Pensar la ciudad para la vejez: espacios que cuidan
Este texto parte de un trabajo académico que escribí junto a Mercedes Jones y que forma parte del libro Soledad (es) Diversidad y desigualdad, que acaba de publicarse. Aquí lo comparto en una versión más abierta, pensada para reflexionar sobre algo que vemos todos los días, aunque no siempre sepamos nombrar: cómo la forma de nuestras ciudades puede empujar a la soledad, especialmente (aunque no de forma exclusiva) en la vejez.
Si bien (he insistido en otros posts) todos podemos sufrir la falta de espacio público accesible y amable (“amigable”, decimos a veces), son las personas de más edad quienes más lo acusan. Que las ciudades cada vez sean menos amables (aunque tal vez nunca lo fueron) se debe a que las ciudades están pensadas principalmente para los coches: aceras estrechas, cruces semafóricos muy largos, bancos inexistentes, ruido constante. Este planteamiento de la ciudad no solo dificulta la movilidad de un lado a otro (el disfrute de la ciudad), sino que dificulta “quedarse”, estar. Y cuando salir a la calle se vuelve incómodo, resulta difícil o poco atractivo (incluso inseguro), el riesgo de aislamiento crece.
Así, no es casualidad que las personas mayores se encuentren cada vez más afectadas por la soledad no deseada, especialmente a edades muy avanzadas. El entorno importa. Mucho. Cuando el barrio deja de invitar a salir, a sentarse, a mirar, a saludar, las interacciones cotidianas se reducen, y con ellas ese tejido de relaciones sociales que nos recuerdan quienes somos (hablé de ello aquí).
Con el paso del tiempo, el uso que hacemos de la ciudad puede ir “encogiéndose” hasta limitar nuestros paseos diarios a nuestro barrio de forma exclusiva. Por eso es tan importante que los barrios sean accesibles y amigables: es donde se construyen vínculos, donde participamos y donde ejercemos la continuidad de nuestra identidad. Sentirse parte de él es una base fundamental de la sociabilidad y de la participación en la vejez.
Cuando el espacio público está mal diseñado (o cuando desaparece “devorado” por terrazas o nos expulsa por su nueva configuración), también se pierde algo que atraviesa nuestra sociedad: el contacto entre generaciones. Y con él, muchos de sus beneficios. La calle, la plaza, el parque son lugares donde se crean lazos más allá de las familiares, de las obligadas: desde relaciones estrechas, íntimas, hasta esas familiaridades suaves —saludos más o menos explícitos, pequeñas rutinas compartidas, como sacar a pasear a nuestro perro— que hacen que el barrio se sienta parte de nosotros mismos. No hace falta tanto conocer al vecino como reconocerlo como parte de nuestra cotidianeidad. Esa convivencia cotidiana es una forma de inclusión y, a veces, de apoyo y de solidaridad silenciosa. Es, en realidad, la base de nuestra sociedad actual.
Pero para que todo eso ocurra, hacen falta espacios públicos accesibles, bien cuidados, con bancos, sombra, zonas verdes y también espacios “azules” —fuentes, puntos de agua— que inviten a quedarse. Sin embargo, en muchas ciudades estos espacios son insuficientes, desigualmente repartidos y poco pensados para quienes caminan más despacio o con mayor dificultad.
En la práctica, esto supone una vulneración silenciosa del derecho a la ciudad (hablé de ello aquí). No siempre hablamos de grandes barreras físicas: a veces son diseños disuasorios, pavimentos en mal estado, aceras invadidas, mobiliario incómodo o inexistente. O la convivencia forzada, en espacios mínimos, entre peatones, bicicletas, patinetes y coches, con el peligro y la inseguridad que conlleva. Todo ello acaba expulsando a quienes más necesitan esos espacios (pues tienen una mayor dependencia, no se mueven en coche) y favoreciendo usos cada vez más privatizados al alcance de unos pocos (turistas, principalmente, no vecinos).
Un ejemplo claro es la desigual distribución de los espacios verdes, incluso dentro de un mismo municipio como Madrid (de esto hablé aquí). Esta desigualdad es una cuestión de justicia espacial: si todas las personas no tienen las mismas oportunidades de acceder a recursos espaciales que mejoran la vida, la ciudad ha dejado de ser adecuada para ellos. Y esto tiene efectos directos en la calidad de vida de las personas mayores, en su salud física y mental, en sus hábitos cotidianos y en su sensación de pertenencia. En su vida.
Contar con espacios públicos accesibles, cuidados y pensados para una población longeva es clave para sentirse parte de un lugar y para que las relaciones entre generaciones se den de forma natural (tal vez esto mitigaría ciertos discursos casi de odio que leo cada vez más en las redes sociales). A estos espacios los llamamos entornos habilitantes: serían aquellos que facilitan la sociabilidad y las relaciones más allá del círculo íntimo. Cuando faltan, la soledad y el aislamiento son una consecuencia lógica del entorno. La soledad es, entonces, impuesta.
Esto puede llegar a extremos muy concretos: personas mayores que dejan de salir de su vivienda porque es cada vez más difícil pasear en su entorno conocido. Y esto sin siquiera hacer mención al agobio que supone la cada vez mayor turistificación de nuestras ciudades, las despedidas de soltero multitudinarias que bailan coreografías por la calle y otras actividades que parecen convertir los barrios en pequeños parques de atracciones.
De todo ello surge una idea que me parece clave: en nuestras ciudades no solo hay personas que se sienten solas, sino que hay ciudades que predisponen a la soledad porque carecen de estos entornos habilitantes que refería. Son ciudades mal diseñadas, mal conservadas y, en el fondo, con una escasa o muy negativa gestión de la longevidad.
Cuando no se incorpora una perspectiva etaria e intergeneracional en el urbanismo, se perpetúan problemas conocidos: diseños excluyentes, deterioro del espacio público y usos invasivos que expulsan a quienes más lo necesitan. Y se genera una gran incoherencia entre los discursos internacionales sobre “ciudades amigables” o “ciudades cuidadoras”, el “no dejar a nadie atrás” y la experiencia cotidiana de muchas personas mayores, pero también de otras personas con problemas de movilidad y con otras dificultades.
Una ciudad bien diseñada permite que estemos todos, sin que nuestro valor en el espacio dependa de nuestro vehículo o de cuánto tenemos en el bolsillo. Pensar la ciudad para las personas mayores supondría una mejora para las personas de todas las edades.