05/11/2026

La sensualidad de lo suficiente

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Cuando la cultura contemporánea pronuncia la palabra «sensualidad», suele asociarla de inmediato al cuerpo, al erotismo o a los códigos de la atracción. Sin embargo, desde una perspectiva sociológica, la sensualidad constituye un territorio mucho más amplio: puede entenderse como la capacidad de habitar plenamente el mundo a través de los sentidos.

Mientras la sexualidad responde a una dimensión biológica y el erotismo a una compleja construcción cultural del deseo, la sensualidad remite a una disposición perceptiva. Está presente en el aroma del café recién molido al amanecer, en el rumor del mar durante un paseo, en la textura de un libro entre las manos o en la complicidad de una conversación compartida. Es, en esencia, el arte de estar presentes.

Frente a la creencia ampliamente difundida de que el paso del tiempo implica un inevitable empobrecimiento sensorial, resulta necesario defender una idea distinta: algunas de las formas más profundas de sensualidad emergen precisamente en la segunda mitad de la vida. No porque la biología agudice los sentidos, sino porque la experiencia transforma nuestra manera de mirar, escuchar y atender.

Existe una paradoja característica de las sociedades contemporáneas. La juventud dispone de un amplio horizonte temporal, pero con frecuencia vive orientada hacia lo que vendrá. Se estudia para el futuro, se trabaja para el futuro y se pospone el disfrute para un momento posterior. La conciencia de la finitud introduce una lógica diferente. Cuando el tiempo deja de percibirse como un recurso inagotable, cada experiencia adquiere un valor nuevo.

Como señala Marc Augé (2016), comprender el envejecimiento exige ir más allá de los indicadores biomédicos para atender también a la experiencia subjetiva del tiempo. Envejecer no significa necesariamente sentir menos. En muchos casos significa dispersarse menos. De hecho, la vejez  favorece una administración más selectiva de la energía emocional, una relación menos compulsiva con la novedad y una atención más concentrada sobre aquello que verdaderamente importa.

Esta transformación no responde únicamente a factores biográficos o culturales. También el cuerpo introduce sus propios ritmos. La disminución progresiva de la energía disponible, la necesidad de alternar actividad y descanso o una menor tolerancia a la aceleración permanente favorecen, en muchas ocasiones, una relación más pausada con el tiempo y con la experiencia.

Lejos de constituir únicamente una pérdida, esta ralentización fisiológica puede convertirse en una oportunidad para percibir con mayor atención aquello que antes quedaba oculto bajo la urgencia. 

Quizá una de las aportaciones menos reconocidas del envejecimiento sea precisamente esta: obligarnos a vivir más despacio en una cultura que identifica sistemáticamente velocidad con plenitud.

Tal vez la diferencia pueda expresarse de una forma sencilla. La juventud posee la sensualidad del descubrimiento; la madurez desarrolla la sensualidad de la atención. La primera encuentra placer en lo nuevo. La segunda descubre profundidad en aquello que ya conoce. La juventud explora el mundo; la madurez aprende a habitarlo.

Naturalmente, esta experiencia no se manifiesta de igual manera en todas las personas. Las condiciones materiales de existencia, la salud, el género, la trayectoria laboral o los contextos culturales influyen profundamente en la forma de vivir el envejecimiento. Sin embargo, más allá de esta diversidad, muchas personas describen una transformación semejante: la capacidad creciente para apreciar experiencias ordinarias que durante años habían pasado inadvertidas.

Conviene evitar, sin embargo, cualquier idealización de la vejez. Ni la edad produce automáticamente serenidad ni el simple transcurso del tiempo garantiza una relación más consciente con la existencia. Como cualquier aprendizaje humano, la capacidad de disfrutar de «lo suficiente» requiere determinadas disposiciones culturales, educativas y reflexivas. La madurez ofrece una oportunidad, pero no una recompensa asegurada.

Una mujer que durante décadas habitó la urgencia de los relojes, los cuidados y la agenda ajena puede descubrir  tras la jubilación un goce casi litúrgico: sostener entre las manos la tibieza de una taza de café recién hecho, mientras la luz clara de la mañana dibuja sombras lentas sobre la madera y el silencio de la casa se vuelve un espacio habitable. Un hombre acostumbrado al pulso frenético del mercado laboral redescubre la cadencia de andar sin rumbo por un sendero de tierra, sintiendo el crujido crujiente del follaje bajo sus pasos y el aroma fresco de la resina en el aire. Nada extraordinario ha sucedido en el exterior. Lo que se ha transformado es la hondura de la atención

La investigación sobre longevidad ha prestado una atención imprescindible a cuestiones como la salud, la dependencia funcional o la adaptación a la jubilación. Sin embargo, junto a esos procesos existe esta otra ganancia menos visible: la posibilidad de desarrollar una relación más libre e intensa con la experiencia sensible.

Solemos contabilizar con precisión aquello que se pierde, pero prestamos mucha menos atención a aquello que se gana. En el ámbito de la psicología positiva, Fred Bryant y Joseph Veroff (2007) introdujeron el concepto de savouring para describir la capacidad de atender, apreciar y prolongar conscientemente las experiencias positivas. Lo que la psicología denomina savouring, la filosofía antigua identificó como una forma de sabiduría práctica y la sociología puede interpretarlo como una transformación de nuestra relación con el tiempo.

En la vejez, esta capacidad se convierte en una sofisticada microfísica del bienestar: un paseo deja de ser un mero desplazamiento funcional para transformarse en un ejercicio de observación; un libro se convierte en una morada; una sobremesa, en un espacio sagrado de afecto sin rendimientos. Del mismo modo, la caricia y la intimidad compartida liberan su vertiente más auténtica, alejándose de la urgencia para afirmarse como la forma más plena y consciente de la sexualidad. La felicidad abandona así la tiranía de lo excepcional para asentarse en la densidad de lo ordinario

Esta capacidad de disfrute consciente entra en tensión con una de las lógicas dominantes de nuestro tiempo: la exigencia permanente de productividad. Diversos autores han mostrado cómo los imperativos de rendimiento tienden a extenderse más allá del ámbito laboral, colonizando progresivamente los espacios del descanso, el ocio e incluso el cuidado personal (Han, 2010; Lupton, 2016; Rosa, 2016).

En esta línea, Marina Subirats (2024) ha reflexionado sobre los mandatos culturales que organizan nuestras biografías y condicionan nuestra relación con el tiempo. Incluso durante la etapa senior, la sociedad de consumo promueve una longevidad orientada al rendimiento: contabilizar pasos, monitorizar métricas del descanso, medir la variabilidad cardíaca o funcionalizar la alimentación, reduciendo el bienestar a un algoritmo de eficiencia personal.

Quizá una de las pérdidas más silenciosas de las sociedades aceleradas no sea la falta de tiempo, sino la dificultad creciente para habitarlo. Vivimos rodeados de estímulos y, sin embargo, prestamos una atención cada vez más fragmentaria. La sensualidad madura cuestiona precisamente esta lógica cultural de la distracción permanente.

Frente a esta hipertrofia de la utilidad, la senectud puede convertirse en un espacio privilegiado de resistencia cultural. La sensualidad en estas etapas finales de la vida no pregunta cuánto se ha producido ni cuántos objetivos se han alcanzado. Pregunta con qué grado de atención se ha vivido aquello que sucede. Como sugiere Javier Gomá (2013), la madurez invita a desplazar el centro de gravedad desde la acumulación de logros externos hacia el cultivo de una vida interior más consciente y reflexiva.

Hace más de dos mil años, Epicuro defendió en su escuela ateniense, El Jardín, que la plenitud humana no dependía de la persecución incesante de experiencias extraordinarias, sino del disfrute consciente de los placeres «naturales y necesarios»: la amistad, la conversación, la serenidad y la contemplación. Desde esta perspectiva, la segunda mitad de la vida puede favorecer una renovada capacidad para encontrar placer en lo suficiente.

Cuando comprendemos que resulta imposible vivirlo todo, comenzamos a habitar con mayor profundidad aquello que sí nos acontece. Surge entonces una pedagogía de la sobriedad elegida donde el tiempo recupera su valor más escaso y precioso.

Las sociedades longevas suelen preguntarse cómo añadir años a la vida. Tal vez haya llegado el momento de formular también la pregunta inversa: cómo devolver vida a los años. La sensualidad de lo suficiente apunta precisamente en esa dirección. No consiste en acumular más experiencias, sino en percibir con mayor intensidad las que ya forman parte de nuestra existencia.

Quizá uno de los privilegios menos reconocidos de la vejez sea descubrir que, cuando dejamos de perseguir constantemente lo extraordinario, lo ordinario revela una riqueza que siempre estuvo allí esperando nuestra atención. En una época que asocia el bienestar al crecimiento ilimitado, al consumo constante y a la acumulación de experiencias, la vejez puede recordarnos una verdad antigua y, quizá por ello mismo, profundamente actual: que una vida buena no depende de tener cada vez más, sino de aprender a reconocer cuándo aquello que tenemos ya es «suficiente».

Referencias bibliográficas

Augé, Marc. Tiempo sin edad: etnoficción. Trad. de Alan Cruz, Gedisa, Barcelona, 2016.

Bryant, Fred B. y Veroff, Joseph, Savoring: A New Model of Positive Experience, Lawrence Erlbaum Associates, Mahwah, NJ, 2007.

Epicuro, Obras, Estudio preliminar, traducción y notas de Montserrat Jufresa, con la colaboración de Montserrat Camps y Francesca Mestre, Tecnos, Madrid, 5.ª ed., 2005.

Gomá Lanzón, Javier, Necesario pero imposible, Taurus, Madrid, 2013.

Han, Byung-Chul, La sociedad del cansancio, Trad. de Arantzazu Saratxaga Arregi, Herder Editorial, Barcelona, 2010.

Lupton, Deborah, El yo cuantificado, Trad. de M.ª del Carmen Rodríguez, Universitat de València, Valencia, 2020. (Título original: The Quantified Self, 2016).

Maffesoli, Michel, El conocimiento ordinario: Compendio de sociología comprendedora, Trad. de Miguel Ángel Reyes, Fondo de Cultura Económica, México, 1993.

Núñez Cuenca, Carmen, La auténtica sensualidad comienza a los 50. Bella y sexy en la segunda mitad de la vida, Arcopress, Córdoba, 2025.

Rosa, Hartmut, Alienación y aceleración. Hacia una teoría crítica de la temporalidad en la tardomodernidad, Trad. de Mariana Dimópulos, Katz Editores, Madrid, 2016.

Subirats, Marina, De madres a hijas. La transmisión de la feminidad, Octaedro, Barcelona, 2024.

Texto de Carmen Núñez Cuenca. Socióloga especializada en Nueva Longevidad y Segunda Mitad de la Vida.

 

Autoría: Carmen Núñez Cuenca

 


 

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