10/01/2026

El derecho a fallar: fragilidad, errores y segundas oportunidades en sociedades longevas

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Vivir más años también significa tener más ocasiones para equivocarse.

En sociedades longevas, donde la vida se extiende más allá de lo que durante siglos consideramos “normal”, el error deja de ser un episodio puntual para convertirse en parte del trayecto. Sin embargo, seguimos habitando una cultura que penaliza el fallo, que exige coherencia perfecta y que interpreta la fragilidad como fracaso.

Quizá ha llegado el momento de formular una idea incómoda, pero necesaria: el derecho a fallar también es un derecho de la longevidad.

El error como parte de la vida extensa

Durante mucho tiempo, la vida se entendió como una secuencia relativamente corta y previsible: estudiar, trabajar, formar una familia, retirarse. En ese esquema, equivocarse era un desvío que había que corregir cuanto antes.
Pero las sociedades longevas han roto esa linealidad. Hoy una vida puede incluir varias carreras profesionales, rupturas afectivas tardías, reinvenciones personales después de los 60, decisiones que se toman —y se revisan— en edades antes impensables.

En este contexto, fallar no es una anomalía: es una consecuencia natural de vivir más y decidir más.
Negar el error en una vida prolongada es negar la propia condición humana.

Fragilidad no es fracaso

Uno de los grandes malentendidos culturales de nuestro tiempo es confundir fragilidad con incompetencia.
Envejecer implica cambios físicos, emocionales y cognitivos. Implica pérdidas, sí, pero también aprendizajes. Sin embargo, la mirada social tiende a reducir la fragilidad a una etiqueta: dependencia, declive, inutilidad.

Aceptar la fragilidad no significa renunciar a la dignidad. Al contrario: es una forma de honestidad vital.

Las sociedades longevas necesitan una ética que reconozca que no todo puede controlarse, que no todas las decisiones serán acertadas y que la vida no se evalúa solo por sus resultados, sino por su recorrido.

La fragilidad no invalida; humaniza.

El peso moral de no poder fallar

En una cultura obsesionada con el rendimiento, el error se vive como una culpa. Esto es especialmente cruel en edades avanzadas, donde se espera prudencia, serenidad y acierto permanente.

A las personas mayores se les concede experiencia, pero se les niega margen de error.

Un proyecto que no funciona, una decisión económica desacertada, una relación que se rompe tarde… todo parece más grave cuando ocurre “a esa edad”.

Esta presión silenciosa genera miedo: miedo a intentar, a cambiar, a arriesgar.

Y sin riesgo, la vida se vuelve defensiva. Longeva, pero estrecha.

Vidas longevas y el derecho a recomenzar

Hablar del derecho a fallar es, en realidad, hablar del derecho a recomenzar.

En contextos donde la vida se extiende durante décadas más de lo que fue habitual, ya no es razonable organizar la existencia como si todo dependiera de un único intento correcto.

Las vidas longevas necesitan estructuras —sociales, laborales y culturales— que admitan trayectorias no lineales, decisiones revisables y cambios de rumbo sin estigmas. Porque vivir más implica, necesariamente, decidir más veces… y equivocarse más veces también.

Esto atraviesa ámbitos muy concretos: el empleo sénior, la formación a lo largo de la vida, las relaciones personales que se transforman tarde, el acceso a la cultura, la participación cívica o el compromiso social en etapas avanzadas.

Una persona de 65 o 70 años no es un proyecto agotado ni una biografía cerrada: es un proceso abierto, todavía en construcción, con capacidad de aprendizaje, contribución y transformación.

Reconocerlo no es romanticismo ni voluntarismo. Es realismo demográfico y justicia vital en sociedades que, sencillamente, viven más tiempo.

El error como aprendizaje tardío

Uno de los privilegios de vivir más tiempo es poder releer la propia vida.

El error, mirado desde la distancia, se transforma. Lo que fue tropiezo puede convertirse en comprensión; lo que fue pérdida, en criterio; lo que fue equivocación, en sabiduría práctica.

Las personas mayores no acumulan certezas: acumulan discernimiento.

Y ese discernimiento nace, muchas veces, de haber fallado antes.

Una sociedad que no permite el error en la vejez se priva de una de sus mayores fuentes de aprendizaje colectivo.

Cuidar sin infantilizar

El debate sobre la fragilidad suele derivar en una sobreprotección que roza la infantilización.

Cuidar no es impedir que el otro decida; es acompañar decisiones, incluso cuando existe riesgo.

En sociedades longevas, proteger sin anular la autonomía es uno de los mayores desafíos éticos.

Negar el derecho a fallar “por tu bien” puede acabar negando el derecho a vivir plenamente.

La dignidad no está en no equivocarse, sino en poder elegir.

Una sociedad que sabe perdonar

El derecho a fallar no es solo individual; es colectivo. Una sociedad longeva necesita aprender a perdonar trayectorias irregulares, decisiones tardías, caminos no normativos. Necesita relatos que no glorifiquen solo el éxito continuo, sino la capacidad de recomponerse.

Quizá el verdadero progreso no consista en evitar el error, sino en construir comunidades capaces de sostenerlo sin expulsión ni vergüenza.


¿Te permites fallar hoy con la misma libertad con la que te permitías intentarlo cuando eras más joven?