17/01/2026

Cuando el mundo se mueve: encontrar propósito en tiempos de incertidumbre

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Vivimos una época en la que el suelo parece desplazarse bajo nuestros pies.

Conflictos geopolíticos, transformaciones económicas, crisis climáticas, avances tecnológicos acelerados y un cambio demográfico sin precedentes conviven en un mismo presente. Todo ocurre a la vez. Todo parece provisional. Y, en medio de ese ruido, muchas personas experimentan una sensación compartida: la dificultad para orientarse, para proyectarse, para encontrar propósito.

La incertidumbre no es nueva, pero sí lo es su intensidad y su simultaneidad. Nunca habíamos vivido tanto tiempo en contextos tan cambiantes. Y eso obliga a reformular una pregunta esencial: ¿cómo encontrar sentido cuando los marcos conocidos dejan de servir?

Un mundo que ya no responde a los viejos mapas

Durante décadas, el propósito vital se construía sobre trayectorias relativamente estables: formación, trabajo, familia, jubilación. El mundo ofrecía una cierta continuidad que permitía planificar. Hoy, ese esquema se ha fragmentado.

Las reglas económicas cambian, las alianzas internacionales se reconfiguran, las certezas institucionales se erosionan. A la vez, vivimos más años que nunca. El resultado es una paradoja inédita: tenemos más tiempo de vida, pero menos claridad sobre cómo vivirlo.

En este contexto, buscar propósito no significa encontrar respuestas definitivas, sino aprender a vivir con preguntas abiertas.

La longevidad como marco, no como problema

El cambio demográfico no es un telón de fondo: es el escenario principal. Las sociedades longevas amplifican la incertidumbre porque alargan el horizonte vital. Las decisiones ya no se toman para una sola etapa, sino para varias vidas dentro de una misma vida.

A los 60, a los 70 o a los 80, muchas personas se preguntan:

¿qué hago ahora?, ¿para qué sigo siendo útil?, ¿qué merece mi energía?

Estas preguntas no son síntoma de pérdida, sino de responsabilidad vital. En sociedades longevas, el propósito deja de ser un logro temprano y se convierte en una práctica continua.

Del control al sentido

Cuando el mundo se vuelve imprevisible, tendemos a buscar control. Pero el control es una ilusión frágil en tiempos de transformación estructural. El propósito, en cambio, no exige dominar el contexto, sino habitarlo con coherencia.

Encontrar propósito hoy no pasa por fijar metas rígidas, sino por identificar principios orientadores:

– aquello que nos importa,
– aquello que nos conecta con otros,
– aquello que da dirección incluso cuando el camino cambia.

El propósito no elimina la incertidumbre, pero la hace vivible.

Propósitos pequeños en tiempos grandes

Uno de los errores más frecuentes es pensar el propósito en términos grandilocuentes. En épocas convulsas, el sentido no suele aparecer como una misión épica, sino como decisiones cotidianas con significado.

Cuidar, aprender, acompañar, transmitir experiencia, participar en la vida comunitaria, sostener vínculos, seguir haciéndose preguntas. En sociedades longevas, estos gestos adquieren una densidad nueva: son formas de contribuir cuando el mundo parece desordenarse.

El propósito no siempre cambia el mundo; a veces impide que el mundo nos deshaga por dentro.

La experiencia como brújula ética

En momentos de transición global, la experiencia acumulada es un recurso estratégico. Las personas que han atravesado crisis, cambios de época y transformaciones profundas poseen algo escaso: perspectiva.

Las sociedades longevas no deberían arrinconar esa experiencia, sino activarla. El propósito, para muchas personas mayores, no consiste en empezar de cero, sino en poner lo vivido al servicio del presente.

Transmitir criterio, relativizar urgencias, ofrecer calma en medio del ruido: ese es un propósito silencioso, pero profundamente político.

Comunidad frente a desconcierto

La incertidumbre se vuelve insoportable cuando se vive en soledad. En cambio, compartida, se transforma. Por eso, en tiempos de nuevo orden mundial, el propósito se construye mejor en clave colectiva.

Conversar, pensar juntos, disentir sin romper, sostener espacios comunes de reflexión y cuidado. Las sociedades longevas tienen aquí una ventaja: tiempo para tejer comunidad.

El propósito no es solo individual; es también relacional. Se fortalece cuando encontramos lugares donde nuestra presencia importa.

Una ética del estar

Quizá el mayor aprendizaje de este tiempo sea que el propósito ya no consiste en llegar, sino en estar. Estar atentos. Estar disponibles. Estar comprometidos con la vida tal como es, no como nos gustaría que fuera.

En un mundo que se reordena, el propósito no es una respuesta cerrada, sino una actitud: la de seguir participando, incluso cuando no entendemos del todo hacia dónde vamos.

Las sociedades longevas nos recuerdan algo esencial: el sentido no se agota cuando cambian los mapas; se redefine.


Cuando el mundo se vuelve incierto, ¿qué te ayuda a mantener el rumbo?