atrapados en un modelo sanitario que prioriza la enfermedad sobre la salud. Nuestra estructura se basa en dos pilares: la atención primaria, para tratar síntomas iniciales, y la atención hospitalaria, para tratar enfermedades avanzadas. Pero falta el tercer pilar: la atención preventiva. Debemos construirlo desde ya, con programas de detección precoz, intervenciones personalizadas apoyadas en inteligencia artificial, promoción del ejercicio y la salud mental, y modelos de acompañamiento integral a lo largo del ciclo vital.

Desde el CENIE, estamos desarrollando iniciativas como Iberlongeva, que buscan precisamente anticiparse a los factores que desencadenan la fragilidad, actuando sobre ellos con soluciones basadas en la evidencia. No hablamos de utopías, sino de un nuevo paradigma: una sanidad centrada en la funcionalidad, la autonomía y la calidad de vida. En definitiva, una sanidad más humana, más eficiente y más justa.

La longevidad bien gestionada no es una carga. Es una ventaja competitiva. Pero para convertir ese potencial en realidad, necesitamos un nuevo marco mental. Políticas innovadoras, cambios culturales, alianzas público-privadas y una ciudadanía que asuma que vivir más también implica nuevas formas de participación, trabajo y bienestar. España tiene todo para liderar este cambio: un entorno atractivo, una población longeva, un sistema de salud sólido y un capital social que apuesta por la vida.

El futuro de la longevidad no está escrito. Y no hay destino inevitable. Solo decisiones por tomar. Si seguimos viendo el envejecimiento como un problema, lo será. Pero si aprendemos a diseñarlo, a gestionarlo y a impulsarlo, puede convertirse en la mayor oportunidad de desarrollo del siglo XXI. La revolución de la longevidad no consiste solo en vivir más. Consiste en vivir mejor. Y en asegurarnos de que ese “mejor” sea para todos.