Este verano he viajado a Japón y me ha hecho pensar mucho en cómo queremos vivir, pero también en cómo queremos envejecer.
Durante tres semanas recorrí Tokio, Kamakura, Hakone, Kioto, Nara, Osaka, Naoshima y Yokohama. Esperaba encontrar templos, jardines, ciudades desbordantes y una cultura muy distinta de la nuestra. Lo que no imaginaba era que el viaje acabaría convirtiéndose en una reflexión constante sobre la longevidad.
Japón es uno de los países más envejecidos del mundo. La presencia de las personas mayores resulta visible en las calles, en los comercios, en el transporte y en la vida cotidiana. Vi a hombres y mujeres de edad avanzada trabajando en pequeñas tiendas, atendiendo restaurantes, limpiando estaciones, cuidando jardines, de agentes de seguridad o caminando solos por ciudades inmensas. No aparecían apartados de la vida, sino formando parte de ella.
Y eso me llevó a hacerme una pregunta: ¿qué podemos aprender de Japón para construir una longevidad que no consista solamente en vivir más años, sino en seguir sintiéndonos útiles, cuidados y vinculados a los demás?
Una sociedad en la que el otro está presente
Lo primero que me conmovió fue la actitud de las personas. La amabilidad, la sonrisa y la disposición a ayudar aparecían en los gestos más cotidianos. Incluso cuando no compartíamos idioma, siempre surgía alguien dispuesto a acompañarnos, orientarnos o intentar comprender qué necesitábamos.
Este respeto hacia el otro se percibe también en el silencio del transporte público, en el cuidado de los espacios compartidos y en una manera de comportarse que parece tener constantemente presente que nuestras acciones afectan a quienes nos rodean.
La longevidad no depende únicamente de decisiones individuales. Necesitamos comunidades en las que podamos confiar, sentirnos reconocidos y saber que, si algún día necesitamos ayuda, habrá alguien al otro lado.
Seguir teniendo un propósito
En Japón encontré a muchas personas mayores que continuaban trabajando y participando activamente en su comunidad. Una de ellas fue Yuko, una mujer de 83 años que sigue al frente de Narcissus, un pequeño jazz kissaten de Shinjuku abierto desde 1978.
En su local, Yuko selecciona personalmente cada vinilo y lo coloca con una delicadeza casi ceremonial. Allí no se va simplemente a escuchar música: se entra en el universo que ella ha construido durante décadas y que todavía continúa compartiendo con los demás.
Mientras la observaba, pensé en el ikigai, ese concepto japonés que solemos traducir como “razón de vivir” o aquello que hace que la vida merezca la pena. No tiene por qué tratarse de una gran misión. Puede ser abrir cada mañana un pequeño negocio, preparar una receta, cuidar un jardín, conversar con los clientes o transmitir una afición a quienes llegan después.
Naturalmente, no debemos idealizar el hecho de trabajar hasta edades avanzadas. En ocasiones puede responder a una necesidad económica y no a una elección. Pero hay una diferencia importante entre verse obligado a seguir trabajando y poder continuar aportando porque la sociedad todavía reconoce nuestro conocimiento y nuestra experiencia.
Tal vez una de las claves de la longevidad sea precisamente esa: no perder nuestro lugar en el mundo.
El cuidado de lo pequeño
Otra de las cosas que más me sorprendió fue la limpieza. Los lavabos públicos, incluso en estaciones o lugares muy concurridos, estaban tan impecables que sorprendía encontrarlos en espacios utilizados diariamente por miles de personas.
Pero aquella limpieza no hablaba solamente de higiene. Hablaba de respeto, responsabilidad y atención hacia quienes utilizarían después ese mismo espacio. La misma dedicación aparecía en la forma de envolver un objeto, presentar una comida, ordenar una tienda o mantener un jardín.
En Japón, el cuidado se hace visible en la atención, la delicadeza y el respeto con que se realiza cada pequeño gesto.
Quizá por eso el país invita a pensar que una vida buena también se construye a partir de pequeños gestos repetidos: preparar con atención, limpiar después de usar, dejar un lugar un poco mejor de como lo encontramos, no invadir el espacio ajeno.
Son acciones sencillas, pero crean entornos que transmiten seguridad y serenidad. Y el entorno también influye en cómo vivimos y envejecemos.
Cocinar como una forma de cuidar
En Japón, cocinar puede convertirse en una expresión artística. Observé a cocineros preparar cada plato lentamente, con precisión y un profundo respeto por el producto, la técnica y la persona que iba a recibirlo.
La comida no parecía concebida únicamente para saciar el hambre. Había belleza en la presentación, atención a las estaciones y un delicado equilibrio entre colores, texturas y cantidades. Cada plato transmitía conocimiento, hospitalidad y respeto por los detalles.
En nuestras sociedades aceleradas, comer se ha convertido muchas veces en un trámite. En cambio, contemplar a alguien que lleva años perfeccionando un mismo gesto nos recuerda que la alimentación también puede ser un vínculo.
Cocinar para otro es decirle, sin palabras: he dedicado tiempo a cuidarte.
La muerte cerca de la vida
También me impresionó la convivencia entre distintas tradiciones espirituales. El sintoísmo y el budismo se entrelazan en la vida cotidiana sin que esa combinación parezca vivirse como una contradicción. Un mismo recorrido puede llevarnos de un santuario sintoísta a un templo budista, y de una celebración vinculada al nacimiento a un ritual dedicado a los antepasados.
En ciudades como Tokio o Kioto encontré cementerios integrados en los barrios y situados junto a templos, viviendas y calles transitadas. No estaban relegados a un territorio completamente separado de la vida cotidiana. Eran lugares silenciosos, a los que las familias acudían para recordar y honrar a quienes ya no estaban.
Aquella cercanía me hizo pensar que hablar de longevidad también exige hablar de la muerte.
En Occidente tratamos a menudo de ocultarla, como si no mirarla pudiera mantenerla lejos. Pero la conciencia de que la vida termina no tiene por qué conducirnos a la tristeza. También puede ayudarnos a preguntarnos cómo queremos vivir el tiempo que tenemos.
Los cementerios japoneses me parecieron, en ese sentido, lugares para recordar a los muertos, pero también para reflexionar sobre la vida.
La naturaleza también nos enseña a vivir
En los jardines japoneses, la naturaleza no es un simple elemento ornamental. Cada piedra, árbol, sendero y curso de agua parece haber sido pensado para crear una experiencia de contemplación.
La vegetación entra en los templos, acompaña las viviendas y aparece incluso en medio de las grandes ciudades. Los jardines no intentan dominar la naturaleza, sino dialogar con ella y condensar un paisaje en un espacio reducido.
Caminar por ellos obliga a bajar el ritmo. La mirada se detiene en el musgo, en el movimiento del agua, en la forma de una rama o en la luz que atraviesa las hojas. Y esa atención modifica, aunque sea durante unos minutos, nuestra percepción del tiempo.
La naturaleza no solo embellece. También regula, calma y nos recuerda que formamos parte de un ciclo mucho más amplio que nosotros mismos.
Vivir más, pero también vivir mejor
Japón no es un modelo perfecto ni una respuesta sencilla a los desafíos del envejecimiento. Su extraordinaria longevidad convive con problemas importantes: la soledad, la despoblación, la presión laboral y el enorme reto de sostener una sociedad con un porcentaje creciente de personas mayores.
Pero viajar también consiste en observar otras formas de vivir y regresar con nuevas preguntas.
De Japón me llevo la importancia de conservar un propósito, de seguir participando en la comunidad y de cuidar los espacios que compartimos. Me llevo la belleza de los gestos lentos, el respeto por la naturaleza y una relación con la muerte que no la expulsa por completo de la vida.
Sobre todo, regreso convencida de que la longevidad no depende únicamente de los avances médicos, la alimentación o el ejercicio. También se construye en los vínculos, en el entorno, en la mirada que dirigimos hacia las personas mayores y en las oportunidades que les ofrecemos para seguir aportando.
Vivir más importa. Pero vivir sintiéndonos cuidados, útiles y conectados importa todavía más.