La economía de la energía ayuda a envejecer mejor: afinar la balanza sobre lo que vale la pena y lo que no
Cuando los recursos son limitados, es regla de oro priorizar las inversiones y los gastos. Es una regla básica de la economía doméstica. Y ese mismo principio es una metáfora de lo que pasa con la edad: cuando pasan los años, nos queda menos vida, y eso significa que ese tiempo restante es una vida selectiva, en la que importa mucho la claridad para saber poner la fuerza física y mental donde toca, donde nos hace bien, donde le podemos sacar el máximo provecho. El tiempo deja de ser una promesa abierta y se convierte en un espacio concreto que hay que administrar con cuidado. Las acciones y los vínculos se vuelven más concretos y seleccionados gracias a la estrategia personal que se ha construido con los años y a través de la experiencia. La sabiduría nos da más conocimiento sobre nosotros mismos, y eso nos permite saber en lo que gastar tiempo y fuerzas y en lo que no. Al contrario de cuando tenemos 20 o 30 años, en la madurez se relativiza, y las nimiedades pierden presencia e importancia. No porque dejen de existir, sino porque ya no merecen ocupar el centro de la escena vital. Y todo esto cobra una importancia especial en fechas navideñas, llenas de compromisos, obligaciones y presiones familiares.
Si bien la juventud tiene como puntal la energía casi infinita que aporta ilusión y empeño, en la madurez se descubre —gran hallazgo—, que ese ímpetu y la salud son finitos, por lo que se valora que la energía es el recurso más valioso, más que el dinero o incluso la salud. La psicóloga estadounidense Laura Carstensen, creadora de la teoría de la selectividad socioemocional, explica que cuando percibimos el tiempo como limitado, cambiamos prioridades: dejamos de acumular experiencias y empezamos a buscar significado. La mirada vital se transforma. Personas que en su adolescencia o juventud batallaban por sus argumentos hasta entrar en conflictos graves con su entorno, décadas más tarde miden a conciencia el coste emocional de cualquier discusión —clásico en las mesas de Navidad o Año Nuevo—. ¿Vale realmente la pena? Otro ejemplo son los “síes” a cualquier precio. ¿Hay que estar siempre disponible para cualquier familiar o amigo, aun cuando la generosidad no es recíproca, y nuestra ayuda no es del todo necesaria, o no nos aporta una pequeña luz, una alegría o un buen rato? Decir que no deja de ser un acto defensivo para convertirse en un gesto de cuidado propio. Con la edad, en definitiva, se afina la balanza entre lo que resta y lo que suma, las relaciones que valen la pena y las que no, los compromisos que son solo eso o los que van más allá y tienen raíces profundas.
El primer gran filtro para todo ello son las conversaciones. Recuerdo cuando mi madre dejó de llamar a algunos familiares por Navidad. Le pesaba la culpabilidad, pero veía claro que su cariño no era recíproco. Las conversaciones eran vacías, sin conexión. Y optó por dejar de hacer aquellas llamadas de compromiso, que no aportaban nada más que un check en su lista de deberes autoimpuestos —y absurdos—. En estas fechas de reuniones familiares y conexión alrededor de la mesa, la edad ayuda a discernir entre las palabras de amor y vínculo y los debates estériles, los reproches o los monólogos sin escucha. Y ¡qué necesario es este recurso en tiempos de polarización como los que vivimos! No todas las conversaciones merecen nuestra energía emocional, y no todas las verdades necesitan ser dichas en cualquier contexto. La sabiduría es también callar cuando la palabra tiene un coste elevado y un rendimiento personal escaso, y hablar —y bien alto si hace falta—, cuando la situación lo requiere.
En definitiva, con la edad se tienen las herramientas para saber por qué luchar. Ya no se lucha por quedar bien, por ser comprendido por todos, por cambiar a los demás… Se abandona la fantasía de control sobre el mundo y sobre los otros. Se puede poner todo el empeño, eso sí, en mantener la autonomía, conservar la dignidad, proteger la serenidad propia, cuidar a los que nos importan, ayudar a quienes nos aportan… Como señala el psiquiatra y escritor Viktor Frankl (a quien ya hemos citado en otras ocasiones en este blog), el sentido no se encuentra evitando el sufrimiento, sino eligiendo con qué merece la pena comprometerse. La renuncia se convierte en un acto de inteligencia, y no de derrota.
Como consecuencia de todo ello, se consigue un alivio inesperado, una vida más ligera. El día a día se vuelve más sencillo porque desaparecen ruidos y desgaste, y aparece más tiempo para lo que realmente nutre el alma: los amigos, los cuidados importantes, las lecturas, los paseos, las aficiones, el deporte, la familia querida y no la impuesta…
Una vez más, la paradoja: la vejez trae seguramente menos energía (aunque cada vez tenemos más recursos y formas de mantenerla) y más claridad. Y esa claridad, lejos de empobrecer la vida, la vuelve más habitable.