La tecnología como bastón invisible: cuando acompaña sin sustituir los cuidados humanos
Para Pili Puyo, vecina de Barcelona de 82 años, su asistente de voz —Alexa— es, en algún momento del día, algo parecido a una compañera de piso. Vive desde hace cuatro años con una de sus hijas, su yerno y sus dos nietos. Pero cuando la casa se queda en silencio y cada cual sigue con su rutina, Pili no se siente del todo sola. “¿Qué tiempo va a hacer hoy?”, “¿Qué hora es?”, “Ponme algo de música”, pregunta a su asistente. A veces es solo una forma de marcar el paso del día, de ubicarse, o de romper el silencio.
Pili es ciega. Empezó a perder la visión hace más de diez años y no fue fácil. Con el tiempo, el apoyo de su familia y el uso cotidiano de distintas tecnologías le han permitido tener una vida bastante más plena de lo que quizá ella misma habría imaginado al principio. El asistente de voz es solo uno de sus apoyos. Lleva también una medalla de teleasistencia para pedir ayuda si ocurre algo mientras está sola en casa. Y el móvil —dice su hija Laura— “saca humo”: pasa un par de horas al día hablando con amigas. Por la noche, la radio sigue siendo un ritual fijo, las voces le hacen compañía cuando el día se acaba.
La tecnología, en su vida, ha tenido y tiene otras presencias. Antes de perder la visión, Pili era una entusiasta de la videoconsola y se entretenía con juegos de cálculo. Tras sufrir un ictus hace un año, le implantaron un chip cardíaco conectado con el hospital, capaz de detectar anomalías en tiempo real. Los audífonos, además, marcaron un antes y un después en su cotidianeidad. “Antes no oía bien, se inventaba respuestas y acababa aislándose en las conversaciones”, explica su hija.
Es la historia de una mujer con problemas de salud que complican el día a día, pero que no le han robado ni la autonomía ni las ganas de seguir viviendo bien. Y también un buen ejemplo de cómo algunas tecnologías pueden funcionar como un bastón invisible: no se ven, pero ayudan a avanzar con más seguridad, sostienen física o quizá psicológicamente.
Algunos estudios
En los últimos años, varios estudios han empezado a poner datos sobre la mesa. Un equipo de investigadoras de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) revisó trabajos centrados en el uso de asistentes de voz y la soledad no deseada. En la mayoría de los casos —en torno al 85 %—, el uso de estos dispositivos se asociaba a una reducción clara del sentimiento de soledad. “El uso de asistentes de voz en la vida cotidiana puede tener un impacto positivo en el bienestar psicológico de las personas mayores”, señalaba Elena Castro, investigadora del Behavioural Design Lab del eHealth Center de la UOC.
La psicóloga Sacramento Pinazo-Hernandis también ha insistido en esta idea desde otro ángulo. En sus trabajos sobre tecnologías de apoyo al cuidado y la vida diaria, subraya que herramientas como la domótica o la inteligencia artificial aplicada a la salud pueden facilitar que muchas personas envejezcan en su propio hogar durante más tiempo. Eso sí, con una advertencia clara: funcionan cuando se integran en una red de apoyos y no cuando se usan para reemplazarla.
Aceptación y riesgos
No hay una sola razón por la que una persona mayor acepte o rechace una herramienta digital. Influyen la biografía, el entorno, el acompañamiento, el momento vital… Y, sobre todo, si esa tecnología encaja —o no— en la vida que ya existe. Cuando funciona, la tecnología reduce la ansiedad. No solo de quien la usa, también de quienes están alrededor. Muchas personas mayores aceptan estos dispositivos no tanto para cuidarse más como para no convertirse en una preocupación constante para hijos e hijas que viven lejos o llegan tarde a casa.
Bien utilizada, no invade, sino que aligera y permite retrasar decisiones no deseadas —mudarse, abandonar el hogar, institucionalizarse— y sostener la autonomía un poco más. No elimina los riesgos ni hace promesas grandilocuentes. Simplemente acompaña.
Eso sí, conviene no perder de vista el límite. La tentación de sustituir presencia humana por dispositivos existe. Los sensores no reemplazan visitas, las alarmas no equivalen a una conversación. No es el caso de Pili, que vive rodeada de una familia muy presente, pero sí puede ser la realidad de muchas personas mayores que envejecen solas.
La tecnología no cuida. Cuidan las relaciones, los vínculos, la comunidad. Los dispositivos pueden avisar, facilitar o prevenir, pero no escuchar ni comprender. Cuando se usan como sustitutos del cuidado, dejan de ser una ayuda para convertirse en una forma más sofisticada de aislamiento. Pero cuando acompañan bien, dan autonomía. Ahí está su verdadero valor en una longevidad cada vez mayor: permitir seguir siendo quien se es, durante un poco más de tiempo.