¿Podemos prepararnos para tener una buena vejez? La dimensión social
Sabemos que la esperanza de vida ha crecido enormemente en los últimos años. Por contextualizar, recordemos que las proyecciones oficiales señalan que en el año 2069 las mujeres españolas podremos alcanzar los 90 años. No solo alguna afortunada, -pues la longevidad ya no es un privilegio de unos pocos-, sino que muchas mujeres llegarán a esa edad. Y no solo viviremos más, sino que la distancia entre la esperanza de vida y la esperanza de vida en salud se seguirá acortando. Que los años añadidos lo sean en salud debiera ir paralelo al objetivo de poder disfrutar de esos años en buenas condiciones, más allá de la salud física (imprescindible, por supuesto). ¿A qué me refiero? ¿qué determina que esos años añadidos sean realmente buenos?
Cuando los medios hablan de un envejecimiento de calidad, suelen referir de forma casi exclusiva hábitos individuales: actividad física, evitar el sedentarismo, cuidar lo que comemos, hidratarnos. Siendo todo esto muy importante, me sorprende la escasa atención que se le pone a la dimensión social o al ámbito de las políticas públicas. El entorno, por ejemplo (y como insisto aquí) es clave en cómo envejecemos; pensemos en el Alzheimer: si bien es una enfermedad asociada a la edad, sabemos que la contaminación puede generar cambios cerebrales muy similares, igual de dañinos. Es decir, hay factores de salud pública, de equidad y de desigualdad social que condicionan nuestro envejecimiento. Entre estos factores debemos contemplar también cómo nos relacionamos, cómo habitamos nuestro entorno y cómo nos tratamos entre nosotros. Sin embargo, aunque estas dimensiones estructurales son decisivas, también influye cómo nos preparamos —o no— para la vejez.
En esto del “no prepararnos”, uno de los problemas estructurales (estructurantes, posiblemente) es que no existe la socialización para la vejez. En la infancia, la adolescencia o la juventud se nos prepara para trabajar y “ser productivos”, para la vida adulta, pero no existe un proceso equivalente que nos prepare para envejecer o para la vida más allá del trabajo. En parte, porque este enorme aumento de la esperanza de vida es reciente; y en parte, porque tendemos a pensar que ya nos ocuparemos de eso “más adelante”. A esto se suma un fiero edadismo muy interiorizado: tenemos una visión tan negativa de la vejez que tratamos de mantenerla lo más lejos posible, así que no pensamos en ella. Sabemos que vamos a envejecer —si tenemos suerte—, pero nos cuesta reconocernos en esa realidad, de modo que no pensamos en nuestro propio futuro. Pero necesitamos una mirada más amable y realista sobre el envejecimiento para poder tener un buen envejecer.
El envejecimiento, en realidad, es un proceso continuo: cada día somos un poco mayores que el día anterior. Podemos entender este proceso como una pérdida o como una ganancia. Pensemos, por ejemplo, en las mujeres: la relación con nuestro cuerpo, con nuestra imagen y con nuestras capacidades a los 40 años es muy distinta a la que teníamos a los 20. Con los años solemos ganar seguridad y confianza, herramientas para afrontar conflictos, capacidad de poner límites. O de que nos den igual ciertas cosas, lo que es una enorme ganancia. Claro que aparecen nuevas dificultades, pero el envejecimiento también trae aprendizajes, fortalezas y libertades. Insisto: la alternativa a envejecer es morirse, así que, si lo entendemos como una etapa de supervivencia continuada acompañada de aprendizajes, envejecer… no está tan mal. Una vez aceptamos que envejecer es parte del proceso vital, podemos preguntarnos qué acciones facilitan una vejez de calidad.
¿Cómo podemos prepararnos, entonces, para la vejez? Más allá de las típicas cuestiones que señalaría una revista de salud, existen otros elementos más subjetivos, más… interiores, por así decirlo, como la propia autopercepción y las creencias limitantes que arrastramos. Puede que nuestra vejez se acompañe de ciertas limitaciones, pero muchas de las barreras que encontramos o encontraremos no están tanto en el cuerpo y en lo físico, como en la cabeza, en lo que pensamos, olvidando que vivir muchos más años abre también la posibilidad de hacer muchas más cosas a lo largo de la vida.
Dentro de la preparación individual destacaría el cuidado de nuestras redes sociales y afectivas. En nuestro día a día, dejamos muy a menudo lo social en segundo plano. Tenemos tantas obligaciones y tanta autoexigencia —especialmente las mujeres, socializadas para ser “supermujeres”: supermadres, superbuenas trabajadoras, supercuidadoras— que la vida relacional, más allá de lo estrictamente familiar, queda olvidada y en un segundo plano. De esto, del bienestar emocional como algo a cultivar a lo largo de toda la vida se habla muy poco. Prestemos atención a este aspecto, porque la dimensión de las relaciones, de la amistad, del apoyo mutuo, está en el centro del bienestar emocional a lo largo de toda la vida; también en la vejez. Si solo nos anclamos a nuestras obligaciones —el trabajo, los cuidados, las responsabilidades familiares—, cuando estas desaparecen y dejan de marcar nuestra vida cotidiana (cuando dejamos de trabajar, cuando los hijos se van de casa) podemos sentirnos totalmente desorientadas. Y entonces aparece esa sensación de no encontrar nuestro sitio. El lugar al que anclarnos no puede ser solo lo que producimos o a quién cuidamos: también tenemos que aprender a cuidarnos a nosotras mismas y a construir vínculos que nos sostengan en todas las etapas.
Dentro de la sociabilidad seguimos registrando enormes dificultades en las relaciones entre generaciones. Tenemos muy poco trabajada la dimensión intergeneracional y, a menudo, diseñamos políticas y servicios desde una mirada que no entiende bien las necesidades en la vejez, las de las edades intermedias o que entiende que las necesidades de un grupo etario se contraponen a las de otros. A veces, tras esta falta de adecuación se esconde el prejuicio, asumiendo que las personas mayores no se adaptarán a lo que necesitan otros grupos de edad, olvidando que son generaciones pioneras que han atravesado cambios sociales, económicos, tecnológicos y políticos muy intensos en muy poco tiempo, y que se están adaptando a un ritmo considerable.
La conquista de la vejez, recordemos, se ha producido en un contexto de cambio muy rápido. Hemos ganado muchos años de vida en muy poco tiempo, pero las estructuras sociales siguen yendo por detrás, más lentas. A los seres humanos nos cuesta adaptarnos a los cambios profundos; sobre todo a aquellos que cuestionan normas muy básicas que aprendimos en la infancia. Esas normas son difíciles de cambiar, pero no es imposible. La clave está en reflexionar sobre qué tipo de vida queremos a medida que vamos ganando años y en asumir que el envejecimiento empieza ahora mismo. No se trata solo de vivir muchos años, sino de poder vivirlos de una forma que nos resulte apetecible, alcanzando vejeces habitables, dignas. Y en este sentido, la preparación individual para un mejor envejecimiento ha de convertirse en un proyecto colectivo, para que más personas puedan entender la vejez como un espacio digno de ser conquistado y experimentado.