Saber despedirse en una sociedad longeva. La otra cara de vivir más
Este fin de semana estuve en el velatorio del padre de una de mis mejores amigas. No en un tanatorio, sino en una casa. El señor era Germán Pesqueira. Allí, entre silencios largos, abrazos y miradas que lo decían todo, pensé que quizá una de las grandes asignaturas pendientes de las sociedades longevas no es aprender a vivir más. Es aprender a despedirnos mejor.
Hablamos mucho de longevidad en términos biomédicos: prevención, nutrición, tecnología, años de vida ganados. Pero vivimos poco la dimensión más humana de todo esto. Porque vivir más años significa también acumular despedidas. Significa enfrentarse, antes o después, al momento de soltar a quienes amamos. Y de prepararnos para que, un día, también nos suelten a nosotros.
Durante esos días me rondaba una idea que llevo tiempo sin quitarme de la cabeza: siempre quise entrevistar a alguien que supiera que está en sus últimos días. No desde el morbo, sino desde la lucidez. Saber qué se siente cuando el tiempo se estrecha de verdad. Qué preguntas aparecen. Qué importa. Qué, de repente, deja de importar. Unos días antes lo había propuesto a la familia de Germán. Sabía que se estaba despidiendo y yo quería escucharle. Pero la muerte no espera. Llegó antes de que pudiéramos sentarnos a hablar. Y eso me dejó con una certeza: si hay algo que queremos decir, preguntar o hacer, hay que hacerlo ahora. No mañana. Ahora.
En los últimos años algunas figuras públicas han contribuido a abrir este debate desde la serenidad y la experiencia, como el alpinista Carlos Soria, que continúa ascendiendo montañas pasados los ochenta años, ha explicado en diversas entrevistas que convivir con el riesgo le ha enseñado a aceptar la muerte como parte natural de la vida y a vivir con mayor conciencia del presente. También el presentador y podcaster Uri Sabat abordó esta cuestión tras la muerte de su padre, en una conversación con la periodista y psicóloga Tessa Romero, quien vivió una experiencia cercana a la muerte tras sufrir un paro cardíaco. Hablaron del sentido de la vida, del dolor, del amor y de esa idea tan humana de “volver a casa” cuando el cuerpo se apaga. Más allá de creencias o explicaciones científicas, el episodio puso sobre la mesa algo esencial: la muerte sigue siendo uno de los grandes silencios de nuestra cultura, incluso en una época obsesionada con alargar la vida.
Porque la muerte, aunque democrática, casi siempre llega sin avisar. Y cuando llega sin haber hablado antes de ella, deja a las familias con decisiones imposibles: tratamientos, rituales, palabras que ya no pueden decirse. De ahí la importancia de escribir nuestras últimas voluntades. No solo las médicas. También las vitales: qué queremos que se respete, qué legado dejamos, qué nos gustaría que se recordara de nosotros.
La longevidad nos está obligando a cambiar la manera de entender el final. No basta con alargar la vida: hay que dotarla de sentido hasta el último momento. En este contexto, voces como la del doctor Vicente Arráez aportan una mirada profundamente humanista. Tras más de cuarenta años acompañando procesos de muerte y quince como coordinador de trasplantes en el Hospital General Universitario de Elche, Arráez sostiene que la muerte no es un final sino una transformación, el instante en que se revela la lucidez más pura de la vida. Desde su trabajo en la Fundación Metta-Hospice, dedicada al acompañamiento de pacientes terminales y sus familias, insiste en algo que cuesta aceptar: la despedida es el último acto de amor. No consiste en retener al otro. Consiste en ayudarle a marcharse en paz.
Aceptar la finitud no es pesimismo. Es claridad. Nos obliga a vivir con menos aplazamientos, a decir antes lo que importa, a reconciliarnos, a agradecer. Nos recuerda que el tiempo no está garantizado y que la vida, precisamente por eso, es un regalo que se agota.
Quizá una sociedad verdaderamente longeva no será la que más años acumule, sino la que aprenda a cerrar bien los ciclos. La que invierta no solo en medicina y tecnología, sino también en educación emocional para el duelo, en cultura del acompañamiento, en espacios donde hablar de la muerte deje de sentirse como una derrota.
Porque vivir más solo tiene sentido si aprendemos también a soltar.
Y tal vez la mayor sabiduría no esté en vencer al tiempo, sino en comprender que cada instante que vivimos es ya, de algún modo, una pequeña despedida.