¿Por qué tomamos tan malas decisiones sobre nuestra vejez?
Sabemos que deberíamos ahorrar más, hacer ejercicio, revisar nuestro testamento y pensar en dónde viviremos cuando seamos mayores. Y nos cuesta la vida hacerlo. ¿Qué nos pasa? ¿Por qué somos tan vagos e imprevisores? La explicación nos la da la neurociencia. Nuestro cerebro está diseñado para infravalorar el futuro lejano, para evitar las decisiones dolorosas y para preferir el malestar conocido al cambio incómodo.
En este artículo te explico cómo funcionan los sesgos cognitivos que nos impiden prepararnos para la vejez, cuáles son los más dañinos y, sobre todo, qué estrategias concretas podemos usar para neutralizarlos antes de que sea demasiado tarde.
El extraño que serás
El problema central no es la falta de voluntad. Es algo más profundo: el cerebro procesa a tu yo del futuro de la misma manera que procesa a un desconocido. El psicólogo Hal Hershfield, de la Universidad de Stanford, demostró que Tu yo de 75 años es, literalmente, un extraño para tu cerebro de 40. Nos vemos como auténticos desconocidos y obviamente, ¿qué sentido tiene hacer cosas para un desconocido?
Por eso te voy a proponer un ejercicio sencillo que te ayudará a acercarte a tu Yo del futuro, ese desconocido del que debes hacerte amigo cuanto antes. Nos va a ayudar la IA: sube tu imagen a la IA que uses habitualmente e incluyes esta instrucción: “esta imagen soy yo actualmente y quiero saber cómo seré cuando tenga 60, 70, 80 o incluso 100 años”. Espera al resultado y obsérvalo. Esa es una posible versión de ti en unos años. Analiza lo que sientes al mirarte e intenta ser empático contigo mismo, porque ese Yo va a necesitar toda tu ayuda para llegar a ser lo mejor de si mismo.
El sesgo del presente: el ladrón silencioso
Por otra parte, nuestro cerebro tiende a priorizar las recompensas inmediatas sobre los beneficios futuros, un fenómeno ampliamente estudiado por psicólogos, economistas y neurocientíficos que se conoce como descuento hiperbólico o sesgo del presente.
Nuestro sistema límbico se activa con intensidad ante los estímulos del presente, mientras que la corteza prefrontal, encargada de la planificación racional, trabaja de forma más lenta y fría. En un duelo entre el placer de hoy y la seguridad de mañana, el placer gana casi siempre y la consecuencia práctica es demoledora. Eso explica por ejemplo que, aunque casi el 60% de los ciudadanos europeos mayores de edad reconoce estar preocupado por si tendrá dinero suficiente en la jubilación, no se ha producido un aumento significativo de las tasas de ahorro en los últimos años. El sesgo del presente explica esa brecha entre intención y conducta.
La aversión a la pérdida: por qué el cambio duele
Destinar parte del salario a un plan de pensiones se percibe psicológicamente como una pérdida, no como un ahorro y perder nos duele 2,5 veces más que lo que nos alegra una ganancia equivalente. Este sesgo, documentado por Kahneman y Tversky, tiene consecuencias directas en la planificación de la vejez: El cerebro lo registra como una herida, aunque en términos racionales sea exactamente lo contrario. No importa que dentro de treinta años ese dinero sea la diferencia entre la dignidad y la dependencia. El cerebro solo ve lo que pierde hoy.
Ahora que ya conoces estos dos sesgos te pregunto: ¿Estás ahorrando suficiente? ¿podrías ahorrar más? Y te propongo un ejercicio: Automatiza tu ahorro para no dejar espacio a los sesgos perniciosos. Domicilia una transferencia mensual a una cuenta de ahorro o plan de pensiones el mismo día que recibes la nómina. Lo que el cerebro no ve, no lo echa de menos.
El sesgo del optimismo: "a mí no me va a pasar"
El sesgo de optimismo nos hace pensar que en el futuro es menos probable que experimentemos ciertos eventos negativos. En general, nos cuesta vernos como personas mayores con limitaciones: nos imaginamos como ancianos atractivos, sanos y activos, como los que solemos ver en los anuncios, no como esos pobrecillos que apenas llegan a fin de mes con su limitada pensión.
Este sesgo es especialmente peligroso porque tiene apariencia de virtud. La persona optimista parece resiliente, positiva, vital, pero lo que en realidad está haciendo es aplazar indefinidamente una planificación que es urgente.
Y tú, ¿cómo te ves más joven y mejor que otros?
El statu quo: quedarse quieto también es una decisión
La mayoría de las personas o no planifican o planifican deficientemente, la última etapa de su vida porque son incapaces de organizarse en un entorno de incertidumbre o porque sufren bloqueos psicológicos o sociales como consecuencia de su educación y entorno. Tendemos a aceptar lo que nos viene dado y a seguir con lo que siempre hemos hecho y esto evita que incorporemos nuevos hábitos a nuestra vida, como puede ser el ahorro.
Sin embargo, la inercia no es neutral: cada año que pasa sin planificar la vejez es una decisión activa de no hacerlo, aunque se sienta como una no-decisión. Y tú ¿en que grupo estás? ¿en el de los que avanzan o están cómodamente situados en su zona de confort? Decide e informa a tus seres queridos de lo que vas a hacer (abrir ese plan de pensiones, revisar el testamento, pedir cita con un asesor, ir al notario, etc.). El compromiso público activa mecanismos de consistencia que la decisión privada no activa.
Lo que funciona: diseñar contra tus propios sesgos
La ciencia del comportamiento no puede darnos más años, pero sí puede ayudarnos a que los años que tenemos sean vividos con agencia y no con miedo. El cerebro que sabotea tu planificación no es tu enemigo: es un órgano evolutivo haciendo su trabajo. Tu trabajo es entender cómo funciona para que no vaya en piloto automático sino dirigido por ti. Comienza ya a tomar decisiones y no dejes que tus sesgos te dominen.
Autoría: María Jesús González Espejo