Razones para vivir y cantar la vida en las sociedades longevas
En mi libro Razones para vivir y cantar la vida. Ideas para crecer, compartir y transformar el mundo (Pirámide), he querido volver a una pregunta tan antigua como urgente: qué hacer con nuestra vida. No es una cuestión menor ni una disquisición reservada a los filósofos. Es, en realidad, el gran asunto humano. Todos vivimos, pero no todos vivimos del mismo modo. Todos atravesamos el tiempo, pero no todos encontramos razones suficientes para hacerlo con sentido, con dignidad y, en la medida de lo posible, con alegría.
Kant formuló tres grandes preguntas que siguen iluminando nuestra existencia: qué puedo saber, qué debo hacer y qué me cabe esperar. La primera remite al conocimiento; la tercera nos sitúa ante el misterio; la segunda, en cambio, nos interpela de lleno. ¿Qué hacemos con nuestra vida? ¿Cómo la orientamos? ¿Qué decisiones tomamos? ¿Qué biografía construimos? Esa es, para mí, la cuestión central. No decidimos nacer. Llegamos al mundo condicionados por la familia, la cultura, la escuela, las normas sociales y las circunstancias. Pero, aun así, tenemos un margen de libertad. Y con ese margen vamos trazando nuestro recorrido, a veces con lucidez y otras a trompicones.
Hoy esta pregunta es especialmente importante. Vivimos en sociedades que han logrado alargar la vida como nunca antes. Es un éxito histórico indiscutible. Pero precisamente por eso debemos hacernos una pregunta complementaria: no solo cuánto vivimos, sino cómo vivimos, para qué vivimos y con qué razones seguimos queriendo vivir. Porque una sociedad longeva no puede contentarse con añadir años al calendario. Tiene que aspirar a llenar esos años de sentido, de afectos, de cuidado, de participación y de belleza.
La ciencia ha ampliado de forma admirable nuestro conocimiento sobre la salud, el cuerpo, el envejecimiento y el bienestar. También la tecnología ofrece recursos extraordinarios. Sin embargo, conviene no engañarse: ni la ciencia ni la técnica pueden responder por sí solas a la pregunta esencial sobre la vida buena. Pueden ayudarnos a vivir mejor, a prevenir, a curar, a acompañar. Pero no sustituyen la responsabilidad de pensar, decidir y orientar nuestra existencia. Y menos aún si esos recursos no están guiados por una ética democrática, justa y verdaderamente humana.
Me preocupa decir esto en un tiempo atravesado por guerras, discursos de odio y formas crecientes de sufrimiento. No lo digo desde un optimismo ingenuo. Lo digo, precisamente, porque creo que necesitamos reivindicar con más fuerza que nunca una visión de la vida que no se rinda ante el cinismo ni ante la destrucción. En este sentido, Spinoza sigue siendo una referencia mayor. Supo ver que la vida contiene un impulso profundo a perseverar en el ser, un deseo de seguir viviendo, de buscar aquello que favorece nuestra existencia y mejora nuestro bienestar. Frente a tanto ruido sombrío, sigo creyendo que ese impulso sigue vivo y merece ser fortalecido.
También Camus me acompaña en esta reflexión. Lo admiro por su honestidad, por su valentía ante los totalitarismos y por su negativa a mentirse sobre la condición humana. En sus obras encontramos el absurdo, la intemperie y la rebeldía; pero también la posibilidad de encontrar un sentido en la responsabilidad compartida. La peste, por ejemplo, nos muestra a un médico y a un sacerdote que, desde posiciones distintas, coinciden en una verdad fundamental: cuando la vida está amenazada, cuidar a los demás se convierte en una forma superior de sentido. Creyentes y no creyentes tenemos mucho que aprender de esa lección.
En el libro dedico también una atención central a las emociones y a la personalidad. No hay vida buena sin una educación de los afectos. Desde el punto de vista personal y social, los afectos sexuales y empático-sociales son decisivos. El deseo, la atracción y el enamoramiento forman parte de nuestra experiencia vital. Pero también el cuidado, el apego, la amistad, la red social y el altruismo. Somos seres necesitados de otros. Necesitamos ser queridos, reconocidos, acompañados y sostenidos. Y necesitamos, igualmente, cuidar, proteger y dar.
Esto se hace especialmente evidente en la vejez. Podemos perder independencia o autonomía en algunos aspectos, pero no desaparece nunca la necesidad de afecto. No se extingue el apego. No se borra la necesidad de cuidados. No se disuelve el deseo de seguir siendo importantes para alguien. Cuando esto falla, aparecen sufrimientos muy hondos: la soledad emocional, por carencia de apego y cuidados; la soledad social, por falta de amistad o red relacional; la soledad amorosa o sexual, cuando desaparece la intimidad compartida. Hablar de envejecimiento sin hablar de afectos es no entender casi nada.
Por eso me resisto a una visión de la longevidad puramente biológica, funcional o administrativa. La vida humana no se agota en la salud clínica ni en la supervivencia. También necesita lo lúdico, lo simbólico y lo estético. Necesita disfrutar de la naturaleza, de la música, de la literatura, del arte, de la conversación, del juego, del silencio compartido. Hay una parte de la existencia que no puede medirse solo en términos de rendimiento, productividad o utilidad, y sin embargo resulta decisiva para nuestro bienestar.
En este horizonte, Beethoven ocupa para mí un lugar muy especial. Fue capaz de reconocer lo mejor y lo peor del ser humano sin renunciar a una esperanza radical. Cuando compone el Himno a la Alegría, no está expresando una ingenuidad, sino una apuesta civilizatoria: la de una humanidad que, pese a sus abismos, puede reconocerse como comunidad de destino. No es casual que ese himno haya llegado a representar a Europa. En él resuena una convicción profundamente moral: todos los seres humanos somos hermanos.
La felicidad o el bienestar personal no consisten en una euforia constante ni en la ausencia de dolor. Consisten, más modestamente y más profundamente, en poder mirar la propia vida y reconocer que uno ha intentado vivir con sentido, mejorar lo que estaba en su mano y contribuir, aunque sea modestamente, al bien de otros. Todo el tiempo que dediquemos a reflexionar, analizar, decidir y llevar a cabo mejoras en nuestra vida y en la de los demás, especialmente en la de quienes tenemos más cerca, nos acerca a una forma más honda de bienestar.
Esa es, en el fondo, la convicción que sostiene el libro y que hoy quiero compartir también aquí: en las sociedades longevas no basta con vivir más. Necesitamos tener razones para vivir. Razones para cuidar, para crear, para compartir, para aprender, para amar, para agradecer y, a pesar de todo, para cantar la vida.
Autoría: Félix López Sánchez