Sobre la necesidad de los otros para un buen envejecer
Estos días se ha generado cierto revuelo a raíz de anuncios y propuestas —todavía en debate— sobre la limitación del uso de redes sociales entre niños y niñas menores de 13 años y la introducción de restricciones en el uso de quienes tienen entre 13 y 16.
Sin entrar a valorar la medida en sí, la discusión me ha llevado a preguntarme por el valor —si es que lo tiene— de esta forma de sociabilidad virtual en niños y niñas en pleno desarrollo. ¿Es útil? ¿Aporta algo significativo? ¿Mejora o, por el contrario, dificulta su desarrollo personal y social? ¿Son las redes sociales un contexto sano para comprender qué es la comunidad y cómo funciona la interdependencia? La pregunta me parece especialmente pertinente en el contexto de una sociedad cuyos miembros parecen estar cada vez más alejados entre sí y, si se me permite, también de sí mismos.
El papel que juegan las relaciones sociales digitales, con su dimensión alternativa y en muchos casos adictiva, desborda el alcance de este post. Aun así, sí quisiera señalar una paradoja que atraviesa nuestro tiempo: en un contexto de hiperconexión constante, la experiencia de comunidad parece estar desvaneciéndose. Nos sentimos más comunicados que nunca, pero mucho más solos, menos acompañados.
Una sociedad es algo más que la simple suma de individuos: requiere relación. La vida —también la autonomía— se sostiene en los vínculos. Puede sonar paradójico, pero no hay autonomía posible sin los otros. Hemos aprendido a valorar la independencia como una virtud absoluta, casi como sinónimo de libertad (sea lo que sea esta), y en ese camino corremos el riesgo de olvidar algo esencial: no hay vida humana posible sin los demás. No puede existir el yo sin los otros.
El ser humano es, por naturaleza, un ser social. Nacemos completamente dependientes, necesitados de cuidado, alimento y afecto. Más tarde, esa necesidad se transforma, pero no desaparece: seguimos necesitando reconocimiento, escucha, incluso contacto físico que nos recuerde que pertenecemos, que somos parte de un “nosotros”. Y esta necesidad (con adaptaciones y matices) continuará a lo largo de todo nuestro ciclo vital. Somos —incluso en nuestra autonomía— seres interdependientes. Aunque a veces nos cansemos de los otros, aunque creamos que podríamos “bastarnos” en nuestra “mismidad”, la vida nos recuerda una y otra vez que dependemos del vínculo.
Esa evidencia (sencilla e incómoda, muchas veces), suele hacerse especialmente visible con fuerza en la vejez. No tanto porque envejecer nos haga más frágiles (o no solo), sino porque el paso del tiempo hace menos sostenible esa ficción de la autosuficiencia total y absoluta; necesitamos sostenernos mutuamente. El margen para prescindir de los demás se reduce cuando nos enfrentamos a la vida cotidiana.
Envejecer, en realidad, no consiste solo en cumplir años, sino tiene mucho que ver con aprender —a veces a la fuerza— que la dependencia de los otros no es una debilidad, sino una condición humana. Y, en realidad, está bien. Ser en el somos.
Sin embargo, cuando hablamos de envejecimiento, casi siempre lo hacemos desde una mirada externa. Se habla de “los mayores” como si se tratara de una categoría ajena, como si envejecer fuera un fenómeno biológico que les ocurre a otros, lejos de nosotros (¿significará eso que nos convertimos en “los otros” cuando envejecemos?).
Nos olvidamos de que el envejecimiento no es una condición individual, sino una experiencia colectiva que recorre toda la sociedad y a todos los individuos que tienen la suerte de sobrevivir al paso del tiempo.
Envejecer, como consecuencia natural de vivir, debiera en realidad unirnos (presente de unos, futuro de los demás, si somos afortunados) y no lo contrario; el enfrentamiento intergeneracional carece, a mi parecer, de total sentido. Olvidar que los viejos del hoy son los jóvenes del ayer y que los jóvenes de hoy serán los viejos del mañana, es negar el sentido del ciclo vital.
Comprender el envejecimiento como una cuestión social implica reconocer que las condiciones para vivir bien en la vejez no se pueden establecer solo en la esfera privada, sino en los lazos que tejemos entre todos. En la forma en que organizamos el tiempo (los tiempos) de la sociedad, en el valor que otorgamos a la reciprocidad, en cómo cuidamos y establecemos los marcos que permiten cuidar y envejecer en condiciones de calidad, en la creación de un sistema de bienestar común que permita la dignidad de todas las personas que componen una sociedad. La interdependencia no es debilidad, sino la trama invisible que sostiene la posibilidad de libertad, de existencia, de supervivencia.
Envejecer (y la posibilidad de hacerlo) nos debiera ayudar a mirar esa trama con otros ojos. El paso del tiempo (de nuestro propio tiempo) nos muestra que los vínculos no son un lujo, sino una infraestructura vital. Nos recuerda que la salud, la alegría y la identidad misma dependen en gran medida de sentirnos parte de algo: de una familia, de un vecindario, de una comunidad. De aquí que me repelan enormemente el modo en que los discursos dominantes sobre la longevidad tiendan a reducirla a cifras y necesidad de cuantificación (monetaria, principalmente) asociada a riesgo y a colapso. Como si el hecho de vivir más años fuera suficiente por sí solo para hablar de progreso.
Pero ganar años no basta si no ganamos en vínculos, en su calidad y en su legitimidad. El estado de bienestar no es otra cosa sino la legitimidad de esos vínculos. Una sociedad puede ser longeva y, al mismo tiempo, profundamente solitaria. Puede celebrar sus avances médicos y seguir fallando en lo esencial: ofrecer sentido de pertenencia, espacios compartidos, relaciones significativas y comunidad.
La interdependencia no se decreta: se construye. Se cultiva en los gestos cotidianos, en la disposición a escuchar, en la capacidad de dejar espacio al otro y en el deseo de mantener el bienestar de los demás, además del propio. Una comunidad no se mide por el número de personas que la integran, sino por el grado en que cada una puede contar con las demás. Esto, insisto, también es el blindaje del estado del bienestar y de las políticas públicas que mejoran la vida. Por eso, el envejecimiento debería preocuparnos no solo como reto demográfico, sino como prueba de madurez social. Una sociedad que sabe envejecer es aquella que reconoce que todos, sin excepción, necesitamos de los otros para sostenernos.