Durante décadas hemos dibujado la vida como una línea recta y previsible: estudiar, trabajar, jubilarse. Tres tramos claros: juventud, vida adulta y vejez. Un guion que funcionaba porque se ajustaba a una realidad biológica y social que hoy ha cambiado de forma radical.
Esa línea ya no existe. Y si aún existe en nuestro imaginario colectivo, quizá ha llegado el momento de empezar a borrarla.
España y Portugal están entre las sociedades más longevas de Europa. España lidera la UE con una esperanza de vida de 84 años y Portugal supera los 81. Según el INE, en 2055 casi un tercio de la población española tendrá más de 65 años.
Vivimos más —y durante más tiempo después de los 65—, pero nuestras estructuras sociales, económicas y culturales siguen organizadas como si la vida apenas superara los 65 años, como ocurría a mediados del siglo XX. La longevidad no es solo una cuestión demográfica. Es un cambio estructural que redefine el trabajo, la formación, la economía, el urbanismo, la comunicación y las relaciones entre generaciones.
El mercado laboral sigue penalizando a quienes superan los 50 años. En España, la tasa de empleo entre los 55 y los 64 ronda el 53%, muy por debajo de países como Suecia o Alemania, donde supera el 75%. Es un desaprovechamiento evidente de talento y experiencia acumulados durante décadas.
Al mismo tiempo, la formación continúa pensándose como si el aprendizaje terminara con la universidad, cuando sabemos que la capacidad de aprender se mantiene activa mucho más allá de lo que el imaginario colectivo asume.
En los últimos años he entrevistado a personas de 80, 90 y más de 100 años que no hablan de final, sino de continuidad. He conversado con médicos que investigan cómo alargar la healthspan —el período de vida con salud plena—, no solo el número de años. Con alcaldes donde la longevidad convive con el reto demográfico: municipios donde más del 40% de la población supera los 65 años y donde la pregunta no es cómo gestionar el envejecimiento, sino cómo construir comunidad con él. Con creativos y directores de comunicación que empiezan —por fin— a representar a las personas mayores como sujetos activos, con deseos, con necesidades, con complejidad, y no como estereotipos reducidos a la fragilidad o la nostalgia.
La economía plateada —el conjunto de actividades económicas vinculadas a las personas mayores— ya representa en Europa más del 25% del PIB y se estima que seguirá creciendo de forma sostenida en las próximas décadas. No es un nicho. Es un motor económico que muchas empresas todavía no saben cómo leer ni cómo acompañar.
Y la pregunta que aparece una y otra vez es la misma: ¿Estamos preparados para vivir más tiempo del que habíamos previsto?
La nueva línea de la vida ya no es recta ni se divide en tres actos. Es más larga, más flexible, más híbrida. Incluye segundas carreras profesionales, proyectos creativos que comienzan a los 70, relaciones que se reinventan, migraciones internas hacia territorios más habitables, formas de cuidado que desbordan el modelo tradicional de la familia nuclear. Exige nuevas políticas públicas que vayan más allá del sistema de pensiones. Exige nuevas narrativas que abandonen la ecuación vejez-dependencia. Y exige nuevas formas de colaboración intergeneracional que no se basen en la tolerancia, sino en el reconocimiento mutuo.
Desde este espacio en CENIE quiero contribuir a ampliar esa conversación: analizar cómo la longevidad está transformando nuestros territorios, nuestra economía y nuestra cultura; explorar qué estamos haciendo bien y qué seguimos pensando con categorías del siglo pasado; y, sobre todo, preguntarnos qué modelo de sociedad queremos construir cuando los 50, los 60 o los 70 ya no son una fase declive, sino una etapa central de la vida.
La longevidad no es un problema que gestionar. Es una conquista social que debemos aprender a organizar. Ha sido el resultado de décadas de avances médicos, mejoras en las condiciones de vida y sistemas de protección que transformaron nuestras sociedades.
Ahora nos enfrentamos a una pregunta nueva: ¿cómo vivir bien una vida más larga de la que habíamos imaginado?
La línea de la vida necesita ser redibujada con ambición y con mejores estructuras para sostenerla.