El precio de no envejecer: Cinco obras para pensar la vejez, de Oscar Wilde a Michael Haneke
El verano invita a leer más despacio, a ver películas sin prisa, a dejar que las historias nos alcancen de otra manera. Es también, quizá sin que lo busquemos, un buen momento para hacerse preguntas incómodas: ¿por qué nos cuesta tanto envejecer? ¿Qué significa aceptar el paso del tiempo? ¿Es realmente la inmortalidad lo que deseamos, o es otra cosa lo que está en juego?
Este mes, el Festival Grec de Barcelona estrena una nueva adaptación teatral de El retrato de Dorian Gray. Una obra escrita hace más de 130 años que sigue resultando inquietantemente actual. Antes de que existieran los relojes epigenéticos, las terapias de rejuvenecimiento o la medicina de la longevidad, la literatura y el cine ya exploraban nuestra relación con el tiempo. Y lo hacían, en muchos casos, mejor que cualquier ensayo científico.
Estas cinco obras no dan respuestas al paso del tiempo, pero plantean preguntas que merecen un hueco en nuestras maletas.
Todos hemos mirado alguna vez una foto de hace diez años y tardado un segundo de más en reconocernos. O hemos evitado sin querer un espejo con mala luz. Oscar Wilde lo convirtió en literatura hace más de un siglo: ¿qué estaríamos dispuestos a sacrificar por permanecer jóvenes? Dorian Gray conserva su belleza mientras un retrato acumula en su lugar las marcas del tiempo y de los actos. No es una historia de terror gótico. Es una metáfora sobre el precio de la apariencia y la ilusión de que se puede escapar del tiempo sin pagar nada a cambio.
Coralie Fargeat, la directora y guionista francesa, retoma esa misma pregunta en The Substance y la lleva al límite del cuerpo y de la identidad: ¿cuánto de una misma está dispuesta a sacrificar para seguir siendo vista? Cambian el siglo y el lenguaje, pero la incomodidad es la misma. Y en ambos casos, lo que empieza como un deseo termina siendo una trampa.
Frente a esa obsesión por detener el tiempo, otras obras proponen algo más difícil: mirarlo de frente. Hay personas que llevan años aplazando una conversación pendiente, una visita que nunca acaba de llegar, una reconciliación que siempre puede esperar un poco más.
The Fountain de Darren Aronofsky no busca cómo vivir para siempre, sino cómo vivir sabiendo que un día dejaremos de estar. Es una película sobre el amor y la pérdida, pero sobre todo sobre lo que se pierde cuando la resistencia a morir se convierte en la única forma de existir. David Lynch, conocido por todo lo contrario, filma en Una historia verdadera con una quietud que descoloca. Alvin Straight tiene 73 años, el cuerpo ya no le responde como antes, y decide recorrer cientos de kilómetros por Estados Unidos en un cortacésped para reconciliarse con su hermano enfermo. Hay algo en ese gesto, la urgencia tardía, el orgullo que cede, que resulta reconocible para casi cualquiera que haya tenido que hacer las paces con alguien querido.
Y luego está Amour. Su director, Michael Haneke filma sin concesiones una pareja mayor, la enfermedad, la dependencia, el deterioro lento. Y el amor cuando ya no quedan la juventud ni las certezas. Muchos espectadores han salido del cine pensando en sus padres, en cómo será cuidarlos, en cómo fue ser cuidados. Es a mi parecer la más exigente de las cinco, a veces dolorosa, pero también la que más directamente interpela algo que la conversación sobre longevidad olvida con frecuencia: que envejecer bien no depende solo de cuántos años se viven, sino de cómo se cuida y se es cuidado cuando llega la vulnerabilidad.
Llama la atención que casi todas las grandes historias sobre la juventud eterna acaben en tragedia. Quizá porque lo que buscamos no es vivir para siempre, sino vivir con sentido. La ciencia trabaja para añadir años a la vida. El cine y la literatura llevan siglos preguntando cómo dar más vida a esos años. Este verano, quizá, merece la pena escucharlos.