¿Dejar la casa en herencia o vivir mejor ahora? Un cambio de prioridades que responde a la nueva longevidad
“No quiero renunciar a las comodidades y a una vida plena para poder dejar una herencia a mis hijos”. Esta frase, escuchada cada vez con más frecuencia, resume bien un cambio silencioso que empieza a abrirse paso entre muchas personas mayores. Durante décadas, en España, dejar un piso a los hijos fue casi un mandato moral, una mezcla de éxito vital, seguridad familiar y responsabilidad intergeneracional. Tener una casa en propiedad —y poder transmitirla— era la meta.
Hoy, sin embargo, ese orden empieza a cambiar. No desaparece el deseo de ayudar a los hijos —España sigue siendo un país profundamente familiarista—, pero aparecen nuevas preguntas: ¿hasta qué punto tiene sentido apretarse el cinturón durante años para dejar una herencia si eso implica renunciar a vivir bien ahora? ¿Qué pasa cuando la jubilación ya no es un tramo corto, sino una etapa larga, con muchas fases distintas?
“Mi pensión de jubilación es buena, pero limitada. Ahora —después de vender la nuda propiedad de mi casa— tengo prácticamente dos pensiones y puedo vivir como cuando trabajaba. No es una vida de grandes lujos, pero sí me permite no renunciar a viajes o a planes con amigos, que quiero seguir haciendo porque me veo bien, joven y muy activo”, explicaba Roberto en un reportaje reciente dedicado a esta fórmula inmobiliaria para obtener, en vida, rentabilidad del patrimonio. Él, como otros, ha renunciado a dejar en herencia la vivienda que hoy es su hogar y ha optado por utilizarla para ganar calidad de vida en el presente.
Durante mucho tiempo, la casa fue una promesa a futuro. Hoy empieza a ser, también, una herramienta para el ahora. Y detrás de esta decisión no hay frivolidad ni egoísmo, sino un cambio profundo en la forma de pensar la vejez y la propia biografía. Cada vez más personas mayores expresan prioridades distintas a las de generaciones anteriores: no convertirse en una carga para la familia, vivir con tranquilidad hasta el final, disfrutar de los primeros años tras la jubilación —cuando la salud acompaña— y asegurarse recursos suficientes para afrontar cuidados cuando la autonomía empiece a fallar. No son solo relatos individuales. Los datos empiezan a confirmarlo.
Según el V Barómetro del Consumidor Sénior del Centro de Investigación Ageingnomics de Fundación MAPFRE, solo el 34% de los mayores de 55 años con vivienda en propiedad prioriza dejarla en herencia a hijos o familiares, mientras que un 35% no descarta destinarla a mantener o mejorar su propia calidad de vida en caso de necesitarlo. Además, un 26% estaría dispuesto a vender o hipotecar su casa siempre que pudiera seguir utilizándola de forma vitalicia, lo que evidencia una transformación en el papel simbólico y funcional de la vivienda. “Para los séniors, la vivienda ya no es solo un legado para las próximas generaciones, sino una herramienta que les permite ganar flexibilidad y seguridad económica en la jubilación. Cada vez más buscan aprovechar su patrimonio de manera activa, explorando alternativas financieras sin perder la tranquilidad de seguir disfrutando de su hogar”, señala Juan Fernández Palacios, director del Centro de Investigación Ageingnomics.
Esto no significa que las personas mayores hayan dejado de pensar en los más jóvenes. De hecho, las herencias y donaciones siguen creciendo. Pero empiezan a convivir varios factores que explican este reajuste de prioridades.
El primero tiene que ver con la nueva longevidad. Vivimos más años y, con ello, aumentan también los años potenciales de cuidados que hay que financiar. Eso implica mayor necesidad de liquidez, planificación y previsión. Las pensiones se mantienen y, por ahora, están blindadas, pero la incertidumbre sobre el futuro es cada vez más explícita. Hacer cálculos sobre el ahorro disponible y sobre los ingresos reales tras la jubilación se vuelve una tarea imprescindible.
El segundo factor es estructural. La vivienda concentra una parte muy importante de la riqueza en España, especialmente entre las personas mayores. Entre los mayores de 74 años, el 84% es propietario de su vivienda, según la Encuesta Financiera de las Familias (EFF 2022) del Banco de España. Para muchas personas, la casa es el principal —cuando no el único— gran activo disponible, para financiar las necesidades de la madurez y la vejez. Es decir, el patrimonio inmobiliario, la propia vivienda, representa una forma de protección frente a un futuro incierto.
Hay, además, un tercer elemento, que puede ser menos cuantificable, pero también es importante: un cambio de mentalidad. La generación que sostuvo familias, trabajó durante décadas en contextos a menudo difíciles y asumió el cuidado de hijos y nietos empieza a poner límites. Empieza a reivindicar el derecho a disfrutar de su jubilación. El “ahora me toca a mí” o “yo quiero vivir mi última etapa vital” aparece cada vez con más naturalidad. No es un gesto de egoísmo, sino una forma de justicia tras una vida de esfuerzo, como hemos explicado en otros artículos de este blog, Miradas de la Longevidad.
Lo cierto es que los datos de donaciones y viviendas todavía no reflejan esta tendencia que muestran las encuestas. El Consejo General del Notariado informa de que las donaciones de viviendas pasaron de 32.623 en 2017 a 54.735 en 2024, y que las heredadas aumentaron, de 335.888 a 403.854 en el mismo periodo. Es decir, la práctica todavía no plasma plenamente las intenciones que expresan muchas personas de 55 o 60 años cuando se les pregunta por sus planes futuros.
Pero una cosa son los hechos y otra el lugar simbólico que ocupa la herencia. Para una parte creciente de la población sénior -todavía en la franja de los más jóvenes dentro del colectivo-, la vivienda empieza a ser una forma de disfrutar más de su presente y asegurar mejor su futuro inmediato. Y todo eso, una vez más, tiene que ver con cómo estamos aprendiendo a envejecer.