Vivimos más, pero seguimos llegando tarde
España e Italia tienen las tasas de natalidad más bajas del mundo y el mayor porcentaje de población mayor de 65 años de la historia. Y sin embargo a los latinos no nos gusta “prepararnos para lo que viene”, preferimos la improvisación.
En esta tribuna reflexiono sobre por qué los ciudadanos de los países del sur de Europa e Iberoamérica somos por lo general tan malos planificando nuestra vejez, ¿Es cultura, es sistema o es biología? Y una vez analizadas las causas propongo además un cambio de mirada urgente porque el envejecimiento no es una amenaza que viene, es una realidad que ya está aquí y que nos va a pillar, una vez más, desprevenidos.
En 2070, España tendrá unos 227.000 centenarios. Hoy tiene 14.277. Somos, junto a Italia, los campeones mundiales de la longevidad y, al mismo tiempo, el país desarrollado que menos se ha preparado para vivir mucho tiempo. Si esto fuera una asignatura, habríamos suspendido.
Hoy, uno de cada cinco españoles tiene más de 65 años. En 2045 serán uno de cada tres. Y la proporción de trabajadores que sostienen ese sistema se desploma en picado: en 1980 había 5,3 trabajadores por cada pensionista. Hoy son 2. En 2060 serán 1,3, es decir que para entonces una persona financiará casi íntegramente la pensión de otra.
El peligro de un Estado en exceso generoso
Y en este contexto, ¿qué hacemos para asegurarnos de tener ingresos suficientes en nuestra vejez? pues poco y mal, porque casi todos estamos apoltronados en un sistema público “tio gilito”, que es tan generoso que casi nadie siente la necesidad de ahorrar. Cuando te jubilas, te cae por la gracia de Dios una pensión. Así que la mayoría pensamos: ¿para qué voy a ahorrar si el Estado ya lo hace por mí?
Así que los españoles preferimos tener el dinero en la caja o en depósitos, pero no en planes o fondos de pensiones. Se han hecho intentos para que ahorremos con el apoyo de las empresas, pero por ahora no están funcionando.
Y este patrón se repite con inquietante precisión en otros países del Sur de Europa y al otro lado del Atlántico. Por ejemplo, en Ecuador, solo uno de cada cuatro mayores de 65 años recibe una pensión. Los demás tienen un plan alternativo: seguir trabajando. El 82% de ellos, en la informalidad. Según las encuestas de capacidades financieras de CAF y la OCDE en Brasil, Colombia, Ecuador y Perú, una proporción destacable de la población de esos cuatro países tiene niveles bajos de educación financiera y escasa preparación para la vejez. En Iberoamérica, solo 17 de cada 100 trabajadores independientes cotiza a algún sistema de previsión. El resto confía en la familia, en el Estado, en la suerte o en los tres a la vez.
¿Es cultura, sistema o biología?
Probablemente estemos ante una mezcla de estos ingredientes: una cultura tradicionalmente familiarista ayuda a pensar que con nosotros pasará eso de “mis hijos me cuidarán”. Un sistema proveedor como el nuestro, desincentiva el ahorro y finalmente, la biología no nos ayuda. A los humanos no nos gusta planificar y en nuestro cerebro habita el sesgo del presente que procesa a la persona que seré dentro de 30 años casi como si fuera una extraña.
Además, la realidad muestra que hay algo culturalmente compartido en el mundo latino: el presentismo: una relación con el tiempo en la que el presente siempre gana al futuro. Un rasgo cultural que probablemente se explica en unos sistemas que sistemas han fallado históricamente y unas crisis económicas que han fundido los ahorros de toda una vida, desconfiar del largo plazo tiene lógica. Pero esa lógica defensiva tiene un coste enorme.
Por eso si queremos cambiar necesitamos, por un lado, comprender cómo somos individual y socialmente y entender que nuestro sistema no es sostenible.
Un cambio de mirada urgente
El envejecimiento no es una amenaza que viene. Ya está aquí. Y seguimos hablando de él en futuro, como si tuviéramos tiempo. No lo tenemos, pero hay tres cosas que podría cambiar nuestro destino. Te las cuento:
La primera, la introducción de cambios en nuestros sistemas para incentivar el ahorro a través de los numerosos instrumentos que ya se usan con éxito en otros países: Cotizaciones obligatorias, sistemas automáticos de inscripción, incentivos fiscales reales. planes de pensiones de empresa como palanca colectiva.
Segundo, empezar a ahorrar pronto, aunque sea poco. Comprender que el interés compuesto es la única magia que existe en finanzas.
Tercero, y quizás lo más difícil, cambiar el relato: dejar de presentar la vejez como catástrofe y empezar a tratarla como una etapa que merece ser diseñada, a eso lo llamo yo “envejecimiento inteligente” o “smart ageing”.
Los países del sur europeo e Iberoamérica hemos construido algunas de las civilizaciones más sofisticadas de la historia. Hemos resuelto problemas enormes y este también lo podemos resolver. Pero solo si dejamos de fingir que no existe.
El despertador lleva años sonando y ya es hora de levantarnos. Te invito a dejar el club de la impresión y a sumarte al de la longevidad consciente.
Autoría: María Jesús González Espejo