La salud mental, el gran reto de una vida cada vez más larga
La verdadera pregunta ya no es solo cuánto vamos a vivir, sino si sabremos sostener mental y emocionalmente todo ese tiempo que hemos ganado.
Esta semana escuchaba un podcast donde la doctora Sari Arponen, especialista en microbiota y salud metabólica, reflexionaba sobre la relación entre nuestros hábitos, nuestra mente y cómo envejecemos. Poco después conversé con el director Rubén Ríos, que acaba de terminar un documental sobre salud mental. Y casi al mismo tiempo empecé a leer un libro de título llamativo: La salud mental no existe, la salud sí, del psiquiatra José Luis Marín.
Tres miradas muy distintas que coinciden en algo: la salud mental es mucho más compleja de lo que parece.
Todo esto me llevó a una pregunta que cada vez cobra más peso cuando hablamos de vivir más años: si la esperanza de vida no ha dejado de crecer, ¿estamos realmente preparados para todo lo que eso implica a nivel psicológico?
Vivir más no es solo una cuestión de salud física. Significa atravesar más etapas, enfrentarse a más cambios, despedirse de más personas y, también, tener más oportunidades de reinventarse. En ese recorrido largo y cambiante, cuidar la mente se convierte en uno de los grandes retos de nuestro tiempo.
¿Estamos ante una epidemia de salud mental?
Los números llaman la atención. Según la Organización Mundial de la Salud, más de 280 millones de personas en el mundo viven con depresión, una de las principales causas de discapacidad a nivel global. Tras la pandemia de COVID, los casos de ansiedad y depresión aumentaron un 25% en todo el mundo durante el primer año, según una revisión publicada en The Lancet.
Pero algunos expertos plantean una pregunta incómoda: ¿estamos realmente ante más enfermedades mentales o estamos llamando "trastorno" a cosas que antes simplemente formaban parte de la vida?
Hablar de emociones ya no es un tabú, y eso es un avance enorme. Pero el psiquiatra José Luis Marín advierte de una tendencia preocupante: cada vez más experiencias humanas cotidianas —sentirse triste, pasar por una crisis, tener dudas sobre el futuro— se interpretan como posibles problemas clínicos. Saber distinguir entre el sufrimiento normal de la vida y una enfermedad que necesita tratamiento es fundamental. No para minimizar el dolor de nadie, sino para no perder de vista que no todo malestar es una patología.
La trampa del bienestar permanente
Entra en cualquier librería o abre Instagram: el mercado del bienestar emocional es enorme. Libros sobre ansiedad, autoestima o propósito de vida llenan estanterías. Psicólogos, coaches y divulgadores hablan a diario de cómo gestionar emociones, sanar heridas o encontrar el equilibrio interior. Nunca habíamos tenido tanta información sobre lo que sentimos. Y eso, en principio, es bueno. Pero hay una trampa. Toda esta oferta de bienestar a veces transmite un mensaje implícito: que cualquier incomodidad tiene solución rápida y que sentirse mal es algo que no debería ocurrir. Y eso no es así.
La tristeza, la incertidumbre, el miedo o la frustración son parte de la vida, no errores que corregir. Aprender a convivir con esas emociones —sin ignorarlas, pero sin dramatizarlas tampoco— puede ser una de las habilidades más útiles para quienes van a vivir ochenta, noventa o cien años.
El cuerpo también afecta a la mente
Durante mucho tiempo se pensó que los problemas psicológicos eran cosa exclusiva de la cabeza. Hoy sabemos que no es tan sencillo. El cerebro está conectado con todo el cuerpo: con cómo dormimos, con lo que comemos, con cuánto nos movemos e incluso con las bacterias que habitan en nuestro intestino.
La doctora Sari Arponen lo resume en cuatro pilares básicos: dormir bien, moverse con regularidad, alimentarse de forma saludable y cuidar la microbiota intestinal.
La ciencia respalda esta idea. Estudios publicados en revistas especializadas muestran que el ejercicio físico puede reducir los síntomas de depresión de forma comparable a algunos medicamentos en casos leves o moderados. El ensayo clínico SMILES demostró que mejorar la dieta siguiendo un patrón mediterráneo puede aliviar la depresión en personas que la padecen. Y cada vez hay más evidencia de que el intestino y el cerebro se comunican de formas que apenas empezamos a entender.
Dicho de otro modo: cuidar la mente empieza por cuidar el cuerpo.
La salud mental no empieza a los setenta años
No se empieza a cuidar la salud mental a los setenta años. Se lleva construyendo toda la vida: en la infancia, en la adolescencia, en cómo hemos aprendido a relacionarnos con los demás y con nosotros mismos.
Los vínculos afectivos que tuvimos de pequeños, las experiencias que nos marcaron y las herramientas emocionales que fuimos desarrollando a lo largo de la vida influyen directamente en cómo afrontaremos los retos psicológicos cuando seamos mayores. La investigación en desarrollo humano lleva décadas confirmándolo.
Cuando el arte abre la conversación
A veces una historia contada en primera persona llega más hondo. El director gallego Rubén Ríos lo sabe bien. Su documental Expedición mental recoge testimonios reales de personas que han vivido el sufrimiento psicológico desde dentro: sus miedos, sus caídas y su capacidad de volver a levantarse.
La película se proyecta en universidades, centros educativos y espacios públicos. Sus creadores explican que ha ayudado a muchas personas a hablar por primera vez de cómo se sienten y, en algunos casos, a pedir ayuda en momentos críticos o a evitar el suicidio.
Porque detrás de cada estadística hay una historia humana. Y escucharla, a veces, lo cambia todo.
Una lección de hace dos mil años
En medio de toda esta conversación moderna sobre bienestar, hay una idea antigua que sigue siendo sorprendentemente útil: el estoicismo.
Los filósofos estoicos, como Epicteto o Marco Aurelio, defendían algo que parece simple, pero cuesta mucho practicar: aprender a distinguir entre lo que depende de nosotros y lo que no. Según ellos, gran parte del sufrimiento humano viene de empeñarse en controlar cosas que no podemos controlar: la muerte, la enfermedad, lo que piensan los demás, el paso del tiempo.
Su propuesta no era resignarse y no hacer nada. Era aceptar la realidad tal como es y actuar con lo que sí tenemos en nuestra mano.
Curiosamente, algunas terapias psicológicas actuales comparten esta misma idea. La terapia de aceptación y compromiso, conocida como ACT, no busca eliminar el malestar sino cambiar la relación que tenemos con él. Y los estudios sobre resiliencia muestran que las personas capaces de aceptar la adversidad y adaptarse a ella tienden a tener mejor salud mental a lo largo de su vida.
Esto no significa que los trastornos mentales graves no existan o no necesiten tratamiento. Los necesitan, y negarlo sería un error. Pero sí significa que aprender a atravesar las dificultades, en lugar de huir de ellas, es una de las formas más sólidas de prepararse para una vida larga.
Vivir más… y vivir mejor
Vivir más años es uno de los grandes logros de la humanidad. Pero nos obliga a hacernos preguntas que antes no eran tan urgentes: ¿cómo queremos vivir esos años? ¿Estamos preparados para todo lo que implican?
La longevidad no es solo añadir años al calendario. Es aprender a habitar una vida más larga, con sus alegrías, sus pérdidas y sus transformaciones.
Para eso no basta con cuidar el cuerpo o confiar en los avances médicos. También hace falta cuidar la mente, cultivar vínculos que nos sostengan y encontrar sentido a lo que vivimos.
Porque una vida más larga no es automáticamente una vida más plena.
La pregunta ya no es solo cuánto vamos a vivir. Es si sabremos sostener, mental y emocionalmente, todo ese tiempo que hemos ganado.