03/07/2026

Biorresistencia: vivir con límites sin rendirse

enfermedad

"La enfermedad es el lado nocturno de la vida; una ciudadanía más onerosa", escribió Susan Sontag. Ese lado nocturno llega sin previo aviso. Un diagnóstico crónico no es una pausa ni un paréntesis, sino un giro que obliga a reorganizar la biografía entera. Hasta ese momento, muchos hemos habitado una ficción cultural persistente: la idea de que el cuerpo puede mantenerse joven, eficiente y sin desgaste, como si la biología estuviera fuera del tiempo.

La cronicidad rompe esa ilusión, una auténtica falacia ontológica que nos recuerda que somos seres finitos y que el desgaste forma parte de la vida.

Hoy, además, quien enferma se mueve en un escenario especialmente hostil. La persona con una patología crónica queda atrapada en la intersección de cuatro fuerzas que moldean su experiencia:

  • Imperativo productivo — Una cultura que equipara la salud con el rendimiento y no tolera la vulnerabilidad. El cuerpo enfermo queda desplazado a los márgenes y aparecen la culpa y la sensación de invalidez.
  • Culto contemporáneo al cuerpo — La juventud, la fuerza y la apariencia impecable funcionan como virtudes morales. Bajo esa lógica, la enfermedad se interpreta como descuido o falta de voluntad, lo que añade vergüenza a la fragilidad.
  • Promesa tecnológica — La biomedicina promete revertir el envejecimiento y reparar el daño celular. Cuando esas expectativas no se cumplen, el deterioro se vive como fracaso personal o como falta de recursos frente a quienes pueden permitirse una medicina premium.
  • Reduccionismo clínico — La práctica médica, centrada en medir y protocolizar, reduce la biografía a un listado de síntomas. En la vejez, el sujeto se fragmenta en piezas que cada especialista trata por separado.

En la fricción de estas presiones, muchas personas enfermas quedan desbordadas. Sin una narrativa corporal que legitime su experiencia, la enfermedad se vive en soledad.

¿Cómo sostener la vida cotidiana cuando el cuerpo duele, se fatiga o deja de responder?

La respuesta no está en negar la fragilidad ni en esperar soluciones milagrosas. Está, entre otras muchas acciones, en desarrollar una forma de adaptación activa que llamo biorresistencia.

Este enfoque no es optimismo forzado ni resiliencia de manual. Es una postura práctica y madura que permite reconocer los límites sin quedar definidos por ellos. Implica reorganizar la energía, priorizar lo esencial y pedir apoyo sin perder la iniciativa ni la dignidad. Y, sobre todo, es un proceso lento: no surge de un día para otro, sino que se construye a base de ensayo y error, de observar el cuerpo, de ajustar expectativas y de aprender a convivir con lo que duele. No es una técnica, sino una práctica que se afianza con los años.

Y suele comenzar con un gesto sencillo y valiente: aceptar que el cuerpo ha cambiado, que hay días en que limita y duele. A partir de ahí, esta forma de adaptación se convierte en una herramienta para recuperar el control y romper los tabúes que aún pesan sobre la enfermedad. Aceptar ese dolor, esa molestia o esos días en los que el cuerpo no permite hacer lo previsto no significa renunciar a la vida.

La cronicidad obliga a convivir con límites que a veces se imponen con dureza, pero no exige desaparecer del mundo. La capacidad de sostener la incomodidad sin excluirse de la vida común, de seguir presentes incluso cuando el cuerpo no acompaña del todo, de encontrar modos posibles —aunque modestos— de participar en lo cotidiano, es precisamente el corazón de esta actitud vital.

Por eso es tan importante no ocultar la fragilidad, no sentir vergüenza por necesitar ayuda, no retirarse de los espacios compartidos y no vivir la enfermedad como un secreto. Mostrar lo que ocurre no es una derrota, sino una forma de verdad que permite seguir en el mundo con dignidad. Esta manera de estar y de ser no elimina el dolor, pero evita que este dicte la biografía entera,  nos avergüence o nos haga sentir culpa por no ser como el resto.

Se construye, junto a otros factores esenciales, desde la experiencia de quienes, conviviendo con la cronicidad, aprenden a gestionarla con lucidez. Este marco de adaptación ofrece herramientas para defender la autonomía, tomar decisiones informadas y mantener un proyecto vital propio incluso bajo el dictado de los límites. No es un ideal abstracto, sino una práctica cotidiana que se consolida con el tiempo, la voluntad y la disciplina.

La fragilidad no es el final de la historia. Es el territorio fértil de la biorresistencia, donde muchas personas descubren nuevas formas de identidad, de relación y de sentido. Esta brújula interior permite orientar el camino con realismo, dignidad y capacidad renovada, sabiendo que la enfermedad también puede abrir nuevas formas de comprensión y de madurez en cualquier etapa de la existencia.

 

Autoría: Carmen Núñez Cuenca