Desigualdades educativas y mortalidad evitable
España es uno de los países con mayor esperanza de vida del mundo. Sin embargo, este logro colectivo esconde una realidad menos visible: no todas las personas se benefician por igual de vivir más años. El nivel educativo sigue marcando diferencias sustanciales en el riesgo de morir, en la edad a la que se produce la muerte y en las causas que la explican. Es decir, las personas con menor nivel educativo presentan tasas de mortalidad más elevadas y una esperanza de vida significativamente inferior en comparación con aquellas con mayor nivel de estudios; este fenómeno se conoce como desigualdades educativas en mortalidad.
Estas desigualdades no son un fenómeno exclusivamente español. La evidencia comparativa europea muestra que, incluso en países con sistemas sanitarios universales y altos niveles de longevidad, las diferencias en supervivencia según nivel educativo persisten (ej. Mackenbach et al. 2018).
Las estimaciones más recientes para el período 2016-2021 asumiendo que todos los grupos educativos tuvieran la misma mortalidad que aquellos con mayores niveles educativos indican que cerca de una de cada cinco muertes en España puede atribuirse a desigualdades educativas. En términos absolutos, esto equivale a alrededor de 80.000 muertes anuales. Aunque la mayor parte de estas defunciones se concentran en edades avanzadas, donde se producen más muertes en general, el impacto relativo es especialmente grande en edades jóvenes y medias, donde la brecha en el riesgo de morir es proporcionalmente mayor.
Los factores de riesgo importan
Las desigualdades educativas no afectan por igual a todas las causas de muerte. Entre las mujeres, las enfermedades cardiovasculares concentran una parte sustancial de las muertes asociadas a un menor nivel educativo, seguidas por enfermedades metabólicas, respiratorias y trastornos mentales y neurológicos, incluidas las demencias. En los hombres, destacan los cánceres, especialmente los relacionados con el tabaquismo, las enfermedades cardiovasculares, las respiratorias y las causas externas. Esto sitúa a la desigualdad educativa como un determinante estructural de la salud poblacional, comparable en magnitud, a escala agregada, a algunos de los factores de riesgo clásicos más estudiados en epidemiología, como es el caso del tabaco entre los hombres.
Una gran parte de las desigualdades en mortalidad entre grupos con mayor y menor nivel de estudios está ligada a diferencas en términos de exposición sostenida a lo largo de la vida de varios factores, incluyendo condiciones laborales más exigentes, mayor precariedad económica, entornos residenciales menos favorables, menor acceso a recursos preventivos o menor alfabetización en salud. La educación no solo influye en los ingresos o el empleo, sino que condiciona trayectorias vitales completas que generan la acumulación de desigualdades a lo largo de la vida. Por lo tanto, las desigualdades en mortalidad observadas a las edades más avanzadas son, en gran medida, el resultado de procesos acumulativos que comienzan décadas antes.
Las desigualdades socioeconómicas, un problema central de salud pública
Reducir las desigualdades no es únicamente una cuestión de equidad social, es una estrategia fundamental de salud pública. Las políticas educativas, sociales y de integración son también políticas de salud a largo plazo.
Reducir el abandono escolar temprano, mejorar la formación profesional, fortalecer la estabilidad laboral y reforzar las políticas de prevención dirigidas a los grupos más vulnerables pueden mejorar estilos y calidad de vida y, en consecuencia, tener efectos que se reflejan décadas después en menores tasas de mortalidad.
España afronta un proceso sostenido de envejecimiento demográfico en las próximas décadas Es cierto que las generaciones más jóvenes presentan, en promedio, mayores niveles educativos. Sin embargo, las desigualdades acumuladas a lo largo de la vida continúan dejando huella, especialmente entre las cohortes que hoy alcanzan edades avanzadas. El reto es doble: no solo añadir años a la vida, sino reducir la brecha social en la supervivencia y asegurar que esos años adicionales se vivan con mayor equidad en salud (ver aquí y aquí).
En conclusión, si la desigualdad socioeconómica fuera un factor de riesgo clínico, ocuparía un lugar destacado en cualquier estrategia nacional de prevención. Abordar las desigualdades en salud y mortalidad no es una cuestión periférica, sino una condición esencial para garantizar un aumento de la longevidad, calidad de vida y un progreso socialmente inclusivo.
Referencias
Mackenbach, J. P., Valverde, J. R., Artnik, B., Bopp, M., Brønnum-Hansen, H., Deboosere, P., ... & Nusselder, W. J. (2018). Trends in health inequalities in 27 European countries. Proceedings of the National Academy of Sciences, 115(25), 6440-6445.
Trias-Llimós, S., Riffe, T., & Martín, U. (2025). All-cause and cause-specific mortality attributable to educational inequalities in Spain. BMC Public Health, 25(1), 2486.