Envejecer sin desconectarse: lo que enseñan quienes siguen teniendo algo que hacer, a quién querer y a dónde ir
A veces pensamos que envejecer bien es, en el fondo, una cuestión de hacerlo todo correctamente. Comer mejor, moverse más, dormir bien, controlar el estrés, anticiparse. Como si vivir muchos años fuera una especie de examen que hay que aprobar.
Pero basta con sentarse a escuchar a quienes ya han llegado lejos para entender que no siempre es así.
En los últimos años he entrevistado a muchas personas mayores. Algunas han superado los noventa, otras los cien. He hablado con centenarios que vivieron guerras y posguerras, con mujeres que empezaron de nuevo a los setenta, con hombres que siguen trabajando la tierra pasada la centena, con personas que han perdido mucho y aun así siguen ahí, de una forma que no siempre se puede explicar.
Y si algo se repite en todas esas conversaciones es esto: no viven pensando en cómo hacerlo todo mejor. Viven como quien sigue teniendo vida por delante.
El caso de Simón Saura, exconcejal y ahora escritor. A sus 93 años preparaba un viaje a Etiopía con una hija y un nieto. No buscaba comodidad ni turismo fácil. Quería convivir, mezclarse, entender cómo viven otros. "Para mí, viajar es caminar, conversar y conocer a las personas del lugar. No me gustan los hoteles; prefiero casas de gente que me acoja", me dijo. En esas palabras había algo más que una preferencia: había una forma de estar en el mundo. La certeza, a los 93 años, de que todavía hay cosas que descubrir —y él, ganas de ir a buscarlas.
Pienso en Susana Gross, escritora americana de 78 años afincada en un pueblo del Alt Empordà. Cuando su cuerpo le pidió moverse más y dejar de pasar tantas horas sentada, no abandonó la escritura. La transformó. Ahora sale a caminar con una grabadora y escribe mientras pasea, al amanecer y al atardecer. No lucha contra el límite: lo incorpora.
En Galicia, conocí a Eustaquio Pérez, un pastor de 104 años que sigue levantándose al amanecer para cuidar de sus ovejas. Y a Esperanza Cortiñas, que, con 109 años, tras una fractura de cadera, hablaba de su deseo de volver a bailar. Y a José Salgado, que nos dejó hace poco y que trabajó su huerto hasta los 97 años y también llegó a la centena.
También recuerdo a Pere Quintana, de 107 años, defendiendo la curiosidad como una manera de no envejecer por dentro. A Pepita Bernat, que con 106 años sigue bailando cada domingo en La Paloma y reivindica el amor descubierto tarde —se enamoró de verdad pasados los setenta—. A Pilar Pallás, volando en paratrike a los 84 y diciendo que, si le propusieran ir a la luna, aceptaría. Y a Montserrat Torrent, que con 100 años sigue tocando el órgano mínimo dos horas cada mañana. No por inercia, sino porque forma parte de quién es. "Cuando toco el órgano, rejuvenezco."
Ninguno de ellos habla de longevidad como una teoría. La viven como rutina, como carácter, como forma de estar. Y en todos hay algo que no suele aparecer en los manuales: no se han retirado interiormente.
Lo cual no significa que no hayan tenido dificultades. Al contrario. Hay enfermedad, pérdidas, viudedad, cansancio, limitaciones físicas. Historias duras. Pero lo que impresiona no es la ausencia de dolor. Es la ausencia de renuncia.
Siguen teniendo algo que hacer, alguien con quien hablar, un lugar al que ir, una pequeña expectativa. No viven solo recordando lo que fue, ni esperando lo que ya no llegará. Siguen haciendo, queriendo, yendo.
En una época en la que hablamos tanto de hábitos, prevención, métricas y control, escuchar a quienes han vivido mucho introduce una contradicción: no hay una fórmula única.
Algunos han sido disciplinados; otros, no tanto. Algunos han cuidado su alimentación; otros han vivido con más intuición. Algunos han hecho ejercicio; otros simplemente han trabajado, caminado, bailado, cultivado, han seguido teniendo curiosidad.
Pero hay algo que sí aparece, una y otra vez: el vínculo. Vínculo con la vida en sus formas más concretas. Con una tarea, una rutina, una pasión, una comunidad, una conversación, un gesto repetido cada día.
Quizá por eso la longevidad real —la que se toca y se escucha en las biografías concretas— se parece más a una forma de seguir conectados, de seguir perteneciendo, de no abandonar del todo la conversación con la vida.
Porque envejecer no es solo perder. Es también quedarse. Quedarse en el mundo, en los otros, en lo que todavía puede pasar. Y tal vez ahí esté la lección más importante que dejan quienes han vivido mucho: no tanto cómo alargar la vida, sino cómo no salirse de ella antes de tiempo.
En una sociedad obsesionada con vivir más, quizá la pregunta debería ser otra: ¿seguimos dentro de la vida que estamos viviendo?
Porque llegar lejos no es solo cuestión de tiempo. Es no retirarse antes de que todo termine.