Leo con cierta sorpresa un artículo publicado en un periódico de tirada nacional sobre los cuidados. Comenta el autor del artículo que cuidar “se ha vuelto difícil” y refiere la rapidez de la sociedad actual, pero también las controversias del cuidar, haciendo referencia al eternamente repetido “pero cuidar es bonito” y, de formas más o menos explícitas, la dificultad psicológica del proceso del cuidar. También hace referencias a la dificultad logística en el marco de una sociedad que (a esto no hace referencia el autor) está marcada por la lógica “productivista” del capitalismo. Y, sin estar en desacuerdo con ninguna de estas cuestiones que refiere el artículo referido, mi mente orbita en torno a esto del “ahora es difícil cuidar”, como si antes, el cuidar, hubiese sido un “coser y cantar” que dice el refrán.
Que injustos somos, como sociedad, cuando mantenemos esas creencias del “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Ojo aquí cuando se nos ocurre pensar eso de “qué difícil es cuidar ahora”. Ahora hay una serie de complicaciones logísticas, sin duda, que son propias de nuestro contexto social. Pero la gran diferencia es que ahora hablamos de ello.
Esa carga silenciosa del cuidado ha dejado de serlo. Silenciosa, quiero decir, porque carga lo era, lo es y lo será. Seguirá siendo carga porque hay dimensiones psicológicas en el cuidar que se entrelazan con el agotamiento lógico que supone sostener la vida y el bienestar de otros. Seguirá siendo una carga porque en el cuidar se produce, de forma casi inevitable, un olvido de quien cuida. Un olvido por parte de los demás, pero un olvido incluso por parte de sí mismo. De sí misma, porque las estadísticas y la experiencia cotidiana siguen señalando en la misma dirección: el cuidado continúa teniendo género.
Hago aquí énfasis sobre el género porque algo que me sorprende y me molesta profundamente. Incluso cuando los cuidados son compartidos, y aunque hablemos mucho de corresponsabilidad o palabras afines, los aspectos más duros, más invisibiles -¡más desagradecidos incluso! - del cuidado siguen recayendo sobre la mujer. Esto ocurre en la crianza de los hijos, en el cuidado de los bebés. Si bien los hombres participan más que en tiempos pretéritos y tienen una mayor implicación que generaciones anteriores, la equivalencia real sigue estando más asentada en el papel que en la práctica y siguen sin ser equivalentes. Ocurre también en las tareas domésticas, que son también parte del cuidado invisibilizado: cuando tu madre de 70 años te hace cocido y tapers para la semana, también está cuidando de ti. Pero ocurre de manera mucho más extrema cuando analizamos el cuidado de las personas dependientes; ahí esa presencia masculina es aún muy pequeña (incluso si existen patrones de cambio que no niego).
Mi punto aquí es que las partes más duras del cuidado siguen siendo asumido como parte extensiva del amor y el amor, como sabemos, no tiene precio, lo que en el contexto de nuestra sociedad -donde lo valioso se cuantifica numéricamente- significa que, en realidad, no vale nada. Porque lo que se hace por amor, parece, no cuesta trabajo.
Pero volvamos al cuidado de los padres, al cuidado de la vejez, al cuidado que es en realidad el más duro y el más pesado. Cuidar de un bebé es duro, porque se mezclan el desconocimiento, la ansiedad, el cansancio de un embarazo y de un parto (hablo de una de las perspectivas, obviamente, y con todos los sesgos de los que se me quiera acusar) y de las noches sin dormir, pero también el propio cambio interno, lo que supone a nivel personal que una personita dependa por completo de ti.
Pero hay una diferencia fundamental: es un cuidado dirigido hacia el “crecimiento”, en el que puedes ver el reflejo de tus cuidados. Es un cuidado, perdonadme la expresión, hacia arriba. Cuidas a alguien que un día, te sonríe de vuelta. Y ya es así cada día.
Cuidar a quien ha dejado de existir dentro de sí mismo, a quien ya no te reconoce, a quien ha dejado de interactuar contigo o lo hace en un nuevo marco (en el que tú has dejado de ser reconocida y contextualizada en vuestra historia común), eso, tiene una dureza especial.
Ante la llegada de un bebé y ante la carga de cuidados como madre (de nuevo, he aquí mi sesgo) tienes que reconocerte en esa nueva persona en la que te conviertes. Eres una nueva persona que ahora cuenta con un nuevo ser atado a un cordón umbilical invisible que -sospecho-, ya no se cortará nunca.
Sin embargo, cuando se cuida a quien ha perdido su propio ser, - a quien ya no recuerda ese cordón simbólico que os unía de forma indisoluble- hablamos de otra cuestión totalmente diferente. Ya no se trata solo de cuidar de un cuerpo frágil, de una dependencia que aumenta o de necesidades más complejas, sino que tienes que asumir otro cambio: el de la persona cuidada. Cuidas a alguien que sostuvo tu vida cuando tú no podías sostenerla, aunque quizá ya no recuerde que lo hizo.
Y a lo que voy: esta inversión de los papeles, psicológicamente, no es ahora más duro que antes. Lo que pasa que ahora podemos hablar de ello, y antes, quienes pasaron por ello (probablemente, esa misma persona a la que me refiero y que se ha perdido a sí misma), no podían. Porque no estaba bien, era desagradecido, no era correcto, no era cristiano o cualquier otra cuestión social que añadía un peso agotador sobre los hombros de quien se atrevía a sentirse mal por cuidar.
Aquí hago un inciso necesario; no es lo mismo cuidar a quien necesita una pequeña ayuda en las tareas cotidianas que a quien necesita ayuda para absolutamente todo, hasta para las cuestiones más íntimas. La palabra “cuidar” recoge una variedad de situaciones y, cuando sumimos todas ellas bajo la misma realidad, estamos siendo un tanto injustos.
Hay cuidados que acompañan una autonomía todavía posible, y otros que se adentran en una dependencia cada vez más profunda. En estos últimos, además, el cuidado no va “hacia arriba”, no acompaña un crecimiento ni una conquista progresiva de independencia, sino que se produce en un contexto de pérdida. La persona cuidada necesita cada vez más ayuda, o una ayuda cada vez más compleja, mientras quien cuida asiste a ese deterioro casi siempre desde muy cerca. Y qué duro es ver apagarse a quien se cuida.
¿Cuál es mi punto, en todo esto? Quizá simplemente quiero recordar que cuidar se produce siempre en un marco de dureza, de cansancio. Cuidar cansa, pesa, nos agota y nos desordena, nos cambia incluso. No creo que haya un cuidado fácil, ni en la crianza, ni en la vejez, ni en la enfermedad, ni en la dependencia.
Pero sí que pienso que necesitamos tener cierta sensibilidad cuando abordamos el cuidado, entendiendo que los marcos del cuidado son diferentes. No todos los cuidados son iguales, no todos pesan de la misma manera y no todos se distribuyen con la misma justicia. También porque solemos ver con mucha claridad la carga cuando nos toca cuidar, pero tendemos a minimizarla cuando cuidan otros. Como si desde fuera siempre pareciera más sencillo. Como si el cansancio del cuidar ajeno fuera menos cansancio.