Las mujeres, la vejez y el calor (y la vulnerabilidad climática)
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Solemos hablar del calor (el que sigue haciendo a finales de septiembre, mientras escribo esto) como si fuera un fenómeno meteorológico neutro, como si siguiera siendo una mera incomodidad estacional: suben las temperaturas así que recomendamos beber agua, bajar las persianas, no salir en las horas centrales del día (como si siempre pudiéramos elegir). Pero las olas de calor, como las que hemos vivido este año durante más tiempo y más veces, no son solo episodios de temperatura extrema. Son también, en cierto modo, una puesta a prueba del sistema social pues, como ocurre con todas las crisis, no nos afectan a todas las personas del mismo modo.
El calor se proyecta sobre cuerpos distintos, situaciones distintas, viviendas distintas, barrios distintos, trabajos distintos, obligaciones de cuidado distintas (a veces inexistentes, a veces excesivas) y redes de apoyo distintas. Por eso, cuando hablamos de vulnerabilidad climática necesitamos ir más allá del termómetro. Necesitamos prestar atención también a las condiciones de vida, a la edad…No afecta igual a los adolescentes que a las personas mayores, ni afecta igual a los hombres y a las mujeres.
Edad y sexo constituyen una dimensión relevante de la vulnerabilidad social ante el cambio climático, pero no operan nunca de forma aislada. Además de entre sí, se cruzan con la renta, el estado de salud, la discapacidad, el tipo de empleo, las condiciones residenciales, la composición del hogar y las redes de apoyo. Las desigualdades de género pueden traducirse en un acceso desigual a recursos económicos, información, protección social, movilidad, tiempo disponible y capacidad de respuesta ante eventos extremos. Es decir, condicionan tanto la exposición al riesgo como la posibilidad real de protegerse frente a él.
Esto es especialmente importante en el caso de las mujeres mayores. No porque todas las mujeres mayores sean vulnerables por definición, ni porque la vejez deba entenderse automáticamente como fragilidad, sino porque las desigualdades que se acumulan a lo largo de la vida llegan también a la vejez. La vulnerabilidad ante el calor no aparece de repente a los 80 años (aunque pueda recrudecerse entonces por cuestiones fisiológicas).
Muchas veces es el resultado de trayectorias laborales que son más precarias, de pensiones más bajas, un resultante menor patrimonio, viviendas peor acondicionadas o redes de apoyo debilitadas (entre otras cosas, porque las mujeres suelen ser la red de apoyo de los otros, pero no siempre sucede así cuando toca recibir).
El cambio climático no crea estas desigualdades, pero las intensifica amplificando riesgos que ya existían. Una ola de calor no golpea igual a quien vive en una vivienda bien aislada, con aire acondicionado, ingresos suficientes y compañía cercana, que a quien vive sola, con una pensión baja, en una casa mal ventilada, sin ascensor, sin sombra urbana y con miedo a encender el ventilador o el aire acondicionado por la factura eléctrica.
En el caso concreto de las olas de calor, las diferencias entre hombres y mujeres responden a una combinación de factores fisiológicos, sociales y ocupacionales. Desde el punto de vista fisiológico, investigaciones recientes muestran que las mujeres de mediana edad y mayores pueden presentar una mayor vulnerabilidad al calor extremo que los hombres de la misma edad (alcanzan límites críticos de compensación térmica en condiciones de temperatura y humedad menos extremas). También sudan menos (y esto hace que toleren peor el calor). No obstante, la supervivencia ante el calor extremo va más allá de la biología. Si bien el cuerpo importa, este siempre vive en un contexto: en una casa concreta, con unos ingresos determinados, con un sistema de apoyo que tampoco es igual para todos (ni para todas). La fisiología puede aumentar la susceptibilidad al calor, pero la desigualdad determina en gran medida quién puede protegerse y quién no.
Esto no elimina la vulnerabilidad de los hombres en edad laboral con trabajos más expuestos al calor. Algunos estudios señalan que, en Europa, durante el verano de 2022, las tasas de mortalidad relacionada con el calor fueron mayores entre los hombres por debajo de los 65 años y entre los 65 y 79 años, mientras que a partir de los 80 años el riesgo fue mayor entre las mujeres. Este dato es importante porque nos obliga a evitar lecturas simplistas y a preguntarnos en qué edades, en qué condiciones, con qué exposición y con qué recursos. El género y la edad importan, pero de manera situada. Lo relevante es la interacción entre ambas dimensiones.
En las mujeres mayores, esa interacción es especialmente clara. Por un lado, las mujeres viven más años que los hombres y, por tanto, están sobrerrepresentadas en las edades más avanzadas. Pero su mayor riesgo ante el calor extremo no puede explicarse únicamente por la longevidad. También debe entenderse a partir de las condiciones sociales acumuladas a lo largo del curso de vida.
Una de ellas es la mayor probabilidad de vivir solas. Sabemos que esto no implica necesariamente estar sola ni carecer de apoyo, pero durante una ola de calor puede reducir la disponibilidad inmediata de ayuda. Puede hacer que nadie detecte a tiempo una deshidratación, un golpe de calor, una confusión repentina, una caída o un empeoramiento de una enfermedad previa. Puede hacer que pedir ayuda dependa de la propia capacidad de reconocer el riesgo y activar una respuesta, y normalmente no estamos tan preparadas para reconocer nuestra propia “debilidad” ante el calor (unido a esa costumbre más habitual entre las mujeres de “no te iba a molestar por un pequeño malestar”). La tendencia a minimizar el malestar no suele aparecer como factor de riesgo, pero creo que es uno de los aspectos que más nos ponen en peligro.
Aquí las redes de apoyo son fundamentales. No solo las familiares, también las vecinales, comunitarias y las de los servicios públicos. Una llamada, una visita, una alerta desde atención primaria, servicios sociales o una red comunitaria puede marcar la diferencia. Pero esas redes no siempre existen o no siempre son capaces de llegar.
Otra dimensión clave es la vulnerabilidad económica. Muchas mujeres mayores han tenido trayectorias laborales marcadas por salarios más bajos, empleo informal o interrupciones vinculadas al cuidado. Eso tiene consecuencias en la vejez: pensiones más bajas, menor capacidad de ahorro, menor margen para adaptar la vivienda y más dificultad para afrontar gastos energéticos. En verano, esto puede traducirse en no encender el aire acondicionado, limitar el uso de ventiladores, no poder mejorar el aislamiento térmico o permanecer en viviendas que acumulan calor durante días.
En el caso específico de España, la población en situación de pobreza presenta un riesgo hasta cuatro veces mayor de sufrir los impactos del calor, y la indefensión aumenta también entre quienes tienen peores condiciones laborales o residen en viviendas en mal estado. Este dato es importante porque desplaza el foco desde la mera exposición al calor hacia la capacidad real de protegerse. No todas las personas pueden adaptar su vivienda, modificar sus rutinas, reducir su exposición o asumir el coste energético de mantener una temperatura segura en casa.
La casa, en este sentido, es una infraestructura de protección o de exposición. Para muchas personas mayores, además, la vivienda es el lugar donde pasan más tiempo. Si esa vivienda no es capaz de protegernos, el riesgo aumenta. No siempre se puede eso de “mantener la casa fresca”.
Además, y como reflexión sobre la recomendación de “no salir durante las horas de más calor”: como sabemos, las mujeres sostienen los cuidados (y el mundo, diría yo). Esa carga de cuidados no desaparece con la edad: parejas dependientes, nietos, de familiares enfermos u otras personas mayores. Durante una ola de calor también necesitan desplazarse, cocinar, acompañar, hacer compras, garantizar medicación. El calor afecta a quien necesita cuidados, pero también a quien cuida.
Esta es una cuestión especialmente relevante porque las políticas de prevención suelen imaginar a las personas mayores como receptoras de cuidado, pero también pueden ser cuidadoras. Y muchas mujeres mayores son ambas cosas a la vez: personas con riesgos propios y, al mismo tiempo, cuidadoras de otras. Ignorar esta doble posición puede hacer que las medidas de prevención no lleguen de la forma adecuada.
El aislamiento (físico y social) también cuenta. No es lo mismo envejecer en un barrio con comercios próximos, centros de salud accesibles, transporte público, bancos, sombra, fuentes y vida comunitaria, que hacerlo en un entorno donde cualquier gestión exige un desplazamiento largo, donde no hay espacios frescos de proximidad o donde la calle se vuelve inhabitable en verano. La adaptación al calor no puede depender solo del hogar. También depende del barrio. Las políticas urbanas salvan (o no) vidas.
Por todo ello, la respuesta al calor extremo exige una mirada mucho más amplia, entendiendo que la vulnerabilidad no se reparte de forma homogénea entre “las personas mayores”, “las mujeres” o “los hogares pobres”, sino que aparece en la intersección de distintas posiciones sociales. Una mujer de 83 años que vive sola, con una pensión baja, en una vivienda mal aislada y con movilidad reducida no enfrenta el mismo riesgo que otra de 70 años con buena salud, vivienda climatizada y red familiar cercana. La edad, la clase social, la salud, la discapacidad, el origen, el territorio y la vivienda modifican profundamente la experiencia del calor.
También necesitamos dejar de pensar el calor como un problema excepcional. Las olas de calor serán cada vez más frecuentes, más intensas y más prolongadas. Eso significa que proteger frente al calor no puede ser una política de emergencia improvisada con cada ola de calor o cada verano, sino una parte estructural de las políticas de envejecimiento, vivienda, salud pública, cuidados y adaptación climática.
Por último, señalaría que el calor extremo nos obliga a mirar de otra manera la vejez. No como una etapa homogénea de fragilidad, sino como un momento del curso de vida en el que se expresan desigualdades acumuladas. Y en su análisis, el género nos ayuda a entender cómo se distribuyen los recursos, los cuidados, la vivienda (y su calidad) y la capacidad real de protegerse.
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